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¿Estamos locos o qué?

Con mi carné del PSOE… porque yo lo valgo

Con mi carné del PSOE… porque yo lo valgo

Cuando uno sale de copas, normalmente bebe. Unos lo hacen con más afán que otros. Y a unos les sientan mejor o peor el alcohol. Servidora, cuando sale, especialmente si es en Madrid (ciudad en la que habito), aunque se tome sus copas, permanece atenta a lo que se resuelva a su alrededor. Nunca sabes dónde está tu príncipe azul, eso es evidente, pero, sobre todo, nunca sabes dónde puede haber una suculenta y jugosa noticia.
Y es que las gentes importantes, esas que protagonizan hoy los titulares de mañana, también salen de cachondeo. Se toman sus copas y, para su desgracia, a veces cometen errores delante de cotillas impertinentes como yo.
El pasado 16 de julio pasó algo en un local de madrid llamado Fortuny. Este sitio es perfecto para ver cómo se lleva ahora la gomina, recibir buenos tips de lo que es fashion y quedarte speechless de lo bien que nos comen los postadolescentes. Más de 1,70 para ellas con 50 kilos y más de 1,80 para ellos con tabletas de chocoleit  por estómago, para ellos. Todos están en el feis  y su lenguaje corporal pasa siempre en femenino por buenos golpes de melena atusados con manos perfectamente manicureadas (es palabro por mucho que lo ponga de moda Carlos García-Calvo). La mayoría se conocen entre sí, por el cole, por la uni o por el club dónde van desde pequeños con mamá y papá. Fortuny, viene a ser pues, una extensión del patio de recreo de antaño. Los responsables del local los cuidan y miman como si fuesen una extensión de sus propios retoños y ellos ahí se sienten seguros y felices.
Por esta última razón Fortuny vigila mucho la entrada. Cada local tiene sus normas y ellos no van a ser una excepción. Franquear la puerta bolinga it´s no nice (amén de incómodo para lo que estén dentro y de bastante sentido común, por cierto). Si el aforo está completo te hacen esperar hasta que se vacíe porque corren el riesgo de que se les caiga el pelo (y no está el horno para bollos). Si vas con chanclas y/o camisetas, forget it, ése no es tu local, prueba en Lavapiés. Y si estás más cerca de la jubilación o acabas de terminar la secundaria tampoco eres bienvenido. Todas esas razones son óbice para no franquear la catedral del pijismo madrileño. Y esto es como las lentejas, o las comes o las dejas.

Retomo con el 16 de julio. Se acercaron a la terrible puerta dos señoras precedidas por sus señores. El stop fue la palabra de saludo. Ellas se lo comentaron a ellos y éstos solícitos en atenderlas preguntaron la puerta el motivo. “Es una fiesta privada”, les dijeron. En román paladino: incumplían una de las normas anteriormente citadas. El aforo distaba de estar completo y los señores acompañados de sus señoras no son muy mayores.

Hasta aquí nada del otro mundo. La noticia viene a partir de este momento. Uno de ellos, Alejandro Inurrieta, viendo que se les chafaba la noche tiró de carné y se la mostró la puerta: Concejal de madrid por el PSOE, distrito de Salamanca. Desconozco si dijo la temible frase de “usted no sabe con quién está hablando” pero el hecho fue suficiente para que las puertas se abrieran de par en par. Los políticos locales y los dueños de los bares mejor que se lleven bien para tranquilidad de los segundos. No hay que arriesgarse. Pero el concejal entonces, en un arranque imagino que de rabia, decidió la peor de las venganzas y no sólo ya no quiso entrar si no que llamó a la policía local para solicitar una inspección por ruido. ¡A esas horas y en el local dónde pretendía tomar unas copas un ratito antes del incidente! Llegaron seis coches patrullas, ¡seis! y después de comprobar que todo estaba en orden, con las mismas, se largaron dejando al concejal y sus acompañantes con ganas de ver lo que imaginaban que podían hacer sólo diciendo que cargo ocupaba su amigo en el consistorio madrileño.

Mis fuentes consultadas (y son varias) me han dicho cosas que mejor no poner en esta columna pero parece que Fortuny tenía una razón de peso para prohibir la entrada. Sólo me hago unas preguntas, y no ya como periodista sino como ciudadana. ¿Es lícito que un concejal de un Ayuntamiento utilice su cargo para amenazar con una inspección a un local sólo porque no le dejan entrar? ¿Qué fue exactamente lo que le molestó? ¿El inexistente ruido de una discoteca medio vacía, o que le fuera prohibida la entrada? Que llamara a la policía después de que los responsables del local le dejaran finalmente pasar, sólo demuestra una actitud y es la de venganza. ¿O es que estoy equivocada y pasaban por allí para comprobar el buen descanso vecinal? Si esto es así, ¿es este su cometido?

Ay Manolete, Manolete, si no sabes torear, ¿pa qué te metes?
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