En una conversación entre colegas de Bolivia y Chile, después de muchos argumentos, coincidimos en establecer que una de las diferencias profundas entre nuestros países radica en que el Estado en Chile es más fuerte que la sociedad, y en Bolivia todo lo contrario: la sociedad es más fuerte que el Estado. Como todo en la vida, la situación anotada tiene sus lados positivos y negativos. Uno de los positivos es que en Bolivia es imposible que suba el costo del transporte público sin la correspondiente protesta, cosa que no siempre sucede en Chile. Pero, por otro lado, la fuerza de las organizaciones cívicas y sociales impide a cualquier gobierno en Bolivia llevar adelante, sin tropiezos, su plan gobernante.
Desde hace más de cincuenta años, el poder político está fragmentado entre los poderes del Estado y diversas organizaciones sindicales, gremiales, cívicas, etc. Esto se presenta de tal manera que en pocas ocasiones los gobiernos, sobre todo los democráticos, pudieron seguir su agenda. En general, la agenda la colocan las organizaciones mencionadas. Esto, como ya se dijo, puede tener aspectos positivos, pero el lado negativo es la anarquía que se produce y la falta de continuidad en un proyecto nacional. Entre los muchos ejemplos que se pueden dar, y que son de dominio público, podemos mencionar la negativa de muchos sectores a pagar impuestos. Si bien la Constitución Política del Estado establece, desde el siglo XIX, que todos somos iguales ante el impuesto, desde los gobiernos de Bolívar y Sucre existen sectores que se niegan a pagarlo. En los últimos días, por lo menos tres sectores se han movilizado bloqueando carreteras y accesos a ciudades con tal motivo: los camioneros, los comerciantes del Desaguadero y cooperativistas mineros.
Por supuesto, existen muchos más sectores que se niegan a dar contribuciones al Estado, y uno se pregunta si hay un verdadero amor a la patria en quienes no quieren compartir un porcentaje de sus utilidades para el bien común; generosidad u obligación que ha sido uno de los pilares para el desarrollo de muchas civilizaciones. Sin ir a otros mundos, recordemos la bonanza del Imperio Inca que recibía el 33% de todos los productos, además de turnos de trabajo.
Es cierto que existe mucha pobreza, que muchos mineros trabajan en condiciones inhumanas, pero también es cierto que no pocos encontraron la veta milagrosa que les permite lucir un Hummer en las calles de Potosí; es cierto que muchos comerciantes venden lo necesario para la comida del día a día, pero hay muchos también con la capacidad de llenar tráilers de televisores. Pero el Estado no puede cobrar aunque vaya con la Policía y el Ejército. La fuerza de los sectores es mucho mayor que la fuerza coercitiva del Estado, tanto que ya se han dado muchos casos en los que las autoridades gubernamentales no han podido llegar o quedarse en un determinado lugar. Esto no es de ahora, tiene décadas de proceso ascendente. Por eso en los acuerdos constitucionales que se den es necesario lograr un equilibrio de fuerzas entre la Sociedad y el Estado. Es necesaria la descentralización del poder, pero también es necesario fortalecer las instituciones nacionales. Es necesario fortalecer y afirmar cada uno de los sectores sociales, regionales y culturales; pero también es necesario fortalecer los proyectos comunes.
Uno de los acuerdos principales es que todos contribuyamos con parte de nuestros ingresos y, si es posible, con parte de nuestro trabajo a los proyectos de nuestra ciudad, comunidad, departamento, pero también a los proyectos del país. No podemos seguir viviendo de un recurso natural y de la cooperación internacional.
* Historiador y catedrático
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Tomado de la Edición de La Prensa 13/06/2008