Al igual que un personaje de un cuento de Bebczuk, “siempre simpatizo con las causas revolucionarias, pero no con los efectos”.
Se cierra esta semana la primera etapa de la “Revolución Kirchnerista”.
Se que muchos de ustedes, incluyendo algunos “amigos” del gobierno que leen estas líneas, quizás consideren exagerado el calificativo de “revolucionario” para la gestión del Presidente Kirchner. En especial, dado su carácter conservador y hasta reaccionario, un algunos temas, en especial los vinculados con los subsidios hacia los sectores más ricos de la sociedad.
Sin embargo, mi definición de “revolución” algo más modesta y limitada, por cierto, se vincula con el hecho de que el gobierno que comenzó en el 2003 significó un verdadero cambio de paradigma respecto de sus predecesores democráticos desde el 83 para aquí, no solo en materia económica, sino inclusive en materia política en general.
Es cierto que se pueden encontrar fuertes puntos de contacto de este “nuevo” enfoque, con el “viejo” modelo prevaleciente en los finales de los 60 y principios de los 70. Es cierto también, que en otras etapas de la vida argentina, algunos de los elementos de acción que hoy prevalecen tuvieron protagonismo y preponderancia. Pero nunca, a mi juicio, con la intensidad, coherencia y amplitud que se verifica hoy.
Además, las diferencias se notan aún más, porque este cambio, sucede a otro cambio de paradigma que inscribió la década del 90 en una “revolución” de signo diferente. Y porque esta “revolución” se desarrolla en un contexto internacional en donde, salvo aisladas excepciones, ya no predominan las líneas de acción que intenta el kirchnerismo.
Dicho de otra manera, otros “modelos” instaurados en la historia argentina, lo hicieron bajo una fuerte influencia de la “moda” internacional, de manera que, aún equivocados, no llamaban demasiado la atención era “lo que se usaba” en muchos países del mundo.
El modelo K, por el contrario, quizás por los efectos que generó la crisis de la revolución de los 90, sobre el pensamiento de una gran parte de la sociedad argentina, surge ciertamente aislado de la corriente global, casi como una “excentricidad” del escenario mundial. Sin los extremos de la “revolución bolivariana” de Venezuela, Ecuador o Bolivia, en América latina. Sin la decrepitud y el olor a rancio que mantiene lo que queda de la “revolución cubana”. Sin el marco de fundamentalismo religioso que caracteriza a algunas teocracias revolucionarias asiáticas y africanas. Y sin la combinación de mafia y nuevos ricos que se verifica detrás de muchos de los países de la ex Unión Soviética. Todo ello “juega a favor”. Pero, a su vez, fuertemente alejado de la corriente principal de políticas de gobierno que caracteriza al grupo de países inscriptos en el progreso global.
Dejo el análisis político para los analistas políticos y me voy a concentrar en el nuevo paradigma económico y sus “efectos” con algunos ejemplos.
En términos generales, este nuevo paradigma asigna un papel muy diferente al Estado que el prevaleciente en la economía global. No tanto por el sesgo “intervencionista” de la política económica, sino por los objetivos que se derivan de dicha intervención y los instrumentos que se utilizan.
El primero de esos objetivos, muy discutido estas últimas semanas, surge de la intención de desacoplar los precios internos, de los precios internacionales, de aquellos productos exportables que tienen un peso importante en el consumo local.
Los mecanismos utilizados han sido diversos, desde impuestos, hasta cuotas o prohibiciones de exportación. La idea central es que, frente a productos que tienen demanda externa e interna, la prioridad es para la demanda interna, a los precios que maximicen esa demanda. En estos casos, entonces, la mayor oferta, para atender esa demanda creciente, surge de reducir el saldo exportable. En los casos en que dicho saldo exportable permita instrumentar subsidios cruzados entre lo que se gana vendiendo al exterior y lo que se gana vendiendo internamente, la rentabilidad empresaria se afecta menos y los consumidores locales pagan precios más bajos, gracias al “aporte” de los consumidores del exterior. En los casos donde esto no es posible, o ya el saldo exportable se ha deteriorado demasiado como para financiar el subsidio local, este sistema lo “financian” los productores locales, o el Estado, o ambos.
Este paradigma es difícil de entender en el exterior. Los países que enfrentan demandas crecientes de sus productos exportables, con fuerte demanda interna, o bien aceptaron los precios internacionales sin más. O bien instrumentaron subsidios especiales y dirigidos a los sectores de más bajos ingresos. O bien instrumentaron esquemas “productos populares” a precios más bajos, liberando el resto. De esa manera, solo han subsidiado a los sectores más necesitados, tratando de mantener vigentes los incentivos precio de largo plazo, para los productores. El modelo K en cambio, maximiza demanda interna y, a la vez, desincentiva el aumento de la oferta. Eso lleva a que la producción caiga y que la mayor demanda se atienda con menos exportaciones, hasta que las mismas se agoten y sea necesario importar a los precios vigentes en el mundo o subsidiar, con recursos públicos, la venta de esos productos en el mercado interno.
Obviamente, este no es el caso de la soja y sus derivados, cuyo consumo local es muy bajo. Aquí los impuestos a la exportación se instrumentaron, casi exclusivamente, como mecanismo de apropiación de renta, ante la espectacular suba de los precios internacionales y ante el diagnóstico, de que el campo no paga bien sus impuestos, y que esta es una forma de cobrar un “mal impuesto a las ganancias” como diría Roberto Lavagna. El tema de la soja es más asimilable al del cobre en Chile. En este caso, y dado que es difícil –no quiero dar ideas- instalar un Complejo Estatal Sojero, lo que se hace es tomar parte de la renta vía retenciones.
El objetivo, entonces, mantener los precios internos divorciados de los internacionales.
El efecto, desaliento a la producción, reducción de la oferta exportable. Resultado, sustitución por otros bienes más rentables –como la soja- o, en el caso del sector energético, “mudanza” de la inversión local hacia otros escenarios. (sobre esto vuelvo en un rato).
Lo paradójico de todo este mecanismo es que pese a esta acción directa. Y pese a tener los precios de la energía por debajo de los internacionales, la tasa de inflación de la Argentina se ha acelerado y la verdadera, al menos, triplica la de países con precios libres.
Pero claro, esto se vincula con la política cambiaria y el paradigma del “tipo de cambio alto”. La idea, implícita en este esquema, es que el tipo de cambio alto actúa como sustituto de “aranceles altos”, de manera de proteger a la producción local de la producción importada, en un mundo en donde, tanto los acuerdos bilaterales o multilaterales comerciales, limitan el margen de maniobra de los gobiernos en materia de aranceles y prohibiciones de importación. Se admite cierto margen de “comercio administrado”, pero ese margen es sustancialmente menor al que había en el pasado. El efecto de mantener elevado el tipo de cambio nominal y no seguir la corriente revaluatoria de la mayoría de las monedas frente al dólar, permite maximizar el ingreso de los productores locales y proteger sus rentabilidades, pero a costa de tener una inflación mayor que la mayoría de los países del mundo. Los países con precios “libres” compensaron el aumento en dólares de los precios internacionales de sus exportables e importables, revaluando sus monedas. De esa forma, “distribuyeron” la renta extraordinaria del boom de los commodities en parte hacia los consumidores, en especial, los de más bajos recursos, en una medida general, manteniendo el aliento a la producción, al no alterar las señales de precio y sobre todo al admitir “un solo tipo de cambio” para todos. Es cierto que también instrumentaron subsidios diversos al crédito y, en especial, al revaluar sus monedas, a la importación de tecnología y a la expansión multinacional de sus empresas. Pero allí se manifiesta la gran diferencia entre el “paradigma cambiario K”. de redistribución “no automática” y en muchos casos “regresiva” de la rentabilidad extraordinaria que ofrece el mundo. Y de la apropiación de esa renta por parte del Estado, para redistribuirla de manera discrecional y arbitraria. Contra el paradigma predominante de revaluación y baja inflación. El argumento de “acumular reservas” como garantía anticrisis no se sostiene. Todos los emergentes están acumulando reservas, aún con sus monedas revaluadas y con saldos comerciales crecientes. La Argentina, en cambio, con los mecanismos comentados, va reduciendo su saldo comercial, dado que caen los volúmenes exportados y aumentan las importaciones para cubrir la demanda excedente. Dado que en las señales a la inversión, predomina la distorsión de precios, la discrecionalidad y los mecanismos de “amiguismo no automático”, la producción local no crece al ritmo requerido.
Y esto me lleva al “paradigma energético”. Aquí está clara la combinación de “precios divorciados” y la necesidad de eliminar “costos de oportunidad” para que las inversiones se hagan en el país, sin pensar en alternativas externas. EN otras palabras, la rentabilidad en ele sector no se mide comparativamente con la rentabilidad del sector internacionalmente, sino que se mide en función de los costos internos exclusivamente. De allí la necesidad de “nacionalizar” el negocio con inversores y operadores que comparen sus rentabilidades con alternativas internas y no con las externas. El uso intensivo de recursos públicos para financiar las enormes inversiones necesarias y el subsidio de los precios a los consumidores. Incluyendo, parcialmente, un subsidio, mucho menor de todas maneras, al sector industrial. El efecto claro de este sistema, es la subinversión, los serios problemas de oferta energética, las caídas sistemáticas de producción y exploración, compensadas parcialmente también con prohibiciones de exportar, Y necesidades crecientes de importación a los precios internacionales con subsidio estatal.
No esta mal que haya empresarios nacionales en un sector estratégico. Lo malo son las señales de precio que reciben esos empresarios y la distorsión que esas señales generan en la inversión global.
Este no es el sistema que predomina en el mundo que progresa. O existen compañías estatales que operan a precios internacionales para tener recursos para invertir. O existen concesiones privadas que operan también con señales de precio que incentivan, producción, exploración, expansión de los servicios, etc. Y los precios, a su vez, racionan la demanda de recursos no renovables e incentivan el ahorro de los mismos.
Por último, en este breve balance, el paradigma K. general, es que en la Argentina los precios se forman en mercados concentrados, poco transparentes, poco competitivos.
Paradójicamente, la solución no ha sido tratar de generar una economía más transparente, abierta y competitiva. Por el contrario, la “solución” ha sido valerse de esa morfología del mercado para instrumentar acuerdos de precios, subsidios, controles y “fotos” para las primeras planas de los diarios. El efecto claro es que los mercados están hoy más concentrados que hace unos años, son menos transparentes y menos competitivos. ¡Y la tasa de inflación, insisto, se ha cuadriplicado y acelerado!.
En síntesis, entonces, la revolución K, cuya primera parte finaliza esta semana, implicó un violento cambio de paradigma en la forma en que funciona la economía argentina.
Ese violento cambio de paradigma, permitió un fuerte y rápido crecimiento y una caída importante del desempleo y una mejora del salario real. Sin embargo, también permitió una alta tasa de inflación, efectos perversos sobre la inversión y la expansión de la oferta y, eso es lo más grave, un aislamiento creciente de la globalización “benigna” de estos años.
La revolución K empieza la semana que viene su segundo mandato. El paradigma es el mismo, pero los efectos negativos enunciados, pueden empezar a superar los beneficios de estos años.
Ese será el test de los próximos tiempos. Si este nuevo paradigma sobrevive con éxito a contramano del predominante en el mundo que progresa o hay una “contrarrevolución” en el horizonte.
Por ahora, chau Néstor, Bienvenida Cristina.