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El Robinson urbano, de Antonio Muñoz Molina

Isla de asfalto

Isla de asfalto

El náufrago urbano, como el Crusoe de Daniel Defoe, observa y aprehende de la biosfera de vehículos humeantes y edificios alineados a su alrededor, haciendo honor a ese arcaico refrán medieval: “el aire de la ciudad hace hombres libres”; un aire de libertad que, en cierta medida, asemeja la cotidianidad ciudadana a la isleña: disímiles modelos de soledad y compañía a partes iguales. Bajo esta premisa, la selección de artículos que reúne el primer libro de Antonio Muñoz Molina, El Robinson urbano, permite al escritor andaluz, con esa particular visión del micro y macroentorno, soltar a su álter ego, transeúnte privilegiado, cronista de la contemporaneidad metropolitana, a través de las calles de una Granada tan real como por momentos imaginaria (las crónicas, construidas a base de impecables ejercicios literarios, hacen de ésta una ciudad ambivalente: a veces eterna, al igual que “una estampa de Gustavo Doré”, y otras mortal, tan urbana como la que más), dejarlo suelto y seguirlo, sin perder de vista ni un instante su dirección y sentido, observándolo por una lente privilegiada, siempre convergente.

            El Paseo del Salón, el café Suizo, la colina de la Alhambra, el barrio de la Magdalena, el Albayzín, una esquina cualquiera de Bibarrambla… Cualquier enclave sirve para que escritor y su Robinson ejerzan de observadores “desinteresados”; cada rincón constituye un islote situado “en una región del tiempo entre el presente y el recuerdo”. Es así como lo rutinario acaba por convertirse en huésped del papel: las piernas de una mujer, el ciego que canta los “iguales”, los delincuentes y mendigos del polígono de la Cartuja… Todos, animales salvajes de una ciudad abierta en abanico ante Muñoz Molina, al estilo del París de Charles Pierre Baudelaire o del Londres de Thomas de Quincey, mediante una “pura mirada sin voluntad ni propósito”, ya que ambos se sienten libres y, en esencia, eso es lo único que les importa.

            Podría decirse, como lo hace el propio autor, que “Ulises ya no busca su Ítaca en las islas del Mediterráneo…”       

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