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Declive, caída y oportunismo de la izquierda

Con su libro Perestroika, Mijail Gorbachov desató una tormenta de cambios históricos irreversibles. La Unión Soviética (URSS) no fue la misma, ni Europa del Este ni la izquierda latinoamericana. Como en Rumania, también en Bolivia ¡la mentira se vino abajo!; consigna que no solamente fue gritada al unísono en la plaza Timisoara después del derrocamiento del dictador y genocida Nicolás Ceasescu, sino que también señalaba la inviabilidad de toda utopía marxista.
Nuestro país vio caer todo emblema izquierdista, no como producto de masacres, sino fruto de la implantación del régimen democrático y del mercado mundial. Muchos comunistas radicales que proclamaron la guerra popular o la democracia como autodeterminación de masas, no tardaron en lucir un puesto burocrático en los gobiernos del Acuerdo Patriótico (1989-1993), del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) (1993-1997), y posteriormente compartieron, muy cómodos, posiciones con Banzer después de haberlo combatido como dictador entre 1971 y 1979. Hoy día, la izquierda comparte posiciones con el ambiguo movimiento antiglobalización y los organismos de cooperación, que pagan buenos salarios para lavar la cara en la impía cruzada contra la pobreza.

La autenticidad revolucionaria

La izquierda boliviana siempre obedeció ciegamente todo postulado enlatado que enviaban los marxistas europeos. Asimismo, se auto-asignaba un lugar privilegiado para dirigir la revolución que jamás llegó.
Este criterio radical de autenticidad revolucionaria reprodujo posiciones aristocráticas en las diferentes fracciones de izquierda; es decir, cada fragmento creía ser el mejor (aristos) en relación con los otros, pagando, además, un alto precio por su cohesión: la rigidez en la distinción y una intransigencia en las negociaciones.
La izquierda no se dio cuenta que toda pureza teme la contaminación. Empero, cuanto mayor es la consistencia ideológica de un grupo político, más tiende a la demonización y a la destrucción del adversario. El juego de suma cero, la conspiración y la destrucción de las reglas del juego, siempre fueron los identificadores de los revolucionarios de izquierda que jamás comprendieron la democracia institucional y moderna como García Linera, ex reo de Chonchocoro.
Dos tendencias: la comunista y la trotzkysta, fueron lo más notorio de la izquierda en Bolivia. Versiones más recatadas y, en cierto sentido, vergonzantes del marxismo, representaban el Partido Socialista Uno (PS-1) y las proclamadas fuerzas de izquierda nacional como el Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Movimiento Bolivia Libre (MBL), cuya estrategia tenía sólo dos alternativas políticas: insistir en la transformación violenta de la sociedad o asumir posturas pragmáticas que les permitiera ubicarse en puestos de poder, pactando con partidos grandes. El objetivo era ganar algo, ya que sus ideas cortas no podían interpelar con un programa válido para la realidad, ni tampoco convencer a los pobres; esta es la misma lógica del Movimiento Sin Miedo (MSM), un fragmento oportunista del MBL, que es una especie de partido local de izquierda en la ciudad de La Paz.

La izquierda fuera del juego del poder

Los programas políticos de izquierda siempre desconfiaron o no comprendieron los alcances y significados de la democracia representativa. Según Filemón Escóbar, Guillermo Lora, Juan Lechín, Marcos Domic y el mismo Marcelo Quiroga Santa Cruz, la democracia sólo era formal; es decir, acorazada de los vicios burgueses.
Estas concepciones hicieron que la izquierda acabara fuera del juego del poder por mucho tiempo (1985-2005), pues su desempeño electoral resultó siendo una incapacidad para convocar a sectores estratégicos de la sociedad civil o para plantear alternativas viables que enfrenten la crisis económica y modernicen el sistema político.
La izquierda comprobó que es imposible conciliar una política reformista con una óptica global que no renuncie a ser revolucionaria. Todo lo contrario, verificó la sentencia de John Kenneth Galbraith, para quien las circunstancias están por encima de las ideologías; así, la izquierda vio inservible su discurso incendiario y optó por capturar puestos públicos – especulando con la crisis y la movilización de las masas – con aquellos partidos que aceptaban ciertas candidaturas útiles para su proyección nacional y popular, como el caso de las candidaturas de ex comunistas en el Movimiento Al Socialismo (MAS), mezclando las posturas marxistas con la ideología indianista, solamente para estar de moda, aunque tengan en casa una sirvienta de pollera, un indígena como chófer o un ujier de familia aymara.
Estas actitudes ubicuas de la izquierda boliviana siempre marcaron su grave crisis de identidad. Como bien lo expresa el sociólogo argentino Emilio De Ípola, “la clave de esta crisis de identidad es la pérdida de una imagen de lo que puede ser una sociedad socialista y de cómo avanzar hacia ella”. Por esto, la teoría actual del socialismo del siglo XXI es un vacío absurdo y escudo de aquellos aprovechadores del poder y caudillos astutos, como las locuras populistas de Hugo Chávez en Venezuela.
De nada sirve una rearticulación intelectual y política de izquierda. Discutir si pueden regenerarse opciones marxistas más humanistas en contra de la economía de mercado y del régimen democrático, es inútil.
Sólo un ejemplo; sobre medidas económicas no es posible escuchar ideas nuevas. La propuesta izquierdista sigue siendo el desarrollismo en el ámbito económico, combinado con redistribución de la riqueza en el plano social para favorecer a sectores empobrecidos mediante servicios públicos. Se defienden las nacionalizaciones satanizando a la inversión privada. La izquierda todavía piensa en el incremento de los ingresos públicos por vía fiscal y en la planificación estatal para controlar la economía.
El resultado es la ausencia de un programa realista y con instrumentos confiables para tomar medidas en la práctica; sus ideas son sólo un esbozo global para criticar a la tecnocracia y los programas de ajuste estructural. Es por esto que las políticas del líder cocalero Evo Morales, tarde o temprano harán ingresar al Estado boliviano en la total bancarrota; en este caso, las fuerzas del mercado esperan, pacientes, su oportunidad para romper las ilusiones populistas del MAS en la economía.

Lo negativo

¿Cuál era la carta de presentación de cualquier revolucionario de izquierda?  Básicamente dos pares de elementos: la combinación de izquierda y negación, junto a la pareja utopía e izquierda. Ser de izquierda equivalía a negar la realidad existente para construir otra sin desigualdades sociales y sin Estado, a través de la revolución sangrienta.
Por lo tanto, la izquierda viene definida por la negación y, en gran medida, por la destrucción de los otros: adversarios capitalistas, enemigos ideológicos o democracia institucional. La destrucción definía también el carácter de su utopía. Esta era un instrumento para influir sobre la realidad y planificar una jornada de ajusticiamiento de aquellos opuestos a la utopía revolucionaria.
El filósofo español José Ortega y Gasset decía que las ideas se tienen y en las creencias se está. Este es el pésame de la izquierda: carece de ideas y sólo convive con sueños y creencias donde está suspendida sin poder acercarse a la realidad. De tanto creer ya no piensa y de tanto estar levitando, es incapaz de entender que en la política y en la sociedad, la vida debe ser simplemente soportable, pues su afán por destruir y negar el pasado neoliberal o la democracia moderna representativa, convierte a la izquierda en la razón perversa de toda intolerancia.

 Franco Gamboa Rocabado, sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program, franco.gamboa@aya.yale.edu

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