¡Vaya playa!
Hay que reconocer la maestría de los políticos a la hora de meter la pierna hasta más arriba del hueso de la cadera. Cuando les da por ponerse estupendos, no hay quien les gane. Que se lo digan, si no, a las autoridades municipales de Benidorm, ciudad emblema y símbolo del veraneo de sol y playa, de las suecas y del “Spain is diferent”. Bueno, pues a los ediles de esta bella localidad levantina no se les ha ocurrido nada mejor que “cerrar” la playa por la noche. Prohibido, por ordenanza, pisar la arena o tumbarse sobre ella entre las doce de la noche y las siete de la mañana.
Dicen –y no les faltará razón- que las playas se llenan cuando el sol se pone, que muchos las utilizan como improvisado “botellonódromo”. Y no dicen, pero todos sabemos, que también es muchas veces un enorme lecho de amores más o menos improvisados. Pero de ahí a prohibir el paso … va un abismo. Pasear por la playa a la luz de la luna, cuando el aire ha refrescado, darse un baño en las aguas oscuras como boca de lobo, con o sin bañador; sortear a los pescadores de la orilla –que, por cierto, también son “prohibidos” por la ordenanza-, o sentarte, pese a lo fresca que está la arena, a contemplar el amanecer, recién levantado o aún sin acostarse, son placeres intrínsecos al veraneo playero, e inseparables del paisaje marítimo.
Prohibir el uso nocturno de la playa es incomprensible. Cierto es que, como alega el Ayuntamiento, durante la noche son recorridas por máquinas del servicio de limpieza, y no es la primera ocasión en que se produce un accidente grave, incluso con resultado de muerte, por estas circunstancias. Y también es verdad que vigilar una playa durante toda la noche supone prestar a esa zona unas energías y unos efectivos que tal vez hagan falta para otras partes de la ciudad. Pero cerrar la playa, no; tiene que haber otra fórmula.
En todo caso, la ordenanza no tiene desperdicio. Es toda ella un monumento a la imaginación, un canto al espíritu rebelde y rompedor. ¿Cómo, si no, interpretar esa otra norma que impedirá dejar las sombrillas clavadas en la arena desde primerísima hora de la mañana, para así garantizarse su parcelita en primera línea? ¿Qué político tendrá la mala entraña de erradicar esta tradicional práctica, que los saludables jubilados practican con auténtica maestría en cualquier playa del litoral mediterráneo, para desesperación de aquellos que, haciendo un esfuerzo sobrehumano, se levantan a las nueve y bajan raudos a la playa sólo para descubrir que tendrán que lanzar a los niños con catapulta si quieren llegar a la orilla?