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¿Merece la pena ir a la Expo del agua?

Lo mejor, los pabellones de Marruecos, Italia y España. Quizá junto con el acuario, el mayor fluvial de Europa. Lo peor… Bueno, ahora hablamos de lo peor, que de eso también hay en este relato de doce horas en la Expo del agua zaragozana. Una propuesta interesante para un fin de semana, qué duda cabe. Pero claramente mejorable. ¿Mejorará? Con ese espíritu constructivo escribo este comentario.
La exposición internacional de Zaragoza está llena de buena voluntad. Sus propuestas sobre el agua son, al menos verbalmente, solidarias. Algunos de los 105 pabellones están bien trabajados, contienen ideas interesantes y en ellos se puede pasar un rato divertido. Otros, por el contrario, son casi simples tiendas o están dedicados a hacer promoción turística. Los pasatiempos, desde las orquestas hasta el teatro, los pasacalles, los restaurantes –no espere maravillas ni precios tirados--, son suficientes. Los dos mil empleados y otros tantos voluntarios, amables y eficientes hasta donde un cierto caos organizativo se lo permite, aunque a veces algunos ‘uniformados’ caen en excesos ordenancistas. Y el entusiasmo de los medios locales, lógico y notable: este domingo rivalizaban por elevar el número de asistentes en la primera jornada: ¿cuarenta mil? ¿treinta y ocho mil? ¿treinta y cinco mil? A mí me parece, por lo que pregunté y miré, que algo menos. Da lo mismo: por la Expo zaragozana pasará bastante gente, será, hasta onde pueda ser, un cierto éxito.

La Expo ha quedado bonita, pero algo inútil. Lo demuestra la Torre del Agua, por donde comenzamos el recorrido, que obliga a subir a pie, sin posibilidad de marcha atrás ni ascensor, un total de diecisiete pisos. Un ejemplo más, de los muchos que tenemos en España, de que la arquitectura no se pone al servicio del hombre, sino del faraonismo del arquitecto. No merece la pena, pese a la espléndida escultura central, que semeja el gigantesco estallido de una gota de agua. El teleférico –nueve euros ida y vuelta—es insuficiente y no sirve para recorrer la exposición, en la que faltan ayudas de transporte para personan de edad, discapacitadas o simplemente cansadas. Pocos puntos de respiro y grandes explanadas son la tónica de una exposición en la que los pabellones se alinean sin una disciplina estética y en la que uno, al final de la jornada, descubre que no ha aprendido tanto como esperaba, aunque haya visto bastantes cosas nuevas.

El Ebro dominante

El agua no es mal tema para una exposición de estas características. Un río Ebro crecido, que se comió las gradas en las que se pensaba representar, la jornada inaugural, el espectáculo ‘Iceberg’, de Calixto Bieito, preside la muestra, cruzado por un par de puentes de admirable diseño, especialmente el Pabellón Puente, ideado por la famosa arquitecta iraquí Zaha Hadid. Así que la jornada inaugural oficial, el viernes trece de junio, con un cierzo del Moncayo que pelaba, fue, nunca mejor dicho, algo fría para cuatro mil de los cinco mil invitados al acto, que hubieron de soportar al aire libre, y viéndola a través de una pantalla con escasa calidad de imagen, una ceremonia de largos y múltiples discursos –el comisario de la Expo, el alcalde zaragozano, el presidente aragonés, el responsable de las expos que en el mundo son, el presidente Zapatero, el Rey Juan Carlos, por cierto despeinado por el aire reinante, con perdón por la redundancia…--. Y luego, un coctel masivo en el que conseguir un plato con alimentos y una coca cola se convirtió en algo punto menos que imposible.

El sábado fue el día de apertura para todos. Las colas son la tónica de toda exposición que se precie, pero a los periodistas –más de treinta mil acreditados—nos gusta poco hacerlas para acreditarnos; esa parte no estuvo demasiado bien ordenada, la verdad. Y la que se esperaba masiva asistencia del pueblo zaragozano tampoco fue, en realidad, tan masiva, aunque, por ejemplo, entrar en el pabellón mexicano, que celebraba su día oficial, era una tortura. Que, por cierto, tampoco merecía tanto la pena, porque las propuestas de este pabellón son más bien insulsas. Colas bastante largas también ante el pabellón español –conviene tomar entrada con anticipación—y para entrar en el acuario.

En el pabellón español, por cierto, se ofrece un interesante espectáculo de ‘ruidos del agua’. Interesante el marroquí, muy cuidado. O el italiano, muy ‘movido’ (la verdad es que nosotros apenas recorrimos una treintena, entre ellos los de varias comunidades autónomas, con representación muy desigual. Me interesaron bastante los de Cantabria y Euskadi. En el buffet destaca el de Murcia).

La entrada por una jornada, que pocos pagaron el primer día –muchas credenciales oficiales y de prensa, bastantes invitaciones--, cuesta treinta y cinco euros, y la telecabina, nueve; un combinado de ambas cuesta cuarenta y un euros. Se me antoja algo caro para un público que se quiere juvenil –hay propuestas de orquestas nocturnas para el verano--, pero en la Expo casi todo es caro, desde tomar una cerveza en el desangelado bar del pabellón belga hasta tomar un café en los baretos desparramados por el recinto.

Con todo, debo confesar que recorrer la Expo es bastante animado, porque son muchas las cosas diferentes que pueden verse en poco más de una hectárea. Los accesos, a través de unos autobuses municipales muy frecuentes, son suficientes, aunque haya que andar mucho. También se puede llegar, desde la estación del AVE, en un pequeño tren tipo Disneylandia (algo de eso flota en el ambiente de la Expo: los niños lo pasan bien, y los adultos con buen espíritu, también). Cuando se eliminen algunas rigideces en el trato a los asistentes, y voluntarios y personal conozcan mejor su oficio, la cosa mejorará, no cabe duda. Como mejorará cuando se equilibren los precios hoteleros en la capital maña. Yo recomiendo ir, aun advirtiendo que existen notables ausencias y que no todas las presencias merecen la pena: incluso, en algunos pabellones, aún se daban los últimos toques cuando ya las puertas estaban abiertas para todos. Y alguno ni siquiera había abierto, el de Cina, por ejemplo.

Las protestas aisladas de algunos ecologistas, que reivindicaban el Ebro para Zaragoza “y no para la Expo”, no lograron empañar el entusiasmo ciudadano por la muestra. Zaragoza es hoy una ciudad agobiada por las obras –la manía de grandeza de tantos alcaldes, a la que Juan Alberto Belloch no escapa--, pero al fin tiene su Expo y su protagonismo, que confiemos en que dure más de un cuarto de hora.
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