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La utopía ya no queda tan lejos

La utopía ya no queda tan lejos

martes 06 de diciembre de 2011, 00:44h
"¡Cosas veredes!" es esa expresión mal atribuida a Don Quijote, que tal vez esté basada en el "Mio Cid", y que no importa ya su origen pero sí su sentido. Equivale a exclamar ¡Lo que hay que ver! Hoy es nuestra historia latinoamericana la que exclama admirativa y perpleja: "¡Cosas veredes!".  Es esa historia cuya larga y resignada utopía de unidad latinoamericana y de vocación continental colectiva, se reivindicó en el encuentro de Caracas. Allí todos los presidentes y líderes de la región- salvo Estados Unidos y Canadá - se nuclearon en una nueva organización llamada Celac, Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe.

Esta última una región a la que la ortodoxia imperial nos impuso banalizarla en la ingobernabilidad y el exotismo. Para muchos argentinos el Caribe, hasta hoy, solo sugiere leyendas de corsarios, paraísos fiscales y turísticos y laberintos de droga. Hubo en nuestra formación -cualquiera haya sido- el  metodológico desconocimiento de nombres de países de esa región, y arrogantes ignorancias de sus destinos. Muchos sabían de memoria los mapas de Europa y de Asia pero nunca se empeñaron en saber que significaban Granada u Honduras. Y de Ecuador a lo sumo reconocían su famosa línea geográfica que separa los hemisferios como los dos cachetes de la cara redonda de la tierra. Por eso  lo de Caracas es un coherente correlato que continúa a aquel resplandor de soberanía sudamericana que el presidente Kirchner estrenó al rechazarse el ALCA ante el asombro de Bush, en Mar del Plata.

Era obvio que aquí, como reacción "natural" a su pulsión reaccionaria,  y reacias a ningún revisionismo que las desenmascare, las viejas historias conspirativas la han estado rebautizando "Anti OEA" con malicia cipaya. Y en lugar de "bienvenirla" la sospechan. No Importa. Porque la "Celac" es como una inesperada estación del largo y siempre inconcluso camino a la utopía. A la que Eduardo Galeano resume tan poéticamente al decirnos que está en el horizonte y que a medida que uno se acerca, se aleja. Pero que precisamente sirve para eso: para caminar.  Esta de hoy es la parte de esa utopía que de pronto nos produce el efecto de que puede alcanzarse. Inspira a caminar y a apurarse. Es la utopía cantada por la historia clandestina, por las canciones de protesta y por las consignas sublevadas y habitualmente traicionadas por resultados opuestos, y fatalmente cargada de derrotas, de exiliados y de muertos. La que entre tantos declives y pendientes hacia abajo parecía haber mutado su resistencia en desencanto latinoamericano crónico.

¿Qué milagro geopolítico está sucediendo, para que desde aquella desencantada aventura, limitada a la literatura, la teoría y el rapto marginal e interrupto, ahora la utopía se institucionalice y legitime en democracia y en paz? La Celac no es un espejismo. Es uno de esos pasos que Galeano dice que se acercan. Tomemos nota de que somos contemporáneos testigos y que si nos distraemos nos perdemos su goce.

De allí lo fantástico de este abrazo que abraza desde Malvinas al Caribe, y a Cuba, a la que acompaña y ampara de su solitaria soledad. Abrazo que entremezcla diversas realidades, distintos liderazgos y hasta ideologías antagónicas.

Desde Tomás Moro, su inventor, incluyendo la versión de Platón, la Utopía -esa ilusión inalcanzable- se aplica a todo ideal político o social de realización imposible.

¡Cosas veredes! argentinos. No la de alcanzar la mítica utopía inalcanzable (no hay que exagerar) pero sí la de caminar hacia ella sonriendo. Miren, si no, esa fotografía de profundo simbolismo, en la que un Chávez ocurrente olvidado del cáncer que lo muele hace matar de risas a Cristina y a Dilma
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