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¡Aún doblarán las campanas!

¡Aún doblarán las campanas!

Entonces era la simple pregunta para saber a quién le  había tocado el momento fatal. Y se obtenía la información. Las campanas doblan por quien ha concluido su obra y se va dispuesto a continuarla en otra alumbrada y perpetua dimensión. Creencia y fe. Constancia, convicción, amor. La condición humana al lado de la oración para que la vida se extienda por los siglos de los siglos.

Por aquellos días había concluido lo que muchos llamaron segunda guerra mundial. El mundo se repartió entre los triunfadores y lo primero que ellos hicieron fue mantener con vida  de manera abierta y anónima el  doblar de las campanas, aun y a sabiendas  que ahora no se expresarían como antes, porque ya no sería posible saber  por quiénes repicarían ni hacia dónde serían llevados quienes ya apenas eran simple recuerdo.

Por todas partes se aludió a la derrota del nazifascismo. Y un planeta tomado por la libertad no le daba espacio a ningún tipo de totalitarismo. La democracia estaba llamada a sembrarse en todos los norte. Pero a esa hora ya se oculta que cualquiera de esas democracias o "revoluciones" se han  montado sobre el sacrificio de muchos por quienes han doblado injustamente las campanas.

Las guerras secesionistas, religiosas, imperialistas o "proletarias" consumieron millones de seres que aspiraban a un imposible: alcanzar a vivir.

Y se dijo que el mundo ahora gozaba de un cierto equilibrio porque el capitalismo adquiría "un contrario dialéctico": el socialismo, bajo cuyas banderas vivía las dos terceras partes de la humanidad.

Con habilidad y larga publicidad se trataba de tapar lo que  define este tiempo: el asesinato en todas sus formas, expresiones y sentido.

La explotación siguió andando disfrazada de libertad democrática o de revolución proletaria y socialista. Y fue mayor el redoble de las campanas.

A  fines de los 80 quedó al descubierto que el llamado "reino de la igualdad" era otro nido del capital de la iniquidad y que el mundo estaba atrapado en el laberinto de la injusticia solitaria y perversa.

Surgía una maquinaria que se pondría por encima de todos los capitales y naciones, para operar desde estructuras virtuales y robóticas. La global-explotación llegaría a su máxima expresión, como en efecto lo ha hecho, para dejar congelado el mapa de las luchas de liberación, los "proyectos revolucionarios".

Apenas habrá espacio para la "supervivencia de los más aptos y mejores". Las "masas" caerán bajo el signo de los modos y relaciones de producción que regirán lo poco que queda de vida. Las campanas se revientan en su violento doblar.

Y aún, ahora es cuando doblarán más y más. Todo está dispuesto para que continúe el libre ejercicio del asesinato capitalista o socialistamente.

Cada vez más se ha estrechado el espacio del hombre acosado por todas las formas de muerte. Su protesta, malestar y rebeldía han sido absorbidos, mediatizados, silenciados y reprimidos. La práctica de todas las ideologías y teorías hasta hoy han servido de justificación para un crimen que no cesa.

¿Y es que la historia se detuvo en estas formas de morir? ¿Estamos obligados como género humano a agradecer a quienes nos han conducido por el sendero del crimen necesario para alcanzar la transformación de la sociedad?

¿Habrá que justificar las acciones de liberación que sembraron las mismas revoluciones que desde su primer amanecer (¡si así se puede llamar a una luz manchada de sangre!) vieron el despliegue de los más dolorosos redobles de campanas?

¿Y cuántos redobles aún serán necesarios para que haga presencia la condición de un hombre que no tenga que apelar a instrumentos de fuerza para imponer una verdadera forma de vivir? 

Aguntin Blanco Muñoz
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