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No tenemos ni vergüenza ni alma

Por Pascual Hernández del Moral.
domingo 30 de agosto de 2015, 00:11h

Es verdaderamente denigrante para el ser humano las noticias que, a diario, nos ofrecen los medios de comunicación sobre los emigrantes que intenta llegar a los países ricos de Europa. Cientos de miles se arriesgan a iniciar un camino largo, que conduce, del norte y centro de África, a Europa, buscando las migajas de la vida confortable de los europeos: comida, salud, educación y alojamiento para ellos y sus hijos. Por todos los medios, algunos terribles, huyen de su tierra y se arriesgan a perder la vida en las bodegas de un barquichuelo, o en la caja de un camión. Y en su carrera, pretenden llegar a las fronteras del sur de Europa, antes de que se las cierren con vallas y alambradas.

En España tenemos Ceuta y Melilla como referentes de la “emigración ilegal”. No sabemos en realidad cuántos africanos han saltado las vallas, han nadado hasta llegar a aguas españolas, han pasado metidos en los bajos de los camiones, los que se han jugado la vida metidos entre los contenedores. Los que lo han conseguido, (mal)viven entre nosotros, deambulando por nuestras calles o vendiendo por las terrazas de los bares, o de manteros. Y se les niega (al menos, se le discute) la atención sanitaria. En las primeras oleadas no venían chiquillos a los que atender educacionalmente. Menos mal. Y poco a poco, hemos digerido los que nos llegaban, aunque reduciéndolos a poco más que escoria humana.

Hemos buscado razones políticas para justificar la huida de sus países: que si el fracaso de las primaveras árabes, que si las guerras entre los países, que si las barbaridades del IS, que si el terrorismo yihadista… Todas esas razones son ciertas, pero detrás de ellas está siempre el hambre y la incultura. Lo que hace unos meses eran unos pocos que se atrevían a intentarlo por las plazas españolas en África, pronto se convirtieron en mareas humanas que, en cualquier cosa que flotase, se dirigían a Italia a España o a Grecia.

Era “nuestro problema”, según Francia, y el Reino Unido. Alemania y los demás países de centro Europa veían muy difícil que la marea del hambre les tocase a ellos. Pero ¡ah, amigo! las cosas han cambiado. El camino de Grecia a los Balcanes occidentales ha llevado a las tranquilas fronteras polacas, alemanas, suizas, austriacas, a los hambrientos del sur. Y no nos olvidemos de los problemas fronterizos entre Francia y Gran Bretaña, por quién debe taponar Calais. En fin, lo que era un “`problema menor” que sólo afectaba a los países del sur se ha convertido en un terremoto que afecta a toda la Unión Europea. Y la ha cogido con el paso cambiado.

Es verdad que el asunto corresponde a los gobiernos. Pero cuando se ve que las sociedades opulentas, como las nuestra a pesar de todo, organizan asociaciones para salvar a las ballenas, para proteger a las mascotas, para preservar al lince ibérico, para evitar que el burro desparezca y cosas similares, que no digo yo que no sean interesantes, me sonrojo de vergüenza. Se nos están olvidando cientos de miles de PERSONAS que están llamando a las puertas de Europa.

¿Tenemos alma, cuando no exigimos a nuestros gobiernos, sean del color que sean, que hagan lo imposible para evitar tanta desesperación, tanta muerte?

No se cómo evitar tanta huida. Quizá, como dicen algunos, actuando en los países de origen; pero sus gobernantes son corruptos, y el dinero que podía mejorar la situación de sus ciudadanos desaparece en sus cuentas corrientes. Y siguen en la misma situación de hambre y miseria que los empuja a huir.

Hagamos algo. Movilicémonos para acogerlos, y si no podemos actuar en sus países de origen ofrezcámosle aquí lo que su dignidad exige. Es verdad que a todos no podemos acogerlos, pero nuestra dignidad y nuestra vergüenza nos obligan a hacer algo.

Anglos, sajones, yutos, hunos, godos… acabaron con el Imperio romano. Aunque sea por egoísmo, hay que tentarse la ropa.

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