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Odiosas comparaciones cuando el remedio es la participación

Odiosas comparaciones cuando el remedio es la participación

 Sensaciones raras se experimentan por estos días.  Es inevitable no hacer referencia a la historia que, como nunca se elabora, se empecina a volver.

 No se puede imaginar un país en terapia, recurriendo al terapeuta con esa definida  necesidad requerir a alguien que ayude a saldar cuentas pendientes. Escenas de una vida, como país,  que poseen decenas de lustros y décadas sin resolver situaciones y sin evaluar conflictos para resolver las pequeñas cosas cotidianas.

 A ver a ver, un país es una ralea grande. Entonces, lejos de simplificar, comprendamos que cuando alguien en la familia, está mal, las cosas en conjunto no andan bien. ¿Entonces que hacemos en el seno de nuestra sangre? Pues si! Tratamos de solucionar las cosas y si no aparecen los remedios en conjunto, siempre existe ese protagonista que por el bien de todos encamine la situación y la vuelva a su cauce normal.

 Entonces ¿porqué nos encontramos a diario como experimentando no tener salidas a las problemáticas sociales que esgrime nuestra sociedad?. Porque algo no funciona. Siguiendo con el ejemplo, la familia no está moviéndose en forma ordenada.

 Hay muchos aprendices de enfermeros que en esta Argentina casi bicentenaria, quiere ensayar dotes de medicina.  Existen ministros que están más preocupados en buscar fantasmas que en solucionar las causas reales de los ejes de la violencia que nos aqueja y de la que no es una cuestión de sensaciones.

 Hay dirigentes políticos de la oposición que hablan de un plan antiviolencia que nadie conoce y en estos momentos de delicado reclamo social en diferentes barrios y ciudades bonaerenses, estos han desaparecidos preocupados por conservar los bienes materiales que le ha dejado su empresa familiar.

 Otros, grupos piqueteros, en cambio se pelean para ver quien acampa en la vía pública más días, jode a más gentes y logra, en definitiva, sacar provecho de más planes sociales desde donde sostener sus operaciones de choque y nutre de esta forma con divisas las marchas callejeras.

 Por otro lado las provincias argentinas, endeudadas, sin respuestas y esperando el milagro de la reactivación, no se quejan de nada d Eloy ue sucede. Es como si se viviera en otra nación. Y las problemáticas comunes son suficientes como la falta de dinero para sueldos, las deudas pendientes con los proveedores, la insolvencia de un estado paralizado en cada jurisdicción y la sola solución de acordar con la presidencia algún dinero extra para poder sobrevivir, esto es patear la pelota un poco lejos de la zona de peligro. Pero esto es un péndulo, en algún momento vuelve.

 La familia, como cada organización, necesita credibilidad, estabilidad, certezas y acompañamiento. En cada hogar argentino, por lo menos en una gran mayoría, “tirar todos del carro” es un viejo dicho que siempre se aplica. Peor eso hoy recurriremos a refrescar esto de estar unidos ante la adversidad, para que la gran familia nacional suma el momento de comportarse como eso y revertir la acuciante y dolorosa realidad.

 La empatía nos obliga hoy más que nunca hacer esa experiencia de ponerse en el lugar del otro para entender. Y existe un gran dolor social que nos retrotrae a las angustiosas coyunturas de principio de siglo, 2001 – 2002. Situaciones que se asimilan. Frases hechas que ya sonaron en nuestros oídos como “hay grupos infiltrados que quieren desestabilizar – son golpes de los grupos económicos – no quieren que haya gobierno  real – esto es una caos – mano dura – que se vayan todos – …” .

No se pueden repetir las malas experiencias. No busquemos la memoria social como salida.

Hay que aprovechar este tiempo para solidificar las instituciones y eso se hace con participación. O armamos una nación seria con instituciones fuertes o esta realidad golpeará cada vez más fuerte. Será secuencial y se volverá imparable.

La comunidad deberá canalizar sus demandas en reclamos pero a la vez en sostenimiento de aquellas organizaciones que ofrecen garantías, respeto y convicciones basadas en el bien común y la solidaridad.

 No hay quien se salve solo. Esto que nos pasa a los argentinos en un mal que necesita el remedio de la participación y la eliminación de la indiferencia.

Más que nunca se necesita del antídoto que todos poseemos en nuestra raíces. Esas que permiten extraer la mayor de las fuerzas desde lugares impensados para calmar dolores, combatir la soledad, crear corazas, hacerse fuertes y dar batalla a esa adversidad que apreciamos.

 Con el aporte de los componentes de cada núcleo social, se podrá construir y hacer brotar soluciones. A quines promueven la violencia hay que responderles con organización y convicción.  A quienes subestiman a los pueblos, ya no es tiempo de advertirles, es tiempo de dejarlos de lado y darnos la oportunidad de crear otra sociedad. Un país-familia que cimiente desde la felicidad, donde haya justicia y genere soluciones a los grandes problemas que hay que enfrentar y sin tregua.

 Dado que la muerte no es una sensación. Las urgencias de hoy no son 1.200 leyes que no pudieron ser tratadas en el año. No hay infiltrados en las quejas vecinales, hay hartazgo y dolor. No hay exceso de cartoneros, hay exclusión social. No es una utopía los 180 días de clases, porque la educación debe ser una prioridad. No sólo necesitamos calles seguras, sin baches, orden y limpieza. También los argentinos quieren vivir sin ser observados y inteligenciados.

 En definitiva. Llegó la hora de pensar una nación desde quienes nunca accedieron al poder y están hartos de la hegemonía que nada hace, por un  lado y de los que denuncian y nada logran por el otro. Esto se logra con participación y mucha democracia.

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