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El ‘no’ de Irlanda

El ‘no’ de Irlanda

¿Saben en Dublín dónde rayos se han metido? Es de todos conocido que los referenda se convocan siempre a instancia de parte, más por ganas de marear la perdiz –es una constante en los países de la Unión Europea, España y sus supuestos territorios irredentos incluidos— que por seguir la opción de dejar hablar a la ciudadanía. Aunque, por lo general, si un Gobierno convoca un referéndum es con ánimo de ganarlo. No ha ocurrido así en Poblacht na hÉireann, la República de Irlanda (más de 50.000,-$ anuales de renta per cápita, la segunda de la UE, para sus poco más de cuatro millones de habitantes).

Con una abstención que rondaba el 80% del censo electoral, casi el 60% de los votantes le han dicho no al Tratado de Lisboa. Como consecuencia de ello, la Unión Europea tiene un grave problema, dado que la ratificación por consulta popular es absolutamente vinculante. El rechazo de uno solo de los 27 estados miembros no sólo es vinculante, sino que tiene derecho de veto y manda al bruselense cuarto trastero el, por otra parte nada ilusionante e incompleto, Tratado de Lisboa, el nada feliz sustituto al abortado proyecto de Constitución Europea. Si el Tratado de Lisboa nos dejaba en la absoluta miseria, el rechazo irlandés nos lleva de cabeza hacia la nada, hacia el vacío absoluto.

Ciertamente la Unión Europea tiene un problema, un problema grave. Pero el Éire también, aunque no sea de forma inmediata. Hablemos del euro, de la moneda común en gran parte de la UE. De ese euro cuya implantación no sólo sacó a la República de Irlanda de su secular pobreza –en puridad habría que decir miseria--, sino que la llevó más arriba todavía, casi a instalarla en la parte media de las economías emergentes, entendidas en términos absolutos. El Gobierno de derechas irlandés –desde su proclamación formal como República el 1 de abril de 1949 nunca tuvieron ninguno de otro signo—se lucró, y de qué manera, de las ayudas de Bruselas. Las supieron aprovechar y, gracias a ellas, confeccionar un tejido empresarial ligado a las nuevas tecnologías y a los servicios de valor añadido que ellas propician, lo que les ha permitido su actual grado de prosperidad.  Los dioses suelen cegar a quienes quieren perder. Es el caso del referéndum irlandés de ayer. Cerca de 400.000 votos negativos y el Tratado de Lisboa se va a pique.

Tras la negativa irlandesa –cosa que en público no se manifiesta con la claridad que se precisa--, detrás de este rechazo que el Gobierno de Dublín, por haber cometido la irresponsabilidad de haberlo planteado como referéndum, va a tener que asumir, hay gato encerrado. Al Éire la ampliación de la Unión Europea a 27 miembros, los del Este, le supone tener que adaptar su fiscalidad a la común del resto de la UE y, en especial, ver desaparecer las cuantiosas ayudas que venía percibiendo. Y ceñirse a la libertad de circulación de los ciudadanos de la UE, lo que representa dar entrada a comunitarios de la Europa del Este. Como en los pubs del Éire, ha sonado la campana anunciando que ya sólo se puede pedir la última copa y que, en 30 minutos, todos a la calle.  Irlanda pretende, con su rechazo al Tratado de Lisboa, un trato de favor, algo así como que el horario del pub se transforme en un after hours… y, exigiendo que, además del cartel de “Reservado el derecho de admisión”, haya barra libre. Gratis total, of course!

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