La crisis económica internacional, que de un colapso hipotecario y financiero ha terminado golpeando el nivel de actividad y el empleo en la economía real, ha puesto en marcha una batería de anuncios a nivel mundial y en Argentina que apuntan a contrarrestar los peores efectos de la misma. Desde Estados Unidos, pasando por Europa, hasta la China y Brasil los gobiernos se esfuerzan en contener los efectos del coletazo financiero y en apuntalar el nivel de actividad económica interna a través de diversas herramientas de política económica.
La Argentina está globalizada como demuestra el crecimiento de los últimos años (que tiene su correlato en el del resto del mundo) y porque esta recesión mundial la impacta. Esto ha sido reconocido con el anuncio de una serie de medidas para enfrentar la crisis que se produjeron en las últimas semanas.
Estas medidas anunciadas tienen como objetivos sostener el nivel de actividad y empleo, aumentar la oferta de dólares en una economía que enfrentará escasez por una reducción esperada del superávit comercial, y afrontar un cierto deterioro de los ingresos fiscales y del sistema provisional estimado para el año entrante. El plan del gobierno incluye medidas como la repatriación y balanqueo de capitales para activos de argentinos en el exterior (unos US$ 155.000 millones), una amplia moratoria impositiva y provisional, incentivos a la formalización del mercado laboral y blanqueo de trabajadores en negro, un ambicioso plan de obras públicas, entre otras. Se anunció asimismo que la financiación de los proyectos y deducciones provendría de fondos presupuestarios, extra-presupuestarios y de la Anses.
Ahora bien reflexionemos entonces acerca de la orientación general y posible efectividad de estas medidas. En primer lugar pongamos este anuncio en el contexto de las que se están impulsando en el exterior. Si bien existe una coincidencia en la dirección de las medidas, se trata de paliar los efectos de la crisis, en el exterior el sector golpeado es el privado, mientras que el sector público es el que sale al rescate. Esto es así puesto que en la economía moderna el sector productivo es sin dudas el sector no estatal de la economía, pero como está sujeto a ciclos económicos de auge y recesión, existe un consenso generalizado de que durante las crisis el estado debe hacer política anti-cíclica.
Esto se debe a que un elemento permanente en los ciclos recesivos es la caída de la confianza de los empresarios por invertir y de los consumidores por mantener la demanda. Dado que suele producirse un efecto contagio de expectativas pesimistas (contracara del optimismo inmoderado anterior, en el auge) puesto que los empresarios ven que cae su demanda, recortan inversiones y a veces empleo, y esto retroalimenta la caída del consumo, el estado tiene el rol de compensar este fenómeno y apuntalar la confianza.
Para esto se necesita un estado que genere confianza y cuente con los recursos e instrumentos para sostener la privada. La confianza y la credibilidad de un estado, como la de cualquier persona, se basan en un fundamento moral.
Esto es bastante obvio, pero de alguna manera se ha olvidado en algunas partes de nuestro país, se le cree al que dice la verdad, al que la dice reiteradamente y al que obra responsablemente en consecuencia (dicho en criollo “la mentira tiene patas cortas”).
Ahora bien la administración actual no tiene un buen currículum en esta materia. No hay demasiada vocación de reconocer los problemas reales, como puede verse con el tratamiento de los datos públicos de la inflación, y cuando las cosas se ponen difíciles no se duda de ir en contra el interés del sector privado y su legítima voluntad, como por ejemplo sucedió con el alza excesiva de las retenciones y la estatización compulsiva y arbitraria de las jubilaciones privadas.
El segundo pilar de una política anti-cíclica es tener herramientas y recursos económicos para afrontarla. El fundamento económico de esto puede verse en una simple historia –que le tenemos que volver a enseñar a nuestros hijos y a muchos mayores que la han olvidado– hay que guardar en la época de las “vacas gordas” para tener en la época de las “vacas flacas”. Tenemos muchos buenos ejemplos de esto, incluso en países vecinos. Por ejemplo Chile durante los años previos ahorró parte de sus ingresos por exportación del cobre, por considerarlos “excepcionales” y constituyó un fondo “anti-cíclico” que asciende a unos US$ 30.000 millones que ahora puede usar.
Nosotros aumentamos el gasto, especialmente en los años electorales, damos subsidios cruzados y financiamos las cajas jubilatorias con ingresos tributarios corrientes.
Otros países pueden fundar sus políticas expansivas en una capacidad de endeudamiento basada en honrar sus deudas. Este es el caso de los Estados Unidos hoy, el cual está emitiendo nueva deuda que al tener una demanda elevada está haciendo descender la tasa de interés de la misma Como puede apreciarse en el gráfico adjunto.
Otra capacidad de hacer política, en este caso monetaria está dada por la demanda de su moneda el dólar que se ha apreciado con respecto al Euro con posterioridad a la crisis. Lamentablemente Argentina, y esto no sólo por este sino por la conducta de varios gobiernos, no cuenta ni con ahorros fiscales, ni con capacidad de endeudarse, ni con una moneda tan solicitada.
De este modo podemos resumir lo dicho presentando un escenario en que las políticas anunciadas, si bien en una orientación correcta (salvo el caso del peligroso blanqueo de capitales, que merecería una columna aparte), adolecen de falta de respaldo financiero y de una falta de confianza en la administración actual. Por estas razones es esperable que las medidas solo puedan moderar levemente algunos efectos de la crisis pero luce incapaz de generar un cambio importante.
Marcelo F. Resico
Director del PEI, Programa de Economía e Instituciones, Depto de Economía, UCA.