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“La historia de la CIA”: Párrafos marcados sobre Chile

“La historia de la CIA”: Párrafos marcados sobre Chile

Estoy leyendo, como ya comenté antes, “Legacy of Ashes: The History of the CIA” (Doubleday 2007), del periodista estadounidense y ganador del premio Pulitzer, Tim Weiner, un libro que considero imprescindible. Al llegar al capítulo 29, referido a la desestabilización previa y el golpe de estado contra Salvador Allende en Chile, no me puedo privar de traducir algunos párrafos notables. Creo que hacerlo es una especie de servicio público que ayuda a entender mejor nuestra historia. Acá van, entonces, los textos marcados por su relevancia. Los agregados entre paréntesis, con información de contexto, pertenecen al autor de esta columna:

“La CIA había batido a Allende una vez antes (de 1970). El Presidente Kennedy primero aprobó un programa de guerra política contra él más de dos años antes de las elecciones chilenas de septiembre de 1964. La agencia puso en la cañería y bombeó aproximadamente tres millones de dólares en los aparatos políticos de Chile. Puso alrededor de un dólar por voto para el democratacristiano pro-estadounidense Eduardo Frei (Montalva). Lyndon Johnson, quien aprobó la continuidad de la operación, gastó mucho menos por votante cuando él ganó la Presidencia de EEUU en 1964 (…) El secretario de Estado (Dean) Rusk le contó al Presidente Johnson que la victoria de Frei fue ‘un triunfo para la democracia’ logrado ‘parcialmente como resultado de un buen trabajo de la CIA’”.

“Kissinger estaba preocupado. Él tenía una guerra real en el sudeste de Asia en sus manos. Él llamó a Chile una daga apuntada al corazón de la Antártica. Pero en marzo de 1970 aprobó un programa de US$ 135.000 para voltear a Allende. El 27 de junio, al agregar otros US$ 165.000, observó: ‘No veo por qué nosotros tenemos que dejar a un país marchar hacia el marxismo sólo porque su pueblo es irresponsable’ (…) La meta fue aterrorizar al electorado ‘para mostrar que una victoria de Allende arriesgaba la destrucción de la democracia chilena’ dijo (Richard) Helms (ex director de la CIA)”.

“El embajador (Edgard) Korry (representante de Washington en Chile) encontró que el trabajo de la CIA era poco profesional. ‘Yo nunca había visto tan terrible propaganda en una campaña en ningún lugar del mundo’, dijo años más tarde. Yo dije que los idiotas de la CIA que habían ayudado a crear la ‘campaña del terror’ –y le dije esto a la CIA-, deberían haber sido despedidos inmediatamente por no entender a Chile ni a los chilenos”.

“Kissinger instruyó a Helms para sopesar las chances para un golpe. Ellas eran pocas: Chile había sido una democracia desde 1932 y los militares no habían buscado el poder político desde entonces. Helms envió al jefe de estación (de la CIA en Santiago) Henry Hecksher un cable ordenándole establecer contactos directos con los oficiales chilenos que podrían tener recelo de Allende. Hecksher no tenía tales conexiones. Pero él conocía a Agustín Edwards, uno de los más poderosos hombres en Chile.

“Edwards era dueño de la mayoría de las minas de cobre del país (error, a mi juicio, de Weiner, uno de los pocos que he detectado hasta ahora en el texto); su principal diario, El Mercurio, y la planta embotelladora de Pepsi Cola. Una semana después de la elección, Edwards voló al norte a ver a su viejo amigo Donald Kendall, el más alto ejecutivo de Pepsi y uno de los principales apoyos financieros del Presidente (Richard) Nixon.

“El 14 de septiembre, Edwards y Kendall tomaron un café con Kissinger. Entonces ‘Kendall fue a ver a Nixon para pedirle alguna ayuda con el fin de mantener a Allende fuera del poder’, recordó Helms (Kendall después negó ese rol; Helms se mofó de su desaprobación). Helms se reunió con Edwards al mediodía en el Washington Hilton. Ellos discutieron los tiempos para un golpe militar contra Allende. Esa tarde, Kissinger aprobó US$ 250.000 más para la guerra política en Chile. En total, la CIA entregó un total de US$ 1,95 millones directamente a Edwards, El Mercurio, y su campaña contra Allende.

“Esa misma mañana, Helms le había pedido a Tom Polgar, ahora jefe de estación (de la CIA) en Buenos Aires que tomara el próximo avión a Washington y trajera con él al jefe de la junta militar argentina, general Alejandro Lanusse (…) Polgar y Lanusse se sentaron en la suite del director en el cuartel central de la CIA, esperando que Helms retornara de su reunión con Nixon y Kissinger.

“‘Helms estaba muy nervioso cuando regresó’, recordó Polgar, y con buenas razones: Nixon le había ordenado montar un golpe militar sin contarle al secretario de Estado, al secretario de Defensa, el embajador americano o el jefe de estación (de la CIA en Chile). Helms había garrapateado las instrucciones del Presidente en una libreta de notas: ‘Una en diez oportunidades quizás, pero salvar a Chile… Diez millones de dólares disponibles… Los mejores hombres que tengamos… Hacer chillar la economía…’

“Helms tenía cuarenta y ocho horas para dar a Kissinger un plan de acción y 49 días para parar a Allende. Tom Polgar había conocido a Richard Helms durante veinticinco años. Ellos habían comenzado a trabajar juntos en la base de Berlín, en 1945. Polgar miró a su viejo amigo a los ojos y vio en ellos un parpadeo de desesperación. Helms se volvió hacia el general Lanusse y le preguntó qué podría hacer su junta para ayudar a derrocar a Allende. El general argentino miró fijamente al jefe de la inteligencia estadounidense. ‘Señor Helms’, le dijo, ‘usted ya tiene su Vietnam. No me haga a mí tener el mío”.

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Carlos Monge Arístegui
Escritor y periodista.
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