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Una ‘cumbre’ que puede ser un desastre…¿o un éxito?

Una ‘cumbre’ que puede ser un desastre…¿o un éxito?

Todo depende. Hablo de la cumbre iberoamericana que se celebrará esta semana en El Salvador, con asistencia del Rey y de Zapatero, y, es de temer, con bastantes ausencias notables. Por ejemplo, parece que no estará el brasileño Lula, de quien tanto depende España para estar en esa otra ‘cumbre’, la que ha convocado George Bush en Washington y a la que, obviamente, no ha invitado al presidente español. Ni tampoco estará, según se ha anunciado, el venezolano Hugo Chávez, que ahora sale con que teme por su seguridad en el país centroamericano, lleno, dice, de agentes de la CIA y del FBI. Y seguramente habrá otras ausencias notables; en estas reuniones, de las que ya llevamos dieciocho ediciones, jamás se sabe hasta última hora, por ejemplo, si allí estará o no el líder cubano, Fidel Castro antes, su hermano Raúl ahora. Y siempre invocan lo mismo: razones de seguridad. Como ahora Chávez, cuyo ejemplo esperemos que no se contagie a última hora a otros líderes, como el boliviano Evo Morales, sin ir más lejos.

Así que esta XVIII ‘cumbre’ iberoamericana, que es un acontecimiento que, al fin y al cabo, viene pagando España mayoritariamente, y que a España interesa en gran manera, corre el riesgo de quedar algo deslucida por las ausencias (pero todos los años las hay) y, sobre todo, por la falta de contenidos. Con la que está cayendo en el mundo, constreñirse al lema genérico ‘Juventud y Desarrollo’, que es el que marca esta reunión, parece algo claramente insuficiente. El propio Enrique Iglesias, máximo responsable de la Secretaría General Iberoamericana, con sede en Madrid y animada básicamente por el Estado español, tuvo que referirse de manera especial a la crisis económica mundial en su presentación de la ‘cumbre’, en San Salvador. Y es que la reunión de todos los mandatarios iberoamericanos (salvando los que vayan a estar ausentes) es la última multilateral importante antes de la que Bush ha convocado a mediados de noviembre.

Lo verdaderamente destacado, a mi modo de ver, es que la ‘cumbre’ iberoamericana tiene a España como una especie de ‘primus inter pares’, el espejo en el que muchos se miran o al que no quieren mirar. Y varios de los asistentes a esa ‘ cumbre’ estarán, a su vez, como países emergentes, en la que ha convocado Bush y en la que tanto ansía, sin lograrlo hasta el momento, estar presente Zapatero.

Puestas así las cosas, me parece primordial lograr que el encuentro de las naciones iberoamericanas llegue, en estos momentos, a juntar las voces de todos los presentes, y hasta de los ausentes, ante la ‘cumbre’ de Bush. Pienso que son muchos más los intereses comunes que unen a la comunidad iberoamericana que los (por otra parte bastantes) recelos e incompatibilidades que los separan. En este marco, la responsabilidad del brasileño Lula, que lidera a los países emergentes del G-13, la del mexicano Felipe Calderón, líder casi indiscutible, junto con Lula, de la pujanza en América Latina, y de la argentina Cristina Fernández de Kirchner, es enorme. Los tres estarán con el aún presidente norteamericano y con los países más ricos del mundo, además de con sus ‘compañeros’ emergentes, poco más de una semana después del cónclave de El Salvador. Que ya se ve que en esta edición no puede limitarse a ser una reunión más en la que se pronuncien grandes y bellos discursos y poco más.
 
Ignoro si la diplomacia de Zapatero, que no siempre es tan brillante como sería deseable, logrará que los ‘colegas’ iberoamericanos presionen conjuntamente para que España esté presente en la reunión ‘de los veinte’. Claro que no es lo mismo el magnífico estado de relaciones de Madrid con Lula o con Calderón que el que existe con Cristina Fernández. Pero me parece que un compromiso de defensa de ese magma que es Iberoamérica, con todas sus diferencias, sería lo mejor que podría salir ahora de El Salvador, aunque no haya aún escuchado nada parecido a esto de boca de responsable gubernamental alguno en España.

Ni tampoco de la oposición, cuyo líder, Mariano Rajoy, creo que está jugando un papel equilibrado, templado y verdaderamente centrista en todo este asunto de la presencia internacional de España (o sea, en este caso, de Zapatero, que es a quien le toca), aunque se me antoja que el presidente del Partido Popular sigue siendo algo modesto en su vuelo: me parece que podría aspirar nada menos que a coprotagonizar ahora el protagonismo de la acción exterior e interior. Hay un acuerdo de Legislatura que, en torno a grandes temas, debería unir al menos a los dos principales partidos nacionales, ahora que el tercero, Izquierda Unida, parece haberse hundido sin remedio, prescindiendo de la figura más honesta y realista que tenía en su seno, Gaspar Llamazares.

Pero ya se ve que no estamos todavía en aquello de ‘a grandes males, grandes remedios’. Hay pactos entre gobierno y oposición, sí, pero son demasiado parciales, incompletos. El mundo está hablando de refundar el capitalismo y aquí andamos con que si los jueces harán o no una huelga el mes que viene, o mirando distraídamente las locas piruetas de Ibarretxe, como si eso importase algo en estos momentos. Las ideas avanzadas hasta ahora por la clase política son alicortas, aunque confieso que sigo emocionadamente ese pulso que Zapatero se ha empeñado en mantener ahora con el líder del mundo mundial, Bush, que va a seguir siendo lo que ahora es hasta el próximo mes de enero, nada menos. Y Zapatero, de Pekín a El Salvador, de París a Bruselas, puede que acabe yendo a Washington, aunque sea bajo la bandera de la delegación brasileña, si es que llega a darse una ‘conspiración de El Salvador’ esta semana crucial que ahora comienza.

Quién sabe, vivir para ver; mejor eso –opino yo—que nada. Mejor que los de Washington escuchen nuestra pataleta de ‘perro ladrador aunque poco mordedor’ que el ominoso, resignado, silencio de los corderos.
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