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La salvación de España

La salvación de España

Se las ingenian para eliminar a Garzón, con el pretexto de la memoria histórica. No soportan a Pepe Blanco, y difunden on-line sus casas de Galicia. Pretenden fulminar al juez del 11-M, como si la pólvora no hubiera sido inventada ya por Marco Polo. Disfrutarían de lo lindo si cayera Rubalcaba, al que unas veces llaman Rasputín y otras tratan de despistar acercándole a Aguirre, o la cólera de Dios. No saben cómo hacer para reírse de la señora De la Vega y de su indumentaria, sin resultar políticamente incorrectos. Pero yendo al grano: lo único que ansían es derribar a Zapatero.
   
Después de 6 años siguen insistiendo en sus infames mentiras, cargándoles los muertos a los otros. Cuentan con Medios de Comunicación muy afines, desde la A (bc) hasta la Z, aunque no les acompañe la razón. Justifican el desprecio chulesco del Gran Líder al ciudadano señalando que ya los romanos y los griegos hacían la peineta, como si el dedo corazón del jueves en Oviedo hubiera sido una obra de arte aznariana digna de ARCO. Lo aprovechan todo: un atentado, un incendio, un secuestro, una desgracia, una violación, un crimen, para culpar de todo ello al Gobierno y atizar las vísceras candentes del pueblo, llevando a éste a los territorios epidérmicos de las pasiones, traducidas, en unos casos, en venganzas, y en otros en siniestros ajustes de cuentas.

No se dan cuenta de que los españoles ya no comulgan con ruedas de molino. (Ya casi ni comulgan con obleas). Se están inventando pretextos para una nueva guerra civil solo porque miles de víctimas indirectas de la del 36 quieren saber dónde han escondido a sus muertos. Como se ven impotentes para echar, por la vía de los hechos, la argumentación y la dialéctica, al que gobierna por mandato de las urnas, azuzan a los diputados del partido gobernante para que, en un ataque desesperado de canibalismo inducido, se coman a su jefe.

Mientras tanto, entre ellos mismos se las apañan cada día para salir a la palestra, porque saben que en los momentos más desgraciados del planeta es cuando los ciudadanos pueden aceptar a la desesperada lo que se les presenta como solución, siendo ni más ni menos que una trampa nauseabunda. Se callan como muertos cuando sus santones se ponen en evidencia, y hacen sonar las campanas de las catedrales cuando interesa utilizar el poder infinito e intocable de los dioses. Saben cómo distraer a los demócratas de los ramalazos dictatoriales heredados del antiguo régimen, sin poder impedir que salten a la luz pública las ambiciones personales que les obligan a presentarse como únicos herederos del poder absoluto. Por eso se palpa cada día el rastro de sangre que dejan en sus despachos, sus gestos, sus muecas y sus insultos entre dientes. Apuntan a la yugular de sus rivales internos, pero sólo aciertan a hundirles la daga en zonas no letales, por lo que se yerguen de la estocada más airados y se vengan de sí mismos masturbando su mente con el sueño de un poder que no acaba de llegar.

Los ciudadanos asisten, perplejos, a este suicidio, desengañados de unos políticos que han abandonado el menos común de los sentidos, el sentido común, por el más zafio de los sentimientos, el de la conjura y el de la venganza. Es su única manera de “salvar a España”.
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