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Fernando Jáuregui
Fernando Jáuregui

Ahora lo llaman 'fallos de comunicación'

miércoles 18 de abril de 2012, 10:51h
Constato con alarma que el Gobierno de Mariano Rajoy parece haber perdido la confianza de la ciudadanía en cuatro meses; Zapatero, moviéndose, eso sí, en la inicial abundancia, tardó bastante más. pese a sus errores de bulto. Si a una cierta quiebra de la Jefatura del Gobierno se suma el evidente terremoto que sacude a la jefatura del Estado, el descrédito de no pocas instituciones, la desgana del Parlamento y la crisis generalizada en los medios de comunicación, tendremos un panorama casi desolador. Los poderes clásicos de Montesquieu, y los demás poderes paralelos, viven momentos de caída en picado.

España está en una situación de debilidad nacional e internacional a la que acuden los tiburones más voraces: desde quienes 'aconsejan' las cosas más dispares y a veces disparatadas en Europa hasta los intereses chinos que se hallan tras el golpe de mano contra la seguridad jurídica propiciado por alguien tan peculiar -vamos a decirlo así-- como la presidenta argentina, Cristina Fernández. Pasando, claro, por el renacer de imposibles e inconvenientes reivindicaciones soberanistas.

Hacía muchos años, quizá desde el inicio de la transición democrática, acaso desde la conciencia de humillación nacional que hizo surgir el 'espíritu del 98', que no se evidenciaba un panorama tan necesitado de regeneración. No es el momento de las banderías, ni del 'y tú más', ni de apelar a la difícil situación heredada, ni de las bravuconadas tipo 'yo lo habría hecho mejor'. Nada de eso resuelve los acuciantes problemas de una ciudadanía que se siente defraudada por las promesas incumplidas -ahora, el copago, que todos sabíamos que vendría, aunque nadie 'de arriba' lo reconociese--, impotente ante los acosos exteriores, poco representada por una clase política -por toda la clase política-- que no parece haber acabado de entender que estamos ante una nueva era y que todo ha de cambiar para que nada siga igual.

La sociedad, que parece aletargada, no deja de tener su parte de responsabilidad en esta marcha hacia el desierto. O quizá hacia el abismo. Como decía Benedetti, ahora que empezábamos a conocer algunas respuestas, nos han cambiado todas las preguntas. O, como afirmaba un conocido ex ministro colombiano -eran otros tiempos allá--, "por méritos propios caminábamos hacia el subdesarrollo". Rajoy, persona en la que yo sigo, pese a todo, incluso a pesar de sus 'tempos' desesperantes, confiando, tiene que entender que ya no es posible gobernar como hasta ahora, de la misma manera que el monarca, en cuyo patriotismo, pese a todo, también confío, ha de entender que ni él ya, ni su hijo, el futuro Felipe VI, podrán reinar de la misma manera. Ni los sindicatos podrán moverse como en el pasado -atención al 1 de mayo--, ni la patronal fundamentarse en criterios de mera rentabilidad empresarial. Ni los asalariados regresarán a los viejos cánones y pautas. Ni el ciudadano de a pie podrá, es de temer, tener garantizados algunos de sus derechos asentados.

Esta es una realidad que constatamos y que no puede ocultarse negándola: sí, había que subir impuestos, quizá no ha podido evitarse esa amnistía fiscal tan discutida, el copago sanitario y los recortes -muy modestos hasta ahora, a mi entender-en educación eran imparables. Todo eso se ha negado no hace muchos días desde las áreas del poder, mientras la ciudadanía, con fatalismo secular, lo aceptaba como un 'fatum', sin creerse los desmentidos del Gobierno, las bravuconadas de la oposición o el encogimiento de hombros de tantos técnicos. La ciudadanía ni es escuchada por los poderes ni, me parece, espera serlo, y esto es lo más grave. Por ahora.

Es, en fin, un momento de serio desánimo nacional, son horas en las que se acentúa el nacional-pesimismo. Solamente hechos palpables, pactos tangibles, uniones políticas y sociales constatables, podrán hacer que un cierto grado de confianza se recupere. Y, por favor, que no me sigan hablando de los 'fallos de comunicación' del Gobierno o de La Zarzuela. Esos fallos, de existir, serían lo menos grave de lo que ocurre. ¿Qué van a comunicar los pobres comunicadores?
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