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Montevideo, 27 de noviembre de 1958.

Montevideo, 27 de noviembre de 1958.

Por Manuel Suárez Suárez
miércoles 23 de noviembre de 2022, 20:16h

Los años van pasando pero no olvido aquellos veinte días en el “Cabo de Hornos” desde el puerto de A Coruña hasta el puerto de Montevideo. Para mí fue casi como una excursión. Tenía cinco años y llevaba meses con la imagen de mi padre en la cabeza y entusiasmado por conocer el lugar al que emigrara unos años antes. La verdad es que en mi aldea de Santa Baia de Tines (Vimianzo-A Coruña) era muy feliz. Fui el primer nieto por la parte materna de la familia. Vivía con mi abuela Concepción que me mimaba con chocolate y unas sabrosas meriendas con tortilla francesa con azúcar o unos alimenticios follados (unas filloas gordas hechas en la sartén) pero el nombre Montevideo (yo decía Montemineo) me sonaba a buena cosa. Mi madre comentaba que allí los inviernos eran muy cortos y que enseguida iba a comenzar la escuela.

Hasta llegar al puerto de Santos, donde nos esperaba el tío José de Borneiro que se había casado con Fina que era una de las hermanas de mi padre, perdí muchos quilos. Los mareos eran diarios y no quería la comida del barco, solamente una manzana o naranja. Mi tío subió al barco con un racimo grande en la mano del que colgaban unas frutas amarillas que llamaban bananas y que yo no conocía. Creo que en el año 1958 esta fruta no se comercializaba en la feria de Baio. Fue un regalo muy nutritivo que me ayudó a reponerme un poco hasta que desembarqué en la capital uruguaya el jueves 27 de noviembre. Aunque aún no había llegado al destino, aquellas bananas me afirmaron en que iba por buen camino. El sol calentaba con fuerza y según decía mi madre no iba a volver a usar zuecos ya que en las ciudades no hay corredoiras ni tampoco lameiras (barrizales).

El muelle montevideano estaba ocupado por una cantidad de gente que saludaban, moviendo brazos y manos, a los que venían en el barco. Yo apretaba la mano de mi madre y buscaba a mi padre. No lo veía hasta que mi madre me indicó donde estaba que era al lado de su amigo Ramón de Castromil. Recuerdo que me alegré al ver las sonrisas de los que esperaban y que también nadie llevaba ropa de abrigo. En el camino hacia el barrio de Aires Puros (allí mi padre había alquilado un apartamento) me llamó la atención la interminable sucesión de carteles, muros y paredes que estaban pintadas o con letras azules o con letras rojas pero siempre sobre fondo blanco. No pregunté y no supe hasta muchos años después que era propaganda electoral de los dos principales partidos políticos ( blancos y colorados) que tenían una cita con las urnas, el domingo 30 de noviembre.

Ya instalado en el apartamento de la calle Pantaleón Artigas esquina con Ipiranga, miraba maravillado desde la acera (allí es la vereda) aquel espacio lleno de luz. Mis padres me dijeron que el domingo por la tarde iba a conocer a Merceditas, la hija de María de Torelo y Ramón de Castromil, que vivía cerca de nuestro apartamento. Fue esta la razón de que mi padre buscase una vivienda cercana a la de su gran amigo. Este domingo quedó grabado en mi memoria. Lo cierto es que el recuerdo me emociona aunque ya van allá 64 años. Me despierto con el sonido de unas gaitas que salen de la radio ---una “Philco”--- que está en la cocina. Es la misma música de los gaiteros que estuvieron en el verano en la fiesta de la “Ermida Vella” en Tines. Mi padre cuenta que siempre, los domingos por la mañana, escucha “Sempre en Galicia” y que le gusta mucho porque hablan en nuestra lengua.

La tarde del domingo 30 fue mágica ya que me abrió la puerta para mi ingreso voluntario en la República Oriental del Uruguay. Tuve la suerte de contar con una anfitriona de alta calidad, Mercedes Vázquez Rama, que también era emigrante y tenía la experiencia de llevar dos años en la capital uruguaya. En su casa de la calle Santa Ana fue donde recibí información sobre la escuela (que empezaba el 15 de marzo de 1959) y un tal Artigas que me dijo era una persona muy buena. Yo la escuchaba hablar del “padre de la patria” sin entender nada pero sabía que todo lo que decía era importante porque admiraba muchísimo a Merceditas. Para merendar me dio a beber mate con azúcar y para comer pan con dulce de leche. No conocía aquella bebida y tampoco aquel riquísimo dulce que extendió por encima de unas rebanadas de pan. Hace poco más de un mes que el montevideano nieto mayor de Pura do Caseiro (Oróns-Bamiro-Vimianzo) me vino a visitar y me traía un regalo que mucho le agradezco. Era un bote grande de “Dulce de Leche” de la marca CONAPROLE que es la misma que me dio Merceditas en aquel inolvidable domingo. ¡Viva Montevideo! ¡Viva la patria de Artigas!

Manuel Suárez Suárez

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