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El tranvía de Tomás Gómez

El tranvía de Tomás Gómez

Por Fernando González
jueves 12 de febrero de 2015, 13:30h
Hubo un día en el que Tomás Gómez fue el alcalde más votado de España. Transformó una ciudad dormitorio próxima a Madrid en un lugar agradable donde vivir. Hasta que gobernó Gómez, el pueblo  de Parla era una localidad aislada en mitad de la nada, sin equipamientos colectivos suficientes, caracterizada además por el fracaso escolar y un porcentaje muy alto de embarazos adolescentes, también por el tráfico de drogas y su cortejo de toxicómanos. Una muestra más del desarraigo social provocado por el desarrollismo incontrolado en la década prodigiosa. El joven munícipe se remangó y consiguió enderezar la situación. Los habitantes de Parla se lo agradecieron votándole masivamente. Tan contento con lo hecho estaba Gómez, que les prometió un tranvía. Cumplió: el invento, eléctrico y reluciente, circuló por las avenidas de Parla. Entonces no sabía las consecuencias que para él tendría su apuesta urbanística. Gómez administró  bien su particular burbuja inmobiliaria y los bloques de pisos crecieron sobre los campos de labor hasta llegar a las vías del AVE. En vista del éxito obtenido, Gómez se sintió llamado a redimir las penurias de sus compañeros en la Comunidad de Madrid. Se presentó como la única solución a los problemas que deprimían  a una federación acostumbrada al desastre.

El PSOE madrileño viene refugiándose en la oposición al PP desde que falleciera Tierno y Joaquín Leguina agotara todas sus opciones políticas al frente de la Comunidad de Madrid,  acosado por una parte fundamental de sus colegas  y abrazado hasta el ahogo por el oso de Izquierda Unida. Desde entonces, y aún antes, estos socialistas no se saludan fraternalmente, se dedican a sacarse las tripas los unos a los otros, en público y en privado. Se fusionaron malamente en plena transición a la democracia, cada cual de padres distintos, obligados por las carencias económicas y el voto útil. Aquel remiendo se ha descosido repetidamente y cada oveja busca a su pastor cada vez que atardece. Cohabitan guerristas, renovadores, independientes de postín, convergentes, terceras vías y comunistas reciclados. Un conglomerado de ambiciones y protagonismos particulares que ha terminado por espantar a los ciudadanos.

La Federación madrileña del PSOE no puede culpar a Zapatero de sus desgracias electorales. Las repetidas derrotas  comenzaron hace veinte años, cuando no había crisis económica y Zapatero era un diputado del montón, sin relación alguna con las trifulcas internas que asolaban a su partido en Madrid. Zapatero sacó al PSOE de las catacumbas y lo llevó hasta la Moncloa, pero sus colegas capitalinos seguían  combatiéndose los unos a los otros, ajenos a un electorado que paradójicamente se confesaba de centro izquierda. Empeñados en sus disputas, improvisando operaciones estrafalarias sin futuro alguno,  perdieron todo el poder: el Ayuntamiento de Madrid, la presidencia de la Comunidad, la gerencia de las empresas públicas y las plazas emblemáticas del llamado cinturón rojo. Por si esto no fuera suficientemente, el porcentaje de votos cosechados  se va empequeñeciendo sin parar.

En este aquelarre se han quemado todos los brujos: Barranco, Morán, Almeyda, Lissavetzky, Simancas o Sebastián. Otros, más intuitivos o más listos, consiguieron retirarse a tiempo. Me refiero al desaparecido Gregorio Peces-Barba,  a Pepe Bono y  a Javier Solana. Ninguno de los citados se tragó la cicuta que las distintas agrupaciones tenían reservada para ellos. Y en eso, como dice el son cubano, llegó Tomás Gómez, aupado por los mismos que acabaron con sus antecesores, dispuesto a modificar la situación sin que nada cambiara. Desde entonces parecen bien instalados en la oposición,  disfrutando de su nueva sede,  bien calentitos en los puestos remunerados que la vida pública reserva para los perdedores, contentos con lo que tienen  y pidiendo a sus santones laicos que se queden como están. Durante muchos años no se les ha visto en los tajos, en las empresas de los polígonos industriales, en las asambleas de indignados  o en las repetidas movilizaciones populares que se concentraban en su territorio político. Cuando Tomás Gómez se apareció entre los desfavorecidos era ya demasiado tarde.

Los socialistas madrileños, dirigidos por su pertinaz Secretario General,  perdidos en su laberinto de pasiones, han permitido que en su nido se incubara un huevo ajeno y nacido el pájaro Podemos no saben cómo espantarle para que no se coma todo su alpiste.  Tomás Gómez quería seguir en el machito, con esa pinta de galán de película española que Dios le ha dado, ignorando el descenso de votos que padece su partido y los pésimos resultados que cosecharía su candidatura, sin elaborar un proyecto concreto que recupere a sus votantes defraudados y pueda ganarle a la mayoría natural del Partido Popular. Tendrá el apoyo de una parte de la militancia,  pero con esa ayuda seguiría paseándose por la céntrica  Gran Vía, tan próxima al Palacio de la Puerta de Sol que  ahora ocupa Ignacio González. Sin embargo, Gómez siempre podrá vender un tranvía a los que aún le aplauden.
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