El 21 de julio de 1958 no fue un día de mucho calor. Quizás es por eso que estou aquí ya que según comentó el enfermero que me hizo la transfusión en el sanatorio compostelano del doctor Baltar (Ramón Baltar Domínguez) el “buso” de manga larga que me puso mi madre me salvó la vida. Evitó una mayor pérdida de sangre y también que las garras de la loba no se hundieran más en mi infantil cuerpo de cinco años. Después de comer en la casa de mi abuela materna (Concepción Lema Rojo) fui con mis tíos y un amigo ---unos pocos años mayor--- hasta un terreno de labradío (en gallego es una leira) que estaba a unos pasos del camino que lleva a Vimianzo. Mientras mis tíos (mi padrino y su esposa) realizaban sus labores agrícolas, nosotros dos, jugábamos en un espacio de encrucijada que tenía en el piso unas lisas piedras blancas con arena fina a su alrededor. De repente, mi compañero grita fuerte: Manoliño que vén o lobo! y sale corriendo en busca de mis tíos. Yo voy detrás (no vi a lobo o loba) pero antes de cruzar un muro de piedra (en gallego: valo o valado) por un rebaje que facilitaba el paso, siento la mordedura de unos dientes y varios zarpazos de unas garras que no vi porque no abrí los ojos.
El paso del tiempo me lleva a pensar que mi historia de niño emigrante en Montevideo fue la mejor de las medicinas para sanar las heridas psicológicas ocasionadas por el desafortunado encuentro con un lobo (los que saben dicen que era una loba con responsabilidades) en el mes de julio de 1958. Hasta el mes de noviembre que fue cando embarqué en A Coruña pude cicatrizar las mordeduras pero se dice que lo peor es cuando queda miedo y temor en tu interior que te frena para un normal desenvolvimiento en sociedad. Estaba muy ilusionado con el viaje. Deseaba el reencuentro con mi padre que vivía allá lejos en un lugar llamado Montevideo (yo decía Montemineo) y ninguna loba o lobo me lo iba a impedir.
En mi memoria guardo una imagen que nunca olvidaré. Iba corriendo pero antes de que pudiese apoyar el pie en una brillante piedra oscura, fui arrastrado hasta un lugar en el que había un barranco que permitía ocultar el cuerpo. Tengo el firme recuerdo de que protegí la cara con las manos durante todo el ataque pero no me acuerdo de que sintiese dolor porque me había subido a una nube y no bajé de ella hasta las nueve de la noche en Santiago de Compostela. Mi tío encuentra mi cuerpo y en sus brazos me lleva a paso ligero hasta la casa familiar. Allí está mi madre. Renocí su voz pero luego estuve inconsciente hasta que desperté en el Sanatorio Baltar. Mi tío me traslada, en la yegua y a galope total, a la consulta del médico de nuestra familia que atendía en A Piroga, a unos pasos del puente de Baio que une los municipios de Vimianzo y Zas. El médico, don Braulio, aconseja que con la mayor urgencia deben de llevarme a Santiago para que me hagan una transfusión de sangre.
En Baio hay un único coche de alquiler que es propiedad del señor Mira. Allá vamos camino de Santiago por una carretera bastante destrozada y poco antes del puente Faílde (Santa Comba) nos detiene el pinchazo de una rueda. En 1969 fui a visitar con mis padres a el señor Mira que era una persona de máxima cordialidad y que recordaba con detalle aquel histórico viaje porque con los nervios le temblaban las manos al cambiar la rueda y apretar los tornillos.
Alrededor de las siete de la tarde (el ataque fue sobre las cuatro de la tarde) ingreso en el sanatorio del doctor Baltar (Ramón Baltar Domínguez) justo en el momento en que don Ramón salía para atender una urgencia. Luego de poner su mano en mi frente, comentó: este neno está moi frío...hai que facerlle unha transfusión...a ver se se salva. La cosa fue bien ya que a las nueve de la noche, desperté y le dije a mi madre que tenía mucha sed.
Estuve dos días en el sanatorio y en la víspera del Apóstol volvimos para la aldea. En la prensa recogen mi aventura y partir de ahora soy conocido como el Niño del Lobo. Mi madre me llevó dar un paseo por la Alameda, con una venda circular en la cabeza, para que me diese un poco el aire pero tuvimos que volver porque se acercaron varias personas que querían escuchar de mi voz el relato de lo sucedido y también hacer la señal de la cruz en mi cabeza. Aquello no me gustaba nada y cerraba la boca y apretaba la mano de mi madre. Fue ella la que hizo de coraza protectora para evitar que el chusmerío me incomodase con sus preguntas morbosas. El asunto de los chusmas se vuelve a repetir en la feira de Baio (mercado comarcal muy concurrido) pero ya mi madre estaba prevenida y no dejaba que me tocase la cabeza pidiendo suerte y se mantenía firme diciendo que “o neno non quere falar do lobo”. Tampoco en la casa familiar hubo quien preguntase ya que entendían que no era bueno para mi salud que reviviese aquel triste episodio de sufrimiento. Creo que enseguida borré el suceso porque estaba con el pensamiento en el otro lado del mar y decidido a ir a Montevideo.
Manuel Suárez Suárez