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OPINIÓN/Víctor Gijón

Rajoy y el paro

Rajoy y el paro

Afirma Mariano Rajoy, con su habitual tonillo de maestro Ciruelo, que si el Gobierno de Zapatero se hubiera ocupado de las cosas importantes y no de si somos una, dos o tres naciones, a negociar con los terroristas y a hablar de la memoria histórica y del pasado, en el mes de agosto no habría crecido el paro en España.
¿Quiere esto decir que en Cantabria la ruptura de España, el diálogo con ETA y la reivindicación del antifranquismo crean empleo? Y es que en nuestra Comunidad Autónoma seguimos reduciendo la tasa del paro.

Las estupideces, por mucho que se envuelven con celofán de pretenciosidad y aparente solvencia, son eso, estupideces. Basar la critica a un Gobierno, sea del signo que sea, en los datos económicos del último minuto, tiene el peligro de que si, a la siguiente hora, aquellos mejoran no habría más remedio en justicia que sacar en andas al Ejecutivo en cuestión.

La salida de pato de banco de Rajoy parece tener todo que ver con sus problemas internos, de liderazgo y de incapacidad para trazar una estrategia opositora. El PP lo ha ensayado todo en ese campo. Se ha apuntado a bombardeos absurdos, aprovechando la más mínima ocasión, el problema más nimio para convertirlo en suceso histórico.

De este mismo verano nos queda el patético viaje de Rajoy a Ibiza para, dijo antes de partir, poner al descubierto el ocultamiento que el Gobierno hacía de su ‘Prestige’, tras el hundimiento de un barco en la costa balear. Pero iba de camino cuando una llamada de Abel Matutes, que además de ex ministro y hombre fuerte del PP en las Islas Baleares pone gratis total el yate en que veranea la familia Aznar, paró en seco su cruzada denunciadora. Primero, porque no había tal vertido. Y segundo, porque con su declaraciones Rajoy podía poner en peligro la campaña turística ibicenca.

Rajoy se agarra un día si y otro también al primer clavo ardiendo que se le ofrece para seguir en candelero. Sin meditar las consecuencias. Obsesionado por remontar los pésimos resultados personales, peores que los de su partido, que le dan las encuestas, va de charco en charco pisándolos todos.

Le sobra precipitación y le falta paciencia. Si no estuviera más preocupado de salvar su liderazgo ante la competencia de gallardones y ratos, habría tenido la precaución de esperar que otros indicadores económicos certificasen que estamos en vísperas de un enfriamiento de la economía.

Claro que a un líder político capaz de afirmar que Cataluña rompe, con la entrada en vigor del Estatut, la caja única del Estado y se lo lleva crudo, y unos meses después achaca a la falta de inversiones del Gobierno de España en esa comunidad el caos en infraestructuras, no le será muy difícil mantener una opinión distinta si ahora tampoco la realidad encaja con sus predicciones.
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