Caminar hacia el Rocío (2)
El hallazgo de la Virgen del Rocío
Debió pasar mucho tiempo en el árbol escondida, custodiada por los ángeles que la tenían protegida o que quizás la bajaron hasta aquel lugar un día, hasta ocurrir lo que Almonte en viejas reglas decía:
Que corriendo el siglo quince, de aquel pueblo en las marismas, un cazador manriqueño -de Mures en su partida, que Gregorio era de nombre y de apellido Medina-, alertado por sus perros, se adentró entre la maleza de un soto que allí existía y encontró en el acebuche a esa Pastora Divina, a la tan querida Madre por un árbol protegida.
Y cuentan y yo lo creo, porque es un bello relato, que se postró de rodillas, que le rezó emocionado, que la contempló después, que la tomó entre sus brazos, que la llevó a campo abierto y que la estaba observando... cuando se quedó dormido, rendido por el cansancio.
Más tarde se despertó y se encontró, desolado, que la Virgen ya no estaba donde él la había dejado; que se adentró en la maleza y que descubrió asombrado que la imagen había vuelto a refugiarse en el árbol.
Ya no había peligro infiel, y había que hacer nueva ermita, en ese lugar que quiere, en el que estuvo escondida salvaguardada del riesgo de moriscas correrías.
Tuvo diez varas de largo, que aunque pequeñas cobijan algo que es fruto de amor de una gente tan sencilla que es la Virgen más feliz de toda la cristianía, que su ermita es catedral de toda aquella marisma y su devoción se extiende por entero a Andalucía.
Porque se ha llegado a Mures, y a Sanlúcar, y hasta Pilas, y subió el Guadalquivir, empujada por la brisa, para convertirse en Dueña de tierra que no es marisma.
Durante más de cien años dicen que estuvo escondida, un siglo de noche eterna con un árbol por capilla, hasta que aquel cazador, pensando que pieza había, se encontrara de repente con su divina sonrisa.
Y por eso le erigieron aquella pequeña ermita, para darle otra vez casa en medio de sus marismas, esas en las que Ella reina y en las que nunca se olvida de aquellos que, tan lejanos, tienen duelos o alegrías, pero que todos los años, Pentecostés, qué gran día, en hermandad ejemplar hasta tus pies peregrinan.
Todo el mundo, desde siempre, correr a verla quería; todo el mundo, desde siempre, soñó con su romería; cada cual llevó en su pecho muy grabada su sonrisa, mezclando ese amor, en sueños, con lágrimas de alegría.