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Cambios, más cambios

La llegada de Zapatero al poder esperanzó a muchos, en el sentido de que, además de la sonrisa y el talante, traía cambios profundos bajo el brazo. Así pareció en el tratamiento a los nacionalismos -la cosa no le ha salido tan mal, de chiripa, hasta ahora-, en sus propuestas para la reforma de la Constitución, en su valiente iniciativa de diálogo con ETA, con las leyes de igualdad y dependencia…Tres años y medio después, nos hemos ido de Irak, pero estamos en Afganistán -y, sin embargo, Bush sigue sin recibirle en el despacho oval-, buena parte de las leyes elaboradas están recurridas ante el Tribunal Constitucional, comenzando por el Estatut catalán -temblemos-, la reforma constitucional está parada, se evidencian grietas importantes en el Partido Socialista, especialmente en Madrid, y nos hallamos en pleno laberinto de pactos contra natura para obtener briznas de poder, por ejemplo, en Navarra, en Canarias, en Baleares. Partidos oportunistas piden demasiado por su apoyo, y el espectáculo de cada cuatro años se repite de nuevo.

Un espectáculo poco edificante. Y Zapatero, a todo esto, como ausente -ni siquiera estuvo en el desfile de las Fuerzas Armadas en ‘su’ ciudad, León-, telefoneando a Mariano Rajoy no se sabe si para felicitarle por el resultado de las elecciones municipales y autonómicas o para tratar de pactar un combate de caballeros en el próximo debate sobre el estado de la nación. Dicen que ETA va a ser el gran motivo de la próxima conversación entre los dos mandatarios, el del Gobierno y el de la oposición. Y seguro que también será la estrella en el citado debate sobre el estado de la nación. Y de aquí al final de la legislatura.

Preocupante. Preocupante que la banda del terror, sus idas y venidas, sus cambios de humor -hoy no mato, mañana quién sabe, pero seguro que extorsiono-, sea el eje de un debate político que debería ir por otros derroteros. Porque la verdad es que en este país nuestro están pasando muchas cosas y se hace preciso volver a ese espíritu casi de ‘segunda transición’ que animó, parece, al Zapatero que tomó posesión de La Moncloa, pero que da la impresión de que está cayendo en la desilusión y la inoperancia, lastrado el entusiasmo por dificultades de toda índole.

El cuerpo social es cada día más dinámico (véase, por ejemplo, lo que ocurre en el sector eléctrico), el país funciona, pero no es del todo seguro que la política marche a la misma velocidad, ni que funcione gracias a los gobernantes. Ahí están, como decíamos, el frenazo a algunas reformas de la Constitución que consideramos imprescindibles, para no hablar, por ejemplo, de una nueva normativa electoral, que haga que esta sea la última vez que asistimos al impresentable espectáculo de los extraños compañeros de cama actuando contra el partido más votado para hacerse con el poder... y con lo que el poder conlleva. Y, de paso, que sea la última vez que votamos con estas listas bloqueadas y cerradas, causa de tantos males antidemocráticos. Claro que, mientras sigamos enfrascados con ETA, pendientes absolutamente de ETA, monopolizada nuestra atención por ETA, nada de esto será posible.
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