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José Rodríguez Elizondo

Correa a la vista

Correa a la vista

En Santiago esperamos la visita del Presidente ecuatoriano Rafael Correa, con la esperanza de que nos apoye ‘a concho’ en nuestro pleito marítimo con el Perú. En Lima, por lo mismo, se teme que nos apoye demasiado.

Esto ratifica que ya pasó ese momento excelente que vivimos los sudacas tras al fin de la Guerra Fría. Creíamos, entonces, que entre los dividendos de la paz estaría el fin de las viejas hipótesis de conflictos y el acta de defunción de los viejos rencores geopolíticos. Por fin llegaba la hora de la integración.

Pero, demostrando que tal vez es cierto que somos “el continente tonto” (como asegurara un clásico español), esa esperanza hoy se ve como la ingenuidad fantasiosa de los utopistas de siempre. Tras un lifting rejuvenecedor, las viejas hipótesis y los viejos rencores volvieron para seguir anclándonos al subdesarrollo.

Eso nos coloca, otra vez, ante la maligna tentación unidimensional: percibir, por ejemplo, que el objetivo principal de nuestra buena relación histórica con Ecuador es equilibrar nuestra deteriorada relación con el Perú. En cuanto ensimismada, esa percepción empobrece una relación que es y debe ser mucho más rica, generosa y versátil.

Es que, aunque debilitada, sigue viva la convicción de que Perú es el polo dominante en su relación con Bolivia y Chile, en su relación con Ecuador. Con talante “tradicionalista” (más bien supersticioso), se parte de la base de que Quito y La Paz deben seguir las líneas estratégicas de Santiago y Lima, por no disponer de alternativas mejores.

Sin embargo, cualquier ser informado sabe que aquello dejó de ser efectivo. En cuanto a Bolivia, ahora está en otra, gracias a su potencial energético y a una mejor comprensión de las complejidades de su aspiración marítima. Respecto a Ecuador, porque la Guerra del Cenepa de 1995 cambió sus percepciones históricas.

Desde su éxito -material y/o simbólico-, sus estrategas comenzaron a percibir que una correlación negativa de fuerzas es superable, que gobiernos aventureros -como el de Fujimori- menoscaban el potencial nacional y que hasta los militares transvecinos pueden saltar sobre sus tradiciones geopolíticas.

Para esto se fundan, entre otras cosas, en que los militares ecuatorianos resistieron a un Ejército peruano superior, mientras el gobierno argentino toleró un trasiego de armas, en perjuicio del Perú, su aliado “natural”.

Lo señalado indica, por lo menos, que los fatalismos geopolíticos ya no son lo que eran. Además, si quisiéramos seguir hablando de polos dominantes, los de Ecuador y Bolivia se unirían en la Venezuela bolivariana. Por eso, más prudente es reconocer que ambos países hoy tienen una estatura estratégica superior y que, por añadidura, han aumentado su poder global de negociación.

En este nuevo cuadro y a mayor abundamiento, Correa luce bastante independiente en su relación con Hugo Chávez. Sutilmente, deja ver que no se pliega a sus demasías, cosa que demostró en la cumbre Iberoamericana de Santiago. Quienes lo conocen de cerca, saben que, por currículo (académico y político), se siente a otro nivel.

En definitiva, el líder ecuatoriano debiera ser recibido como el gobernante de un país más hermano que otros, con quien se discute y negocia desde la paridad y no sólo sobre materias estratégicas. Por lo mismo, debiéramos dar por descontado que comparte, con Chile, la interpretación de los convenios de 1952 y 1954, sobre frontera marítima.

No le queda otra y no hay razón para exigirle mucho más.

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José Rodríguez Elizondo
Diplomático, periodista y académico
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