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La Santísima Dualidad

La Santísima Dualidad

Por Fernando González
miércoles 07 de enero de 2015, 10:14h
Involucrada la subalterna en tareas fundamentales que deberían corresponderle al superior, cuesta trabajo distinguir quién de los dos es el auténtico Presidente del Gobierno. Por todo ello, no me sorprendió que Soraya fuera la encargada de visitar los acuartelamientos españoles en Afganistán, aunque de tales menesteres rituales se hubiera responsabilizado siempre el titular del ejecutivo. Hechos tan singulares y atípicos, repetidos tantas veces a lo largo de la legislatura, podrían interpretarse como episodios de desbarajuste funcional en la cúpula gubernamental, pero yo no lo entiendo así. Desde hace tiempo pienso que Rajoy y Soraya son la misma persona. Forzados por las circunstancias y  obligados por necesidades recíprocas, un buen día se fusionaron en una sola esencia, transmutándose de unidades en dualidad. Desde entonces  aparecen en público  unificados en un solo dirigente.

Bastante más alto el caballero que la señora;  huidizo y enigmático el uno, directa y persuasiva la otra; poseído don Mariano por las brumas norteñas de su Pontevedra natal y acostumbrada doña Soraya a las escarchas de la tierra que la vio nacer,  tan diferentes el Presidente de la Vicepresidenta; nadie pensaría que ambos son la misma persona. Pero es así. Cada gabinete se organiza como decide el electo investido,  pero nunca se había decretado una presidencia gobernada a la vez por dos identidades diversas.  Todo parece indicar que el invento funciona adecuadamente. Mientras Rajoy se toma el tiempo que precisa para adoptar las decisiones que se le demandan, su otro yo ejecuta los mandatos que la gobernabilidad del país reclama.

Durante las prolongadas ausencias físicas del Presidente y  cuando Rajoy se encasquilla en alguna de sus reflexiones eternas, Soraya ejerce como Vice y como Ministra de la Presidencia, tutela los servicios nacionales de inteligencia, maneja los datos estadísticos del CIS, contesta las preguntas de la oposición en el Congreso y responde a los periodistas en la Moncloa, cubre las vacantes ministeriales, coordina los trabajos de los distintos departamentos del Gobierno, preside la comisión ejecutiva para asuntos económicos y controla todas las emergencias relacionadas con la crisis del ébola. Acoplada a la peculiar forma de estar y de ser de don Mariano, la todo poderosa e imprescindible Soraya se desempeña en once cargos distintos. Tal dualidad simbiótica probaría mis tesis, por muy alocadas que a ustedes les puedan parecer.

A lo largo de nuestra historia más reciente, todos los presidentes se acompañaron de  un capataz de confianza. Adolfo Suárez se apoyó en Fernando Abril, un mago de los números que logró acordar los Pactos de la Moncloa, descargándole de los compromisos puntuales que encallaba la nave de la Transición. Felipe González encontró su álter ego en Alfonso Guerra, muñidor en la sombra de muchos de los logros políticos y sociales que caracterizaron aquella etapa de gobiernos socialistas. El protagonismo de tales personajes se fue difuminando con el paso de los años, primándose desde entonces las cualidades del buen gestor sobre las capacidades ilustradas del buen político. José María Aznar tuvo como vicepresidentes a Álvarez Cascos, Mariano Rajoy y Rodrigo Rato, pero ninguno de los tres disfrutó del poder con mayúsculas, erótica incomparable que Aznar se reservaba  para él solo.

Aseguran que Zapatero delegaba muy pocas decisiones transcendentales en sus colaboradores más próximos, pero también es verdad que colocó en el escalafón más vicepresidentes que sus antecesores. Por ese despacho desfilaron Solbes, De la Vega, Salgado, Blanco y Pérez Rubalcaba, pero solo don Alfredo entraba en las estancias particulares del Presidente sin llamar a la puerta. En nada se parece a lo relatado el caso de Rajoy y Soraya. Lo de Soraya y Rajoy es un prodigio extraordinario que no volverá a repetirse. Se equivocan aquellos que piden a Sáenz de Santamaría que compita en la batalla por la Alcaldía de Madrid. Los que así piensan deberían reservarla para las futuras elecciones generales. Cuando se celebren, ningún otro partido podrá presentar como cabecera de cartel una Santísima Dualidad. Dicho queda.
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