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La irradiación universal de Violeta Parra

La irradiación universal de Violeta Parra

Cuando aparecía en los escenarios esa mujer menuda, de cabellos desordenados y voz de campesina del sur, parecía que no iba a dominar a un público despreocupado que no se entusiasmaba con el folklore ni con nada que tuviera que ver con el alma popular. Bastaban algunos minutos para que Violeta Parra se impusiera con sus propias canciones y fuera como una voz de la tierra chilena.

Imponía un respeto casi reverencial. No era humilde. Si escuchaba ruidos en la sala o percibía alguna despreocupación detenía sus recitales e incluso se marchaba si no conseguía un silencio total.

Al principio era una voz que se escuchaba en las ondas de una radio pequeña –la radio Chilena-. Allí, junto a su hija Isabel, animaba una vez a la semana un programa de canciones del sur o del norte que ella misma desenterraba y aprendía de labios de peones o de viejas cantoras a punto de desaparecer. Apenas hacía arreglos y las daba a conocer tal como las había escuchado.

Así se fue singularizando. Era una intérprete única que no hacía concesiones y que fue considerada como la semilla de una nueva canción enraizada en los dolores, las alegrías, las costumbres, las tradiciones de los chilenos más sencillos y profundos.

Había emigrado desde Temuco a la capital. Nació en Chillán, más exactamente en San Carlos. La residencia en Temuco se debió a un traslado de su padre, profesor de música, bebedor tan entusiasta como admirador de todas las mujeres que se presentaran. La familia, de seis hijos, bajo el alero de la madre, Clara Sandoval, apenas disponía de menos de lo necesario para la comida diaria.

Doña Clara era una cantora campesina que siempre era requerida para los velorios, los bautizos, los casamientos. Con eso ayudaba a “parar la olla”, ya que las ausencias del padre eran largas y de paradero ignorado. Sólo para Nicanor, el hijo mayor, alcanzó el dinero para enviarlo a Santiago a estudiar a la Universidad de Chile. Cuando Nicanor obtuvo un empleo pidió que viajara Violeta para seguir su ejemplo y matricularla en la Escuela Normal del magisterio. A ella le gustaba cantar y no fue una buena alumna. Prefirió unirse a sus hermanos también cantores que se ganaban la vida en la capital como artistas circenses.

Su hermana Hilda era la animadora del bar “El tordo azul”, frecuentado por ferroviarios, y situado en la calle Matucana. Los hermanos formaron un dúo que interpretaba canciones de moda. También Violeta incursionó en los circos y en sus precarias giras al campo y a pueblos rurales. Desde entonces no hubo dudas para ella acerca de cuál sería su destino. Abandonó los boleros, los tangos, las melodías andaluzas. Recogió las silvestres canciones chilenas y se convirtió, ella misma, en autora para actuar junto a su hija Isabel, que igual que su hermano Ángel eran hijos de un ferroviario con el que Violeta había contraído matrimonio.

Lentamente fue irrumpiendo como creadora y voz de una nueva canción popular. No sabía leer música pero le brotaban versos pícaros como “Casamiento de negros” o “El sacristán”. Acudían a su guitarra sin el menor esfuerzo. Adquirió estatura. Ofreció recitales no sólo en teatros, sino también en sindicatos, peñas, mítines populares. Viajó a Europa y se estableció por algún tiempo en París donde cantó para subsistir en las estaciones del Metro.

Era, además, una extraordinaria artista plástica, autora de arpilleras y pinturas de un gran encanto naif. Un día se presentó ante el director del Louvre y sus obras fueron aceptadas para una exposición en las salas dedicadas a las artes decorativas. Fue un suceso que coronó su reconocimiento como una original artista de Latinoamérica.

De vuelta a Chile sus creaciones fueron un torrente admirable. Con su voz suave y campesina fueron divulgadas canciones como “La carta”, “Volver a los 17”, “Me gustan los estudiantes”, “Arauco tiene una pena”. Se enamoró y vivió varios años con el suizo Gilbert Favré, un notable intérprete de instrumentos vernáculos. Fue una pasión que inspiró sus últimas y más desoladas canciones como “Run Run se fue pa’al norte”. No obstante los dolores de esa relación escribió “Gracias a la Vida”, un canto de alegría, nostalgia y esperanza que es una celebración del milagro de la existencia. “Gracias a la Vida” cruzó todas las fronteras y es reconocida como uno de los más bellos manifiestos jamás escritos.

Sus últimas acciones para divulgar el arte popular y ofrecer un escenario a nuevos folkloristas y cultores de la nueva canción fue una carpa en el Parque La Quintrala de La Reina.  Significaba el cumplimiento de un sueño. Reunía bajo el mismo techo sus obras plásticas, la cocina chilena, sus canciones y el despliegue de sus discípulos. Pero no contó con el apoyo del público y a las penurias económicas se unió su tristeza por la ausencia del hombre amado y la sensación de una batalla perdida y solitaria. El domingo 5 de febrero de 1967 se disparó un tiro en la misma carpa en la que vivía.

A los noventa años de su natalicio –nació el 4 de octubre de 1917- Violeta Parra es un símbolo de Chile. La vitalidad y belleza de su obra tiene una identidad universal y su influencia se extiende a la música de nuestros días. Ni siquiera el rock ni el pop pueden prescindir de ella. Es la irradiación de una artista genial. De una mujer chilena a la que la vida le dio “dichas y quebrantos”.

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Luis Alberto Mansilla
periodista
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