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¡Salvad al castellano (en EEUU)!

¡Salvad al castellano (en EEUU)!

Ayer, en el Ateneo de Madrid,  un grupo de veinte notables (y notablas, doña Bibiana, no se me encabrone), a los que, por simplificar, habrá que llamar los-abajo-firmantes presentaron un manifiesto apocalíptico en defensa de la lengua castellana. A la que consideran amenazada. No obstante –detalle que el columnista agradece—la veintena de marras utilizaba un párrafo en plan lubricante y al que nadie, en principio, debería ponerle objeciones. Transcribo: “[solicitar] del Parlamento una normativa legal de rango adecuado para fijar inequívocamente [que] la lengua española es común y oficial en todo el territorio nacional y que los ciudadanos que lo deseen puedan ser educados en lengua castellana, atendidos en las dos lenguas oficiales o que los funcionarios no estén obligados a utilizar la lengua autonómica”. Fin del párrafo lubricante y no tan inocente.

¿Pueden explicar los veinte abajofirmantes cómo demonios puede ser atendido un ciudadano gallego, catalán, vasco o aranés en su lengua propia –es su derecho-- por un funcionario que la desconozca? Espera el arribafirmante que al filósofo Savater no se le haya olvidado la Lógica que estudió antaño.

Cerca de dieciséis millones de ciudadanos españoles tenemos una lengua materna distinta del castellano. Es una verdad empírica. Y la Constitución vigente, en su actual redacción, nos discrimina por ello al establecer lenguas de primera (la única, la castellana) y lenguas de segunda, el resto de las habladas en el territorio español (¡ojito al dato, Ceuta y Melilla incluidas, donde, aparte del castellano, se habla el bereber). Mal que les pese a los obcecados, quienes tenemos lenguas distintas de la castellana y pretendemos usarlas cotidianamente no es por excentricidad folklórica ni por ganas de jorobar. Es un derecho reconocido por la Constitución, ley de leyes que obliga a todos por igual. Y no hay que pedir perdón por ello. Ni justificarse ante el funcionario o el juez de turno, muy proclives a pasarse por el arco de triunfo la legalidad vigente. (Recientemente el columnista ha sufrido en sus trámites notariales y registrales un serio encontronazo por esta causa, aunque lo resolvió a la gallega, cambiando de notario en un caso y obligando, ley en mano, al registrador de la Propiedad a extender el certificado en la lengua que había solicitado. E acabóuse o conto. Fin de la historia)

Que, en sentido contrario, hay excesos. Cierto. Otra verdad empírica. Melonadas en castellano, pero melonadas oficiales en catalán, gallego y euskara. Ya se sabe que los extremos se tocan y, en el caso lingüístico, no sólo se tocan, sino que se abrazan y funden en el común territorio de la imbecilidad. Todos consideran su lengua amenazada por la(s) otra(s). El mismo manifiesto en defensa del castellano, pongamos por caso, lo podrían suscribir la cuota parte de abajofirmantes gallegos en defensa de la suya; lo mismo que catalanes, vascos, hasta araneses (en este caso la lengua imperial es la catalana en detrimento de la propia de ese valle pirenaico).

Pero hay un punto, en el que, aun a riesgo de extenderse más de lo habitual, quiere incidir el columnista. Y es el de identificar la lengua con la nación. El castellano con España, nación de naciones. El catalán, el vasco, el gallego, el aranés con sus respectivas naciones, nacionalidades o como quiera llamárselas. Se puede ser español, hasta centralista y jacobino en la organización territorial de España, y expresarse habitualmente catalán, gallego o euskara. Si, un suponer, al arribafirmante le da por decir Visca Espanya!, no tiene ni que pedir perdón a los circundantes, aunque esto ocurra en la Plaza Mayor de Salamanca. Denle la vuelta y lo mismo debería suceder con los nacionalistas periféricos.

Debería, claro. Porque el columnista aún recuerda la expresión de amargo reproche de destacados cargos de Convergència i Unió, cuando –mea iocunda culpa— a un Visca Catalunya! rotundo de Jordi Pujol, hace de ello no tantos años, él y su madre respondieron ¡¡¡Viva!!!. Con acento gallego, eso sí.
Resulta curioso que la citada veintena de abajofirmantes, no hayan alzado su voz en defensa de la lengua castellana en EE.UU., amenazada no sólo por la Administración federal, sino por las de muchos estados federados. Aunque, no es tan curioso, dado que el modelo lingüístico de varios de los que suscriben el manifiesto defensivo es el ideal y el que les gustaría aplicar en España.
Como también le parece raro al columnista que partidos nacionalistas como ERC, BNG, PNV, EA y EB, por ejemplo, defensores de los derechos de las minorías y  tan pendientes –y no os reprochable, al contrario—por la suerte de la lengua bereber en Ceuta y Melilla, o el gaélico en Irlanda, ni siquiera se preocupen del castellano (casi 30 millones de hispanos) maltratado en Estados Unidos. Y eso que sus hablantes no dejen de ser una minoría…

El día que, entre todos, acordemos que las lenguas propias de España son el castellano, gallego, catalán, euskara, aranés, fabla aragonesa y el hasta el bereber de las dos ciudades autónomas que España tiene al otro lado del Estrecho de Gibraltar, empezaremos a entendernos todos. Y habremos reafirmado la unidad de España. Hasta entonces, al columnista arribafirmante le entran unas ganas locas de ser apátrida. De apartarse de la Patria de Patrias (España) y de las otras patrias por las que ha pasado (Cataluña, País Vasco) o vive (Galicia). Sin duda alguna viviría más tranquilo.

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