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Borrachera ideológica, jadeos lúmpenes

Borrachera ideológica, jadeos lúmpenes

¿Cómo puede uno ponerse a salvo de aquello que jamás desaparece?

Heráclito

En verdad siempre se intentó que el ser humano creyera. Creyera en el sol, en el árbol, en la alquimia, en los dioses, en los cielos, en los infiernos, en el líder, en el caudillo, en la patria. A veces, generalmente, desde el poder. Otras desde la ingenuidad o la misma situación mediocre de ese individuo perdido en el universo, en el barro o en un velero en el ombligo del mundo.

Se habla de progreso de la humanidad. Sin duda lo hay, lo seguirá habiendo. Pero analicemos desde qué punto miramos. ¿En el sentido teleológico? ¿Hablamos de lo cibernético o del Concilio de Nicea? ¿De ambos al mismo tiempo? ¿O de un catecismo demencial?

Los movimientos ideológicos o sociales siempre estuvieron atravesados por la política de forma enfermiza. Una afinidad con lo religioso, una manera de sentir al mártir, al milagro y la fatalidad. El dogma, la ignorancia, la falta de cultura e imaginación, la memoria utópica o desinformada, la mitificación y por lo tanto la distorsión, hacen el pensamiento espasmódico, fascistoide, complaciente, sórdido y populachero. Todo se vuelve desflecado, insípido, zurcido, laxo. Y luego la violencia, la irracionalidad, la búsqueda de la verdad, la justificación a prueba de todo y de todos.

Se piensa, se habla de una época dorada, de años bellos, de un esplendor que en verdad nunca existió. O se fija el pasado o se fija el futuro. Lo importante es la circularidad, la rutina, el engaño, los pactos de sumisión. Ni ésta ni otra idealización son serias ni verdaderas. Se construye sobre lo mítico, sobre las fachadas, sobre la complicidad y el miedo a estar solo. Importa lo vertiginoso, la polvareda, la estratagema, el deslizamiento.

Recurrimos al pasado – no siempre, no siempre – para transformar el hoy. Se va formando una memoria colectiva que se relaciona de inmediato con “el relato”. Y, por último, no termina siendo historia ni termina siendo memoria. Vemos decoraciones, bendiciones, ceguera, fanatismo. Lo grotesco concreta apoyaturas y se hace fundacional. Se camina entre la tradición arcaica y los avances tecnológicos, entre el misticismo totalitario y la dinámica perversa, entre la bomba de hidrógeno y la pobreza.

Tal vez haya algo neurológico, un accionar patológico, trastornos de ansiedad o disociativos; tránsfugas y almidonados unen una suerte de cámara del horror en donde se junta el terrorismo de Estado, la Guerra Civil Española, Auschwitz, Gulag, la dictadura castrista, Podemos, el Libro Rojo de Mao, los mapuches, la Teoría del Cisne Negro, Anton Kovalyov, Evita y el Nucleo femminile forzanovista, la lucha de clases, el Tercer Mundo, Corea del Norte, Bosnia. Mosul… Son mandados a hacer, nacieron en esa suerte de manipulación populista, patotera, entre ladrones y conversos. Vienen con rituales, bombos, banderas, gestos elegíacos. Y actúan de manera absolutamente reprobable. Vuelven con el pasado glorioso, las batallas triunfales, la victimización, la magia de las multitudes, lo bufo, lo chabacano, lo sarcástico. Ante nosotros, señores, la exposición del delirio. El delirio es tal que no se detecta. Y la pedagogía del odio. Por supuesto hay excepciones, pocas, pocas. Rabelesiano, todo.

Sin ser escéptico me pregunto de qué valen las placas de recordación, el nombre de calles o monumentos, los símbolos, las bibliotecas si multitudes de hombres y mujeres desconocen quién fue Arsenio Erico, Bertrand Russell o Juan Lavalle, quién Torcuato de Alvear o Cartier-Bresson, quién el fraile Aldao o Lucio V. Mansilla, quién Tzvetan Todorov o Michael Faraday. Reiteramos: el delirio es tal que no se detecta. Cerramos con Heráclito: Los cerdos se satisfacen en la inmundicia antes bien que en el agua pura.

Carlos Penelas

Buenos Aires, septiembre de 2017

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