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Javier Valle-Riestra

Sí, dejaré de ser parlamentario

Sí, dejaré de ser parlamentario

Dos caminos. Uno inmediato: que el Parlamento, sin más trámite, acepte mi renuncia. Y otro más complejo: aprobar una reforma constitucional en dos legislaturas ordinarias sucesivas, la que termina el 15 de junio y la que comienza el 27 de julio. Me siento obligado a apartarme porque no soy un político. No me interesa la acción. Estoy lejos de la agit-prop. Eso es para los que tienen destino vocacional o cronológico. Me sentí honradísimo con que el PAP me ubicara en la lista por Lima, pero ya empezó mi incomodidad. Prometí reiteradamente luchar por la restauración de la Carta legítima de 1979 o por el bicameralismo. Nada de eso conseguí. Sería yo un acomodaticio y un adocenado si me allanase a permanecer dentro de un sistema unicameral en el que no creo y con una Carta constitucional apócrifa que repudio. Finalmente, mi real vocación es la abogacía. Más se puede hacer por los Derechos Humanos y las libertades desde el podium forense que desde el escaño.

Las constituciones del Perú han admitido, hasta la de 1979, la renunciabilidad al cargo parlamentario. No es un mandato imperativo sino un mandato representativo. Y si el jefe de Estado puede renunciar, lógicamente lo puede un senador o un diputado, que es reemplazado por el accesitario. Algunos dicen que es traicionar a los electores, abdicar. No. Es una prueba moral cuando el electo no se ajusta a la vida del primer Poder del Estado. Se dice que podría haber presiones para forzar a la renuncia, tampoco es cierto. El texto que se debatirá precisa que el Pleno es el que resuelve escuchando al renunciante.

Los empíricos alegan que el Art. 95 de la Constitución prohíbe la renuncia. Permítanme unas cacofonías: No todo lo que está en la Constitución es constitucional. La teoría alemana de las "antinomias constitucionales", considera la posibilidad de que existan normas constitucionales inconstitucionales y tiene cabida en este afer, pues se funda en la jerarquía entre disposiciones constitucionales (v.g. supremacía de normas dogmáticas sobre normas orgánicas), y está destinada a aplicarse en aquellos casos extremos –como éste– en los que la contradicción normativa impide al intérprete aplicar el principio de armonización.

No es la primera vez en el Perú que algún parlamentario renuncie para no traicionarse a sí mismo. En 1860, el obispo Bartolomé Herrera, autor de la teoría de la Soberanía de la Inteligencia, contra la de los Gálvez, de Soberanía Popular, renunció a su cargo de senador y volvió a su diócesis porque no pudo evitar la supresión del fuero eclesiástico. Análogo caso fue el de Víctor Andrés Belaunde y los descentralistas que en 1932 abandonaron sus pupitres constituyentes ante la tropelía del desafuero de veintidós compañeros apristas. Vivimos hoy un absurdo. Si uno es congresista es considerado un intocable investido de privilegios e inmunidades; y si alguien, como yo, renuncia porque no quiere claudicar, es un temperamental, un exhibicionista, un excéntrico. Francamente, prefiero este último papel.

Javier Valle Riestra (Perú). Congresista de la República por el Partido Aprista Peruano.
Columna publicada originalmente en el diario Expreso
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