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El chico del súper

miércoles 30 de marzo de 2016, 16:23h

El pasado sábado fui hacer la compra semanal con mi marido y decidimos acudir a un conocido supermercado. Antes de entrar, en la puerta se acercó nosotros un joven de unos 30 años, limpio, bien vestido, muy educado que nos preguntó si podíamos ayudarle. "Llevo cuatro años en paro, desde que la empresa de construcción en la que trabajaba quebró. Tengo una niña pequeña y el subsidio que recibo apenas nos da para pagar el alquiler de nuestra casa. Mi mujer también se ha quedado sin trabajo y si pudieran echarme una mano se lo agradecería. No quiero dinero pero si me compraran fruta, verdura o algún alimento fresco sería de gran ayuda". Cuando al salir le dejamos una bolsa con alguna de las cosas que nos había pedido, nos contó las complicadas circunstancias en las que se había visto debido a la crisis y como sus padres, que habían sido el sostén durante todo este tiempo, habían fallecido en pocos meses. Ha muerto con la pena de ver que nosotros no tenemos futuro", nos dijo. El suyo no había sido ni mucho menos el típico caso personas que vivían por encima de sus posibilidades, sino el de unos jóvenes con todo el futuro por delante que ¡de repente! ve como todo su mundo se desmorona.

Nos despedimos de chico con un nudo con el estómago y al llegar a casa busqué una artículo publicado hace unos días por el Financial Times donde bajo el título "El miedo y la desesperación de los jóvenes buscadores de empleo en España" se planteaba los problemas psicológicos que están teniendo muchos jóvenes en nuestro país debido a la situación laboral. De igual modo el periodista Daniel Martín publicaba el otro día un información titulada "jóvenes enfermos por la crisis" en la que sostenía que el paro o la precariedad laboral, el difícil acceso a una vivienda con la que poder independizarse o la imposibilidad de formar una familia son los motivos fundamentales que han convertido a la juventud española en una suerte de enfermos. Enfermos por la crisis. De hecho los datos hablan por sí mismos: solo dos de cada 10 menores de 30 años han salido del nido familiar y de ellos solamente el 15,7% no comparte vivienda.

Más allá de las cifras, que son indudablemente un reflejo de la situación, lo cierto es que nuestros hijos van a tener un futuro mucho más incierto del que tuvimos nosotros y eso causa un doble dolor a ellos y a nosotros. Es muy frustrante comprobar que entre los menores de 25 años la tasa de paro es el 49,2% y más de la mitad de los que encuentran un trabajo es temporal. De tal modo que la generación mejor preparada y formada de nuestra historia, es una generación perdida sin posibilidades de afrontar un proyecto de vida adulta. Hemos educado a nuestros hijos en la idea de que el esfuerzo y la formación serían la llave que les abriría todas las puertas de un futuro prometedor y ahora nos hemos quedado sin argumentos cuando vemos su frustración y desesperanza.

El joven del supermercado, cuando nos pidió ayuda, nos dijo que no sentía vergüenza por pedir comida para su hija, pero que era muy frustrante y le llenaba de desesperación ver pasar los días sin que nadie le diera una oportunidad laboral. Nos repitió varias veces que le daba igual trabajar en lo que fuera y en que si las cosas no mejoraban se iría de España para buscar trabajo fuera. Era un joven amable y educado, que pedía comida para su hija. Su historia podía ser la de cualquiera de nuestros hijos y su frustración es también la nuestra.

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