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¿En la era post Gadafi?

¿En la era post Gadafi?

Aunque están contados los días del dictador libio en el poder, es muy pronto para hablar de una era post Gadafi. Hay dos o tres cuestiones claras en medio de un mar de interrogantes. ¿Cómo se logró, por ejemplo, la victoriosa pero hasta hace poco improbable e inimaginable alianza entre civiles y militares insurrectos que está cercando la última fortaleza del Régimen, Trípoli? ¿Se incendió Libia a causa del efecto dominó proveniente de Túnez y Egipto, países tan diferentes por su estructura social?

Los jóvenes que se comunicaban por redes sociales en estos dos países tenían un grado de conectividad, de educación y de aspiraciones diferente al de sus vecinos libios. En la legendaria Tobruk, por ejemplo, una de las primeras ciudades en ser liberadas junto con Bengasi, no existen ni siquiera cines, porque Gadafi, como relata Marcelo Cantelmi, enviado especial de Clarín de Buenos Aires, no quería que la gente se reuniese por ningún motivo. La locura por el control del dictador, añade, llegó a tanto que se enviaba a las mezquitas una hojita con los sermones que debían leer los clérigos y que, por supuesto, no solo no tenía ninguna alusión crítica al Régimen, sino que hasta se deshacía en alabanzas.

El Ejército como institución jugó en Túnez y en Egipto un papel decisivo para lograr, para bien o para mal, la primera salida a la crisis gracias a su autonomía y sus lazos internacionales. Nada que ver en el caso de Libia, en donde el Ejército ha sido manipulado permanentemente por el dictador y sus hijos y se le ha negado sistemáticamente la debida institucionalización.
Quien tiene el poder es una red compleja de paramilitares, miembros de los comités revolucionarios, a la que se suman mercenarios extranjeros y quienes habrían asumido la tarea de disparar indiscriminadamente contra la población civil.

Este hecho ha sido uno de los que más ha pesado a la hora de la resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y del pedido de ese organismo a la Corte Penal Internacional para que investigue a Gadafi por crímenes contra la humanidad.

Washington ha recuperado -momentáneamente- el liderazgo en el norte del África, espacio tradicional de influencia, salvo Egipto, de Francia, Italia y España. Las declaraciones tanto del presidente Obama como las de Hillary Clinton han sido tajantes contra Gadafi. No ha de haber sido tarea fácil convencer a los vecinos europeos del Mediterráneo, Italia a la cabeza, de negar legitimidad a un Régimen que la había perdido desde hace tiempo pero con el que se hacían pingües negocios.


Lo que se está viviendo en Libia y en general en el resto del norte del África y que puede extenderse a Arabia Saudita pasando por Yemen es para los Estados Unidos y los europeos un momento histórico de tanta significación como lo fueron los días de 1789.

Un observador situado a comienzos de la Revolución, en medio de las disputas de girondinos y jacobinos, poco podría advertir del Terror que vendría y de la Reforma a manos del Imperio. Napoleón I cambió el mapa de poder europeo que nunca volvió a ser el anterior a la Revolución.

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