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Blanco de España

Blanco de España

Cuando digo Blanco de España no me refiero al clásico carbonato básico de plomo sino a un Blanco, Blanquito o Blanquiño cuyo nombre y frecuentemente, diminutivo multiplican los medios informativos con mas insistencia cuanto más simples son los razonamientos del personaje. Entre ellos destaca su obsesiva queja por la actividad de la oposición democrática que, según él, debería colaborar por patriotismo con el Gobierno al que tiene como misión oponerse, controlarlo, contradecirlo y ofrecer alternativas diferentes a esos paquetes de medidas –van por lo menos siete- que dicho gobierno va proponiendo sin que sea fácil saber si el propio gobierno en su integridad está de acuerdo consigo mismo o si está resignado a ser sustituido lo antes posible. Porque para este apóstol del pensamiento único la crítica es una provocación y el gobierno, visto desde Sudamérica, una maravilla aunque aquí no se vea tan bonito ni siquiera desde La Moncloa.

Blanco cree apoyar diplomáticamente a su Presidente, culpando de la crisis internacional a los presidentes Reagan y Bush, lo que hace pensar que es el único político del mundo que no se ha enterado de que el presidente electo Obama, en quien tantas esperanzas tiene dicho presidente Zapatero para pisar Washington mas cómodamente, ha nominado para capitanear el comité de soluciones a la crisis a Paul Volcker, el economista de referencia de Reagan y para mantener la seguridad de Estados Unidos y, de rebote, del mundo democrático, al mismo secretario de Defensa, Robert Gates, del presidente Bush. No parece que Blanco contribuya por este camino a facilitar las cosas a su jefe y menos con su doctrina de “menos mercado y más Estado”, digna del más misérrimo totalitarismo estalinista.

    Tampoco parece favorable a suavizar el trato con la Iglesia católica este confeso creyente y laicista, muy comprensivo con la denuncia de un patriótico proetarra pidiendo retirar crucifijos de un colegio de Valladolid. Mejor podía pensar sí sería oportuno retirar los “cruceiros” que jalonan los caminos de su tierra gallega. El patriota de Palas del Rey también podía sugerir como conveniente que las autoridades del socialismo oficialista dejaran de turnarse con tanto fervor para presentar cada año la ofrenda a Santiago en la capital compostelana que se sospecha que ostenta capitalidad por algún motivo poco laico y no solo por ser la sede del renovado parque automovilístico del señor Touriño. Las encíclicas laicas de este Blanco pueden blanquear todo lo divino y lo humano ”urbi et orbi”, desde Buenos Aires o Montevideo, con sus mensajes de un izquierdismo de caricatura que se permite negar el patriotismo de quienes se oponen a la ruina política y económica de España.
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