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El teatro, el espectador y la crítica

Por José Miguel Vila
lunes 21 de septiembre de 2015, 13:11h

“Si la pasión o si la locura no pasaran alguna vez por las almas, ¿qué valdría la vida?”. La premisa y la pregunta no son mías, sino de Jacinto Benavente, nuestro denostado Nobel (¡qué país el nuestro, no hay quien perdone el éxito!), pero, como voy a hablar de teatro, hago mía la frase del dramaturgo español porque el teatro es una pasión, un sentimiento que arrebata. Y lo es para mí desde el primer día que acudí a ver un espectáculo teatral. Lo recuerdo como si fuera hoy, y han transcurrido más de cuatro décadas...

En el escenario, Carlos Lemos y Agustín González en los papeles de Max Estrella y don Latino de Hispalis, los dos personajes universales de ‘Luces de bohemia’, de Ramón María del Valle Inclán. El montaje era de José Tamayo, un nombre del teatro español que nadie cita sin quitarse el sombrero. Su facultad como director de escena nadie la pone en duda. Y era también un expertoen la elección y la dirección de actores. En este caso, su fuerza interpretativa, su forma de utilizar la palabra, sus movimientos, sus gestos, su empaque, su verdad -en definitiva- me calaron tan hondo, siendo apenas un adolescente -era mi primer viaje a Madrid como alumno del Instituto Público de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), que es donde cursaba bachiller-, que desde entonces no he dejado de acudir al teatro con la pasión del primer día y con la frecuencia que me ha sido posible. Fundamentalmente lo hago siempre por placer pero, con el tiempo, también por íntima necesidad.

Hace aproximadamente dos años, además, vengo plasmando en las páginas de ‘Diariocrítico.com’ mi opinión sobre cada obra a la que acudo y han sido casi 150 solo en la temporada que acabamos de terminar. Mi personal balance lo he hecho público hace muy poco tiempo (http://www.diariocritico.com/noticia/484084/las-10-10-imprescindibles-en-la-temporada-teatral-madrilena-2014-2015.html) y te sugiero que estés atento a los carteles en los próximos meses porque algunas de esas obras que calificaba como imprescindibles van a volver a subir a los escenarios madrileños y, yo que tú, no me las perdería.

Acaso por la pasión del neófito en las lides de la crítica (aunque ya tengo eso que llaman cierta edad,y treinta y tantos años de experiencia como periodista, en la crítica teatral no dejo de ser eso, un neófito...), hasta ahora no había pensado en mi doble condición frente al teatro: la de espectador, primero, y, últimamente, también la de crítico.

Prescriptores públicos y privados

¿Cuál es la postura de uno y de otro, del espectador y del crítico frente a un montaje teatral? En el fondo, no me parece muy distinta. Pero me explico. En primer lugar, espero que estemos de acuerdo en la apreciación previa de que una cosa es el texto teatral y, otra, el montaje que, partiendo de ese texto, lleva a cabo un director de escena, con la ayuda de todo un equipo (artístico y técnico) y, sobre todo, con la de los actores que encarnarán a los personajes de la obra. A partir de ahí, probablemente, la única diferencia entre uno y otro, espectador y crítico, estriba en que este último expresa públicamente sus impresiones frente al montaje que acaba de ver, y el otro, el público en general, hace otro tanto, aunque la expresión de su parecer no llega más allá del círculo de su familia y amistades. Un espectador, pues, no deja de ser un prescriptor -probablemente, el más importante- de la obra que acaba de ver, y su opinión es la más válida para quienes le conocen de cerca, como persona y como espectador. No deja de ser, pues, un analista personal del montaje que ha visto y que, con el tiempo, sabe calibrar mejor las distintas aristas del espectáculo disfrutado.

Uno, si además de su larga experiencia como espectador teatral, añade unas cuantas lecturas sobre el tema, el seguimiento habitual de opiniones, artículos, ensayos, etc. acerca de la actividad y atiende respetuoso las opiniones de actores, directores de escena y autores, un crítico está en la mejor disposición para hacer pública su experiencia frente a un montaje teatral, frente a un espectáculo. Partiendo siempre del respeto por el trabajo ajeno y justificando cada una de las afirmaciones que hace, siempre con la conciencia de que esas impresiones pueden ser otras y muy distintas, desde otras ópticas, creo que puede hacerse ese ejercicio sin darle más ni menos importancia de la que tiene: una orientación a terceros, los lectores, sobre un espectáculo teatral, que parte siempre desde el texto fuente (lo escrito por un dramaturgo), para construir un texto dramático, cuyo máximo responsable es siempre el director del montaje, y tratando de llegar a explicar el por qué de su buen o mal funcionamiento.

La opinión, del crítico, aún siendo personal, trata siempre de objetivizar los distintos aspectos que concentra cualquier montaje teatral. Roland Bartheshablaba de ello refiriéndose a “Esa especie de percepción ecuménica de los artificios sensuales, gestos, tonos, distancias, sustancias, luces, que sumerge el texto bajo la plenitud de su lenguaje exterior...”. Demasiados aspectos para suscitar una opinión unívoca, claro está. Lo mismo que sucede con dos espectáculos distintos partiendo de una misma obra, que nunca son iguales, porque la visión de los directores de escena es también distinta, tampoco dos críticas tienen por qué ser idénticas, porque la experiencia personal de la que parten los críticos nunca es la misma.

En otras palabras, y en definitiva, señores autores, directores, actores, equipos artísticos y técnicos participantes en todos los montajes teatrales, no se alegren o enfaden tanto después de leer la opinión de un crítico, o de escuchar la de un espectador, porque ellos tienen el mismo derecho a expresar su opinión sobre un montaje, que ustedes tienen a versionar y reinterpretar los textos de sus dramaturgos preferidos.

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