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La libertad de expresión no es cosa de un solo día al año

La libertad de expresión no es cosa de un solo día al año

Por Fernando Jáuregui
lunes 04 de mayo de 2015, 11:14h
Me parece que sigue sin ser bueno el estado de la libertad de expresión. Ni siquiera aquí, en España, donde cierto es que las libertades democráticas imperan, pero son muy, muy perfectibles. Y ahora me encuentro ante la oportunidad de recordarlo, de poner el acento en cosas que sin duda no van a gustar en este país inmerso en la 'batalla políticamente correcta' de la campaña electoral. Este martes, el Club Internacional de Prensa entrega sus premios anuales, en presencia de la vicepresidentaSáenz de Santamaría y la alcaldesa de Madrid Ana Botella, entre otras personalidades. Soy uno de los premiados -a 'toda una vida dedicada a la información', ay- y Carmen Enríquez, la presidenta del Club, me ha pedido que sea yo quien, en representación de los demás, dirija unas muy breves palabras a los asistentes a un acto que yo quisiera dedicado a defender, porque sigue haciendo falta, la libertad de expresión. Esa que conmemorábamos en la jornada mundial del pasado domingo recordando, con Reporteros sin Fronteras, cuántos periodistas hay encarcelados, perseguidos, amenazados, en tantas partes del mundo. Esa jornada que 'celebrábamos', entre comillas, denunciando cuántos puntos hay en el planeta donde se vulneran las libertades de todo tipo.    

  Nunca imaginé que me iba a llegar el momento en el que iba a glosar los premios a compañeros tan estimables como Kenji Goto, Ignacio Cembrero, Tobías Buck o Tomás Poveda, mucho más justamente que yo premiados por este Club Internacional de Prensa al que desde hace tantos años pertenezco. Me parece obligado empezar el capítulo de citas por el periodista japonés Goto, asesinado de la manera más terrible por el fanatismo islamista; fue un ejemplo de compromiso, de entrega a las causas más nobles. Como tantos otros que se han atrevido a desafiar a los intransigentes, a enfrentarse a los que son capaces de matar a otros seres humanos solamente porque piensan y dicen cosas diferentes, y sin duda mejores; porque lo que dicen ellos, las víctimas, es acorde con el respeto a los derechos humanos. Y los verdugos lo que hacen es acabar a golpes con esos derechos, como acaban a golpes brutales con siglos de civilización, de arte y de historia.

 Han sido muchas las muertes causadas por el fanatismo. De periodistas, como Goto, como los compañeros de Charlie Hebdo... Y de otras gentes que nada tenían que ver con el mundo de la comunicación. Porque el respeto a la libertad de expresión no nos compete solo a quienes manejamos la comunicación -que por cierto debe ser este, y a veces no lo es, un manejo cuidadoso--. El respeto a la libertad de expresión tiene que ver también con quienes tienen color diferente, ideas religiosas diferentes, otras orientaciones sexuales, a quienes cantan, rezan, ríen y lloran de otra manera distinta a como les gustaría a los totalitarios, a los verdugos del pensamiento libre.

 Defender la libertad de expresión, desde esta profesión que hemos abrazado los periodistas, significa ser, como Cembrero, un perseguidor incansable de la noticia, aun en el clima más adverso. O comoTobías Buck, aun cuando busquen tu complacencia, aun cuando pretendan que calles lo que no gusta oír o leer: es imprescindible que nos digan lo que piensan de nosotros qienes, por su distancia, pueden ver el bosque porque no les ciega la corteza del árbol . O ser como tantos compañeros descabalgados de sus tareas porque no agradaba lo que decían. Porque recordemos que 'noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique', y en pos de esa noticia verdadera debemos caminar todos los días. Lo demás es complacencia o publicidad. Y ¿de verdad estamos aquí y ahora ante esa situación ideal, en la que noticia es aquellos que 'alguien', algún poder o poderoso, quiere evitar que se sepa?

 La libertad de expresión no se defiende solo, aunque por supuesto también, yendo a esas tierras martirizadas donde te decapitan solo por no ser uno más de los que decapitan. Se defiende también aquí, en este palmo de terreno, expresando, por la vía que fuere, las opiniones y creencias propias, las críticas a lo establecido y que ya no sirve, a lo injusto, a lo arbitrario. Es esta una defensa y una crítica no siempre fácil, aunque no te maten ni te secuestren, porque hay quienes saben cómo silenciarte incluso 'silenciosamente', valga la redundancia. Y esto lo digo ahora que el ruido de los acontecimientos políticos tapa muchas veces el debate sereno, los eslóganes enmudecen al verbo razonable y las banderías y las presiones silencian la voz, siempre demasiado débil, de la sociedad civil.

 Por eso son importantes estas oportunidades, como la ahora generada por el Club Internacional de Prensa, para una vez más decir alto, claro e inequívocamente que seguimos dispuestos a informar, a contar lo que pensamos que es la realidad sin pretender crear a nuestro gusto la realidad, a tener una voz original y no orientada. A ser, en definitiva, periodistas, nada más y nada menos. Como el héroe Kenji Goto, o como Tobías Buck, que del buen hacer ha fabricado un ejemplo, o como Ignacio Cembrero, a quien tantas presiones no han logrado nunca silenciar. Y no olvido, claro, a mi amigo Tomás Poveda, director de esa Casa de América, también premiada, y que verdaderamente es ahora, probablemente más que nunca, la casa de todos los que hablan, hablamos, un mismo idioma y pretenden, pretendemos, tener un sitio donde decir las cosas que piensan/pensamos o en las que creen/creemos. Y ¿no es acaso, Tomás, eso, abrir las puertas a todas las voces, un servicio impagable a la libertad de expresión, cuando tanto empiezan a faltar sedes donde ejercitarla?

 Creo que siempre es necesario insistir en el papel que los medios, los periodistas, deben jugar en una sociedad democrática. Se equivocan los satisfechos, los que afirman que en España "hay toda la libertad de expresión del mundo" -así me lo comunicaba un interlocutor en las redes sociales-y lo que pasa es que no hay periodistas libres. No excluyo la autocrítica, desde luego, porque hay mucho que decir sobre la forma en la que los informadores, en general, estamos realizando nuestra misión: quizá no estemos sabiendo adaptarnos a los retos tecnológicos, económicos, sociales y políticos de una era nueva que, más que llamar a la puerta, está golpeándola para pasar, aun sin ser invitada. A caballo entre lo nuevo y lo de siempre, quizá no estemos sabiendo muy bien hacia dónde decantarnos, y así se producen las mudanzas sin que muchas veces nos enteremos.

 Pero también es verdad que las facilidades no son muchas: demasiados intereses espurios gravitan sobre nuestras cabezas. Demasiadas 'ocurrencias', fruto sin duda de la mejor intención, quieren que seamos propagandistas ante las elecciones o testigos mudos ante los sumarios sobre la corrupción. Demasiados intereses en callar algunas voces o en potenciar otras. Por eso, precisamente por todo eso, hay que seguir gritando que la libertad de expresión es un bien escaso, perecedero y jamás, jamás, no solamente en el día al año en el que se conmemora, hay que olvidar reivindicarla.
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