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Huecos, petróleo e independencia

Huecos, petróleo e independencia

Manejando mi automóvil en días pasados, por una calle de nuestra capital, tomé conciencia, de repente, de la situación deplorable en que se encuentra la vialidad interna de nuestra capital. Por un momento, pensé que era una casualidad, relativa solo al sitio por donde pasaba, pero enseguida me di cuenta de que estaba en una de los sectores de más caché de Caracas. Se me ocurrió entonces, al terminar de hacer lo que me había llevado hasta allí, dar un recorrido por las calles adyacentes, que luego amplié a todo el municipio. Mi impresión inicial no solo quedó corroborada, sino que me llevó a hacer lo mismo en mi recorrido del día siguiente, camino de la oficina, en otra zona, en otro municipio, en otras calles que parecían las mismas por la cantidad de baches e irregularidades que saltaban a la vista, pero dentro de la misma ciudad. Es increíble el estado de deterioro y de ruina de nuestra principal urbe. Darse cuenta, a veces resulta difícil porque sencillamente la vista y el cerebro se acostumbran a mirar, sin ver nada, y el ser humano se adapta a todo, incluso a que su automóvil esquive los huecos todos los días o a caer en ellos, sin darse cuenta, hasta con naturalidad diría yo. Este, Oeste, Norte, Sur, es igual, la ciudad es un gran hueco lleno de huecos mas pequeños, donde se hace imposible encontrar un metro de asfalto o de cemento que no esté agrietado, roto o que no haya sido maltratado por las instalaciones de tuberías, cables o un taladro cualquiera. Pero nuestra capital, lamentablemente, es un desastre que va más allá de la situación en que se encuentran las carreteras y avenidas, es un caos en todos los sentidos. Y no estoy refiriéndome al tráfico, ni a las colas, precisamente, ya convertidos en unos imponderables, sino a todo lo demás. A los árboles que se caen, a la lluvia que los tumba, a la luz que se apaga cuando menos se lo espera, a la falta de servicios públicos, la falta de seguridad, no solo la policial, también la ciudadana, la jurídica, la social, la política, que nos lleva a dudar de la salud de Chávez, de la palabra de quienes nos dirigen, de si vivimos en el presente o en el pasado. Vivir en Caracas lleva mucho tiempo, más que en cualquier otra parte del mundo. Desgastan las colas, el trafico, cobrar un cheque para que el banco le entregue su dinero, bueno cuando se lo quiere entregar, pedir información en un organismo público, oír las noticias, hacer un tramite, o visitar a su novia si usted vive en el Este o en el Oeste y ella en el otro lado. Eso, sin contar que es una de las ciudades más dolarizadas del mundo. Y traigo esto a colación, por que en momentos en que se celebra el bicentenario de nuestra independencia patria, se cumplen dos siglos el próximo martes 5 de julio, no pareciera que vivamos el mejor momento, ni que nos encontremos con la mejor Caracas de la historia; el retroceso es evidente. Llamarla la gran Caracas pareciera un eufemismo. Por el contrario, da tristeza y hasta vergüenza, tener una capital sucia, con bolsas de basura por todas las esquinas, anárquica, oscura, tétrica por las noches, que luce áreas verdes llenas de monte por el día, con parques y jardines abandonados, donde se hace evidente la falta de mantenimiento de la ciudad en todos los sentidos. Caracas, es en cierta forma, un reflejo del país; pero con la diferencia de que aquí, sí se consigue aceite en algún supermercado, aún hay gasolina en casi todas las estaciones de servicio y la electricidad aún no está racionada como en el interior. Además, aquí aún se puede tener la suerte de ver, posiblemente, a Chávez en persona, el próximo martes en el desfile militar donde se mostrarán los últimos juguetitos bélicos que compramos a nuestros aliados. Doscientos años después de la independencia, Venezuela tiene mucha soberanía, mucho petróleo y también muchos huecos que cubrir. [email protected]
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