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La revolución árabe se generaliza: ¿ayuda a todos o ayuda selectiva?

La revolución árabe se generaliza: ¿ayuda a todos o ayuda selectiva?

Finalmente el “virus” de la reforma se extiende ya por todo el mundo árabe y puesto que todas parecen reprimidas con cierta violencia se plantea a Occidente el dilema de a qué ciudadanos ayudar, si a todos lo cual parece imposible o a algunos y en este caso a cuáles. En todas partes los ciudadanos se rebelan, a veces a riesgo de sus vidas, contra unos gobiernos que lo más benevolente que se puede decir de ellos es que no son de este siglo. La democracia, el estado de derecho y la garantía de libertades públicas y privadas, aparecen como una de las dos reivindicaciones principales. La otra es trabajo, justicia social, un mejor reparto de la riqueza creada, y gobiernos eficaces y menos corruptos. Lo primero debería ser y es posible: lo segundo no tanto porque depende de la iniciativa de los emprendedores y del desarrollo de la conciencia cívica. Para algunos países, como Egipto, es muy posible que la democracia no baste: resulta difícil imaginar cómo un gobierno, el que sea, puede en verdad manejar un crecimiento demográfico de un millón de egipcios más todos los años que para 2015 puede que sean, según las previsiones oficiales, un millón seiscientos mil más por año. Por motivos diferentes, puede que a las ricas las familias gobernantes de los países productores de petróleo la democracia tampoco les sirva porque dejarían de disponer a su conveniencia de ese maná que constituyen los fantásticos ingresos por las ventas de lo que con toda propiedad llamamos oro negro. Sea lo sea lo que está en marcha, revolución, reforma, revuelta, democratización, lo cierto es que afectará a todos; a los árabes, y a nosotros  si persiste la tendencia a intervenir militarmente, como es el caso de Libia. Ahora las intervenciones se legitiman con resoluciones del Consejo de Seguridad, en el cual los cinco miembros permanentes tienen habitualmente la iniciativa legislativa y el derecho de veto. Pero en el presente, en teoría, está también el “deber de ayudar” establecido por una resolución de la Asamblea General de 2005 que consagró lo que era ya práctica en las relaciones internacionales y que llegó a ser calificado de “derecho de intervención” por razones humanitarias. Las revueltas actuales del mundo árabe están demostrando, no obstante, el carácter selectivo de las intervenciones por razones humanitarias y a la vez el igualmente selectivo de la información. Mientras Libia acapara lo esencial de la atención de los medios, unas revueltas como las de Omán, Siria, Jordania, Yemen, Argelia, Líbano, permanecen en segundo plano de la atención mediática; otras son contempladas con cierto favoritismo como la de Marruecos, y algunas son ignoradas como la pugna entre al Fatah y Hamas, de la que quizá depende que la democracia llegue también a los palestinos. Por último, la de Arabia Saudí, un país que tantas veces ha sacado a Occidente de un apuro aumentando la producción de crudo para contribuir a reducir el impacto sobre los precios de la escasez temporal de petróleo, parece que no existe. A su manera, la revolución también llega a Arabia Saudí y la familia gobernante se ha visto obligada a convocar elecciones municipales, las segundas en la historia del reino, para finales de este año, después de haberlas pospuesto en 2009. Ahora, como entonces, las mujeres, salvo que a última hora el régimen cambie de parecer, no pueden participar. Claro que tampoco podrían acudir a la convocatoria en coche porque no pueden conducir, y ni siquiera en bicicleta porque pueden usarlas pero no en público. Tampoco su participación podría ser considerada un aprendizaje democrático porque en Arabia Saudí no hay elecciones legislativas porque no hacen falta ya que tampoco existe una asamblea legislativa. Lo más curioso de todo es ver cómo la atención centrada en Libia hace olvidar lo que puede estar ocurriendo en Túnez y Egipto después de la revolución que por primera vez en la historia del mundo árabe musulmán -si descontamos la revolución de Jomeini que por la sola presión popular derribó al Shá de Irán en febrero de 1979- donde la calle ha librado ya de dos jefes de Estado que ahora todos, al cabo de 30 años en el caso de Mubarak y de 24 en el de Ben Alí, llamamos de repente dictadores y corruptos. Entre los que quedan unos cuentan con nuestras simpatías y creemos que sobrevivirán, y otros no y los consideramos candidatos al exilio. Recuerdo que en febrero de 1979 estaba, junto con otros periodistas, en la avenida Shareza viendo como las masas caldeadas subían en dirección al Palacio de  Niavaran, donde les aguardaban varios tanques que tenían la orden de disparar para impedir el paso de la multitud. Ninguno imaginaba que una manifestación, por enaltecida que fuera, podría forzar al Sha a huir del país. La tarde anterior había estado con unos empresarios españoles establecidos en Teherán y les había preguntado qué creían que podría pasar: “Nada”, me habían respondido, “El Sha sacará a los tanques a la calle y matará a diez mil o quince mil personas, pero no pasará nada”. Pero las masas llegaron a los tanques y éstos no dispararon: por primera vez una dinastía que pretendía tener dos mil años de antigüedad, pasaba a la historia. 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