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Escritos en libertad

El efecto bumerán Zapatero

miércoles 23 de noviembre de 2011, 00:11h
No se descubre nada nuevo al afirmar que en política el voto lo mueve la expectativa de futuro y no el agradecimiento por la gestión del pasado. La política es desagradecida. Los ciudadanos leoneses han amortizado con suma rapidez las millonarias inversiones realizadas por el Gobierno y han vuelto la espalda al PSOE con una contundencia inversamente proporcional al trato de favor recibido.

¿Por qué el efecto Zapatero se ha convertido en bumerán devastador, con un aumento del voto popular que sitúa a León a la cabeza entre las provincias de Castilla y León y como una de las que ha registrado el mayor avance de la gaviota en España.?

Sin olvidar el hecho relevante de que el candidato a la presidencia ya no era el político leonés, sino un miembro del Gobierno que encarnaba sólo el aspecto más negativo de la crisis económica, es preciso anotar despropósitos de manual.

La pugna entre facciones siempre pasa factura a los partidos políticos..

Pero en este caso más, porque los hechos demostraron que tenían razón los críticos del pacto del hojaldre, fraguado en  Astorga tras la debacle en las elecciones municipales. Sabían que Paco Fernández era un mal candidato. El escándalo de la indemnización millonaria de la Caja y la nefasta gestión al querer aferrarse a todos los cargos, aunque fuera "gratis", acabó arrastrando al cabeza de lista, que le sostuvo en sus brazos hasta que la situación se tornó inaguantable. Ya era tarde. El periodista Marco Romero cuenta en Diario de León que en la noche electoral Alonso negó el saludo a Paco Fernández, cuando este se disponía a abrazar al primero. Lo que no se sabe es si fue por evitar la foto que el exalcalde buscaba con afán o porque los lazos personales que les unían se han roto definitivamente.

La campaña resultó manifiestamente mejorable. Se basó en exclusiva en recordar que Zapatero había invertido en León miles de millones de euros, muy por encima de cualquier otro Gobierno. Una realidad indiscutible que el PP ha negado de forma machacona, con descaro. Y el mensaje por repetido no ha dejado de ser falso, pero se tornó verdadero para los intereses del PP. Por eso no le falta razón tampoco a Isabel Carrasco cuando reivindica para sí el éxito, más allá del atractivo político de Rajoy o de los propios candidatos provinciales.

Los socialistas no supieron tampoco explicar por qué con tamaña inversión el paro  crecía en León igual, o más que en muchas partes de España, y no  supieron advertir que la política de empleo también es responsabilidad de la Junta.

José Antonio Alonso tenía a su favor el ser un candidato "impoluto", como ha escrito Pedro Vicente, pero por lo mismo también con las propiedades del agua pura: incoloro, inodoro e insípido. Ha sido un eficaz colaborador de Zapatero, pero eso no le ha convertido en líder en su tierra. Tampoco ha sido su objetivo.

El PP se sabía ganador, así que bastaba con no hacer nada. No entrar en debates ni en cuestiones que pudieran asustar. Y Alonso quedó atrapado en las buenas maneras que le definen como el hombre sencillo del barrio del Crucero que es.

Pero tal vez la guinda del despropósito la pusieron los organizadores del mitin de cierre de campaña. A cientos de personas, muchos afiliados del partido y todos simpatizantes del PSOE, se les impidió la entrada en la plaza de toros, donde a las nueve de la noche intervendría Zapatero. Había sido organizada una cena a 18 euros el cubierto que excluía a todos los que no hubieran comprado la invitación a tiempo o a quienes no quisieran pagar. Circunstancias que nadie se preocupó de anunciar convenientemente.

Las caras de los rechazados resultaban elocuentes. A nadie se le ocurrió que aquellos que no podían acceder a mesa sin mantel, por falta de dinero o porque se agotaron las entradas, pudieran asistir al mitin desde las gradas vacías de la plaza de toros.

Fue un espectáculo lamentable, que curiosamente ningún medio de comunicación ha recogido. Los periodistas invitados estaban dentro. Los votantes se alejaban frustrados.

Y Zapatero en la plaza, ya a sus espaldas.

Fernando Aller. Periodista.
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