David López, biólogo, analista y escritor
“Estoy un poco harto de que en la ficción actual los científicos sean estúpidos sociales”
La figura del herético ha sido una constante en la cimentación de nuestra Historia; personas que, de uno u otro modo, manosearon elementos sensibles de las estructuras de poder, originando en éstas cierta alteración. Platón, Copérnico, Freud… o el propio Darwin, quien dio uno de los golpes más potentes al antropocentrismo. Su famoso trabajo sobre el origen y evolución de las especies se desarrollaría tras su regreso en el bergantín “HMS Beagle” a Inglaterra. En La travesía (Roca Editorial), el biólogo David López rescata un viaje de exploración coral donde confluyen diferentes relatos. Duelos, persecuciones, misiones filantrópicas, descubrimientos…, en un recorrido que transformó las Ciencias Naturales para siempre.
René Descartes defendía como objetivo esencial del ser humano el de criticar los saberes recibidos y, si procede, formular una nueva ética… El “HMS Beagle” hizo práctica esa teoría…
Y no de un modo intencionado, si se me permite la matización. Los motivos por los que Charles Darwin viajaba a bordo del “HMS Beagle” no pudieron ser más azarosos, así como la dedicación a tiempo completo que pudo realizar como naturalista sólo se debía a la generosa asignación familiar que hacía de él un hombre adinerado. Es cierto que las consecuencias de este viaje —y, no lo olvidemos, el oscuro trabajo de Wallace, coincidente con el de Darwin— fueron las de cambiar por completo la noción de cómo las especies nacen y se transforman, y también del papel del Hombre dentro de la naturaleza, y quizá eso lo convierta en un viaje y una empresa que va más allá de lo vulgar. La Ciencia es terca, a fin de cuentas, y siempre se empeña en salir a la luz.
Usted le otorga un papel importante a cada uno de los tripulantes de la nave…
Sí, al fin y al cabo mi idea era la de realizar una novela coral, en la que todos los personajes tuvieran sus quince líneas de gloria. De cualquier modo, no podría ser sino así, porque a bordo de un bergantín con poco más de ochenta almas a bordo, todos los tripulantes son importantes y todos se merecen su tratamiento, desde el capitán hasta el último de los grumetes: todos tienen su nombre y su papel. Diría más, que es necesario que todos sean importantes, porque los grandes viajes no suelen ser cosa de una persona, sino de muchas.
¿Dónde establece la línea entre realidad y ficción La travesía?
No es una línea, más bien un borrón difuso. Al fin y al cabo, estamos hablando del segundo viaje de exploración de la “HMS Beagle”, algo que sucedió hace ciento ochenta años, y el tiempo confunde los hechos y la fantasía. Pero la mayor parte de los hechos que narro son ciertos, al menos tal y como lo reflejaron los protagonistas en sus diarios. Y el imprescindible elemento de ficción... bien, creo que siempre es necesario para mantener el hilo narrativo.
Imagino que, como biólogo, la elección temática no fue muy complicada…
No, no lo fue. La idea de novelar a Darwin ya la tenía en mente desde hacía bastantes años, y sólo fue cuestión de encontrar el momento justo para hacerlo.
Me interesa bastante el proceso de documentación que siguió para el desarrollo de la novela…
Fue largo, como era de esperar. Había que leerse la documentación de primera mano y después las obras de referencia. Los diarios de Darwin, FitzRoy y Covington, El origen de las especies, varias de las muchas obras que se han publicado al respecto... Cómo plasmarlo todo era imposible, hubo que cardar, cortar y seleccionar; quedarse con la parte que me podía servir para armar una historia que no fuera convencional y se alejara un poco de lo ya narrado sobre Darwin.
Se aprecia cómo muestra a un Darwin más humano, alejado de esa imagen científica que a veces lo distancia de ciertos sectores de la sociedad. ¿Intencional?
Por supuesto. Es una especie de cruzada personal la de reivindicar al científico como héroe. Estoy un poco harto de que en toda la ficción que nos hacen tragar hoy en día, desde la novela hasta el cine, pasando por la caja tonta, los científicos sean o bien estúpidos sociales encerrados en sus laboratorios, o bien maníacos peligrosos que no hacen más que poner en peligro al mundo (y me remito a todo lo que tuvimos que sufrir cuando la inauguración del acelerador de partículas). De hecho, hasta las propias noticias tienden a pintar a la ciencia, y a quienes la cultivan, como seres un tanto esquizofrénicos a los que no se les debe prestar mucha atención. Y, sin embargo, tenemos a literatos héroes, a poetas héroes, a soldados héroes, a economistas héroes, policías héroes, psicoanalistas héroes, parapsicólogos héroes y, si me apuras, hasta políticos héroes. Me parece injusto. Es injusto. Y si colocando a un personaje como Darwin al nivel de un personaje de ficción de aventuras puedo cambiar en algo la tendencia, desde luego que lo haré.
En fin, dicen que el conocimiento evita el determinismo…
Al menos frena la imbecilidad. Si todos conociéramos algo más de lo que atañe a nuestras vidas, veríamos que todo es muy relativo, que nuestras ideas son a menudo provincianas y que nuestras verdades universales, con demasiada frecuencia, no son más que mentiras locales.
Es La travesía un trabajo muy distinto a sus dos premiadas novelas anteriores. Como escritor, ¿en qué terreno se siente más cómodo?
La verdad, en todos. La novela negra tiene sus pros y contras, al igual que la histórica, o la actual... es decir, siempre y cuando se tenga algo que contar y ganas de hacerlo, tanto da que la trama se ambientada ahora o en el siglo XVIII. Ahora bien, hay que tener algo que contar. Escribir por escribir, o por cobrar el cheque, sin aportar nada a cambio... bueno, eso es harina de otro costal. Y de otro cereal.
¿Y como lector?
Disfruto como un chiquillo de casi todo lo que tenga calidad. Si me alejo de la hornada de best sellers con la que nos bombardean todos los días, encuentro cosas maravillosas de las que disfrutar. Merece la pena rebuscar en las librerías y no fijarse en los grandes montones de libros al peso.