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¡Voy a Montevideo!

¡Voy a Montevideo!

Por Manuel Suárez Suárez
lunes 24 de noviembre de 2025, 10:25h

Los años pasan pero no olvido la alegría que sentía cuando en noviembre de 1958 embarqué en el Cabo de Hornos en el puerto de A Coruña. Después del aplazamiento del viaje debido al encuentro con una loba en un monte de mi aldea de Tines (Vimianzo) iba camino de Montevideo. Subí al barco de la mano de mi madre (Valentina de Xan) para reunirme con mi padre (Xesús do Rei) en el otro lado del mar. Fueron veinte días de travesía ---del 7 al 27--- en lo que lo pasé mal por los mareos cotidianos y solamente comía alguna fruta ya que el olor del comedor me hacía vomitar.

En los meses anteriores a la partida, mi madre me fue informando de las maravillas montevideanas que luego comprobé eran todas ciertas. Me decía que allí no necesitaba los zuecos con suela de madera porque no había corredoiras y tampoco lameiras y me aseguraba que había muchos días más de sol que en nuestra aldea. Había una cosa que me tenía preocupado y era el comienzo de la escuela pero mi madre me tranquilizaba al explicarme que antes del comienzo del curso (en marzo de 1959) tendría por delante un largo verano para ir conociendo mi nuevo lugar de residencia.

La primera señal de que en el otro lado del mar (no sabía que estaba cruzando el Atlántico) iba a ser feliz fue cuando el Cabo de Hornos hizo escala en el puerto de Santos. Allí nos esperaba el tío Xosé (O Rico de Borneiro) que estaba casado con Fina que era una de las hermanas de mi padre. Sube al barco con un regalo que recordaré siempre ya que me ayudó a recuperarme de mi pérdida de peso. Traía en su mano alzada un gran racimo de una fruta amarilla llamada banana que yo no conocía. Creo que aquel cacho de bananas fue la mejor bienvenida posible para un niño de cinco años que se aleja de su lugar de nacimiento.

El jueves 27 de noviembre desembarqué en la capital de la República Oriental del Uruguay. Claro que en aquel tiempo no distinguía entre una capital y un país y menos aún qué significaba la palabra “república”. Lo único que sabía era que mi padre me esperaba en el muelle. Me acuerdo perfectamente que lo buscaba desde la cubierta pero había mucha gente en una amplia explanada de adoquines. No lo reconocí hasta que mi madre me señaló donde estaba. Aquel hombre, peinado para atrás y con camisa de manga corta que saludaba, junto con otro a su lado ---luego supe que era su amigo Ramón de Castromil--- era mi padre.

El panorama que veía desde el barco semejaba que era una línea interminable de edificios con muchas de sus paredes pintadas con grandes letras y números. Aquello llamó mi atención, en mi aldea no había ninguna pared totalmente lisa, eran todas de piedra. Por el camino hasta el barrio de Aires Puros, donde mi padre alquiló un apartamento, fui leyendo y memorizando alguna de las muchas pintadas que alternaban dos colores sobre fondo blanco. No fue hasta el domingo 30 cuando le pregunté a mi padre sobre el Partido Colorado, el Partido Nacional, el Batllismo y el Herrerismo.

El apartamento estaba en la esquina de Pantaléon Artigas e Ipiranga. Lo primero que me sorprendió de Montevideo fue que el sol calentaba mucho más que en la aldea y que sería más caluroso en los tres meses siguientes. Quizás mi padre eligió aquella ciudad porque sabía que allí recibían con cariño a los niños que vienen desde la lejana orilla norte. Recuerdo que la luz montevideana me hacía sonreír y los árboles de la vereda (eran paraísos) me invitaban a jugar debajo de ellos. Los años fueron pasando pero no olvidaré nunca a quien me recibió con un abrazo solidario y siempre defenderé los valores democráticos de la Banda Oriental, la muy noble patria de José Artigas.

Manuel Suárez Suárez

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