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Franco y el PSOE. Entre el tabú y el fetiche

Franco y el PSOE. Entre el tabú y el fetiche

jueves 13 de septiembre de 2018, 14:44h

“Estamos derrotados por nuestras propias culpas: por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos”. La frase es de Julián Besteiro, sucesor del fundador del PSOE en la presidencia del Partido. Al igual que otros dirigentes socialistas como Indalecio Prieto, opinaba que la Segunda República española se había convertido en una grave dictadura, en una farsa al servicio de Stalin. Y aún más, que ello había sido una de las causas de la Guerra Civil. Segismundo Casado, líder militar, veterano en varias Batallas defendiendo a la República, opinaba lo mismo. Al final de la guerra y junto con Besteiro dio el conocido Golpe de Estado contra la República con el único objetivo de rendirla a Franco, para evitar más derramamiento de sangre, en el Frente y también en su interior, pues estaba la República inmersa a su vez en guerra civil interna entre las diversas facciones de la izquierda. Desde fuera, nada menos que Sir Winston Churchill escribió en sus memorias que no le quedó otra que apoyar a Franco, pues sabía por propia experiencia lo que pasaba en España y que él mismo hubiera sido fusilado por los milicianos.

Estas y otras muchas historias olvidadas sobre aquellos días terribles, la dictadura y el dictador, salen de nuevo a la luz y se divulgan en redes sociales para disgusto de quienes pensábamos que España había dado carpetazo a sus demonios en los ochenta. Creo recordar que durante la Transición, hubo ciudades donde convivieron calles dedicadas a Durruti o la Pasionaria con Avenidas del Generalísimo, Sanjurjo o Yagüe. Pero el mismo PSOE que ensalzó la tolerancia y el diálogo entonces, quiere prohibir ahora que se hable bien de Franco, convirtiéndolo en tabú. Pero los tabúes son cosa de consenso no escrito y si no los mantiene la complicidad social, se convierten más bien en el molesto fetiche de quien los quiere imponer. No hay cosa que nos fastidie tanto a los españoles como que nos impongan lo que tenemos que pensar, y es esperpéntico que el PSOE esté contribuyendo más que nadie a ensalzar la figura del General. Y a que se hable de él más y mejor que nunca.

Acaso el mayor acierto de la sociedad española durante la dictadura fue hacer un tabú de lo que pasó en aquella maldita guerra y aún después. La guerra era cosa de mayores, un grave pecado entre hermanos del que ni se hablaba y que nuestros padres no nos quisieron contar para que no creciéramos en el odio. La mejor razón que puedo intuir de ello, es que la mayoría de españoles tuvimos familia en ambos bandos, cuando no a personas que soportaron la persecución de extremas derechas e izquierdas a la vez, siendo la gran mayoría obligados a tomar partido en contra de su voluntad. Con independencia de lo que la locura política quisiera hacer, la sociedad horrorizada quiso dejar a un lado la venganza y optó por la vergüenza. Porque la guerra civil sobre todo representa el vergonzoso fracaso de toda una nación. Que este sentimiento tuvo que ser mayoritario lo revela también que muerto el dictador no hubo ajustes de cuentas, ni otra guerra, ni degollina, ni desbandada. La gente vino a España y nadie huía del país. A quien arguya que ello se debió sólo a la estabilidad económica española de 1975, puede responderse que Yugoslavia era una de las joyas entre las dictaduras socialistas. Pero fue morir el dictador yugoslavo y volver a la peor guerra civil europea después de la nuestra. Aunque Yugoslavia es un país mucho más complejo que el nuestro, es lugar común en la Historia que su régimen cometió el error de imponer la reconciliación por la fuerza. La paz sólo le sobrevivió 10 años. Aunque el Mariscal Tito conserva su mausoleo.

La Transición es obra de todos los españoles y nadie tiene derecho a apropiársela. En contra de todo lo que está haciendo actualmente el PSOE, el preámbulo de la ley de memoria Histórica dice que “no es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva”. Pues lo está haciendo directamente. En sus primeros artículos, la ley admite entre líneas que durante la Guerra Civil ambos Bandos violaron Derechos Humanos, e incluye entre las personas que tienen derecho a indemnización a quienes demuestren el daño. Por obvias razones, extiende el resto de su aplicación a la dictadura y al franquismo, lo que pone al mismo nivel de potenciales beneficiarios a asesinos terroristas, con gente represaliada por sus ideas. Y por razones de extraordinaria y urgente necesidad que nadie se cree, acaba de añadir por decreto ley un párrafo en que dice que sólo “podrán” yacer en el Valle de los Caídos los restos de quienes cayeron en la Guerra. Puede ser razonable, pero en modo alguno apremiante. Y tiene su miga jurídica para quienes quieren defender que Franco ya estaba allí o que la partida presupuestaria no está aprobada.

Lamentablemente, nada dice la ley de Memoria Histórica sobre lo que pasó durante la Segunda República desde 1931. La persecución religiosa más brutal desde Diocleciano, el Golpe de estado de la Derecha en 1932, el Golpe de la Izquierda de 1934. El pucherazo recientemente demostrado de las elecciones de Febrero de 1936 o la amenaza de Largo Caballero de ir a la Guerra Civil si el Frente Popular no las ganaba. Y tantas otras señales de una Europa convulsa que se debatía entre violencia fascista y comunista, donde pocos creían en la democracia, entonces considerada un sistema pernicioso, corrupto y decadente.

Quizá estemos los españoles entre los pueblos que más critican su historia, olvidando siempre que la Historia suele ser algo contado y pocas veces vivido. Por eso, porque aún hay testigos y aún hay dolor, pienso que habría que haber esperado al menos unos primeros 100 años de paz antes de agitar ningún fantasma. Nunca los españoles han pasado un período tan largo sin matarse entre sí. Y personalmente me sienta bastante mal que a los biznietos de la guerra les cuenten lo que sus abuelos huérfanos quieren olvidar, y con una versión más que sesgada, atropellada por un debate envenenado en las redes sociales. Mientras haya problemas de mucho más calado político y económico, conflicto civil catalán incluido, me sabe peor aún que se gaste un solo céntimo de dinero público en sacar al dictador de una tumba que sólo los nostálgicos recordaban. Es indignante que parte de la subida del diesel, de la luz, del gas, o de todos los impuestos indirectos que vamos a pagar mientras siguen peligrando las pensiones o los inmigrantes siguen sufriendo, se pueda emplear en esta insensatez. De momento el Valle de los Caídos, cementerio olvidado, se está convirtiendo en todo un mausoleo gracias a esta “prioridad”.

Quizá sufrió el PSOE un crimen que aún estamos pagando. Besteiro fue el único líder republicano que tuvo el honor y el valor de quedarse y creer en una magnanimidad que no llegó. A pesar de un trato inicial cómodo en el monasterio trapense de Dueñas, no tardaron en llevarlo a la prisión de Carmona donde le pusieron a limpiar letrinas hasta que murió de septicemia. El PSOE condena las dictaduras militares pero apoyó casi sin fisuras la de Primo de Rivera en los años veinte, y fue también el PSOE y no Franco quien lideró el último Golpe Militar contra la República. Si Besteiro hubiera sido perdonado quizá Franco sería hoy muy distinto para el PSOE, partido que en su congreso de Toulouse de 1946 se declaró dispuesto a colaborar con los monárquicos para traer la democracia, y condenó la política estalinista de Negrín. Tengo para mí que la ingenuidad ante comunistas y franquistas, el fracaso errático del PSOE y el cruel trato de Franco a Besteiro debió conmocionar y dividir al partido. Y tal vez por ello se convirtió a realidades históricas en obligados tabúes, y a Franco en un fetiche al que había que humillar a costa de lo que fuera. Felipe González pareció conocer muy bien este problema y todo lo que le rodeaba, y al igual que otros partidos supo tratar con el fetiche y los tabúes lavando los trapos sucios en casa. Se subió al Azor, el yate de Franco, apenas tuvo el poder. Pero a la vez desmarxistizó al PSOE y apartó a la Iglesia de la política. Todo llevando los medios de comunicación social franquista a sus manos, y dejando casi intacto –y en vigor- al sistema legal administrativo, social y laboral creado durante el Régimen. Acertó y el pueblo le eligió como presidente cuatro veces seguidas. El mundo que mejor funciona es el moderado y en modo alguno el extremo. Y hoy, Alfonso Guerra refleja la misma opinión, al decir que es mejor dejar al muerto en su sitio y que sea el tiempo el que arruine la tumba.

Son ciertos y comprobados los crímenes y las represalias franquistas. Pero también los éxitos de la sociedad española durante la dictadura, y acaso que el régimen tuvo que ablandarse hasta llegar al suicidio legal y que ello permitió la llegada de la democracia. A estos éxitos y a la duración de la dictadura lo consideró desde el exilio Salvador de Madariaga parte de la “anomalía” característica de España en los dos últimos siglos. No sé a qué juega el PSOE pretendiendo simplificar una realidad histórica tan alambicada, aunque todo parece una gran cortina de humo sobre la anomalía democrática que supone su reciente acceso al poder, y sobre los peajes que tiene que pagar. Pero en ciertos aspectos se está alejando del pensamiento moderado que le convirtió en la gran fuerza política de una Transición en la que consiguió redimirse con sentido de Estado, al dejar el odio y tomar el pulso de la reconciliación que era lo que movía a nuestro país. Y de modo preocupante también, se aleja de otra de las reflexiones de Besteiro, que decía que “para construir la personalidad española de mañana, la España Nacional, vencedora, habrá de contar con la experiencia de los que han sufrido los errores de la República bolchevizada, o se expone a perderse por caminos extraviados que no conducen más que al fracaso”.

Daniel Muñoz Doyague. Abogado y Politólogo.

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