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La Semana Santa

martes 29 de marzo de 2016, 11:15h

Este año, por primera vez, he pasado ante la televisión muchas horas, desde el Miércoles Santo hasta el Domingo de Resurrección, viendo las procesiones que emitía la televisión andaluza desde las distintas capitales de provincia, y algunos pueblos con desfiles destacables. Yo había vivido la Semana Santa, desde que tengo recuerdos, como un periodo de vacación, adobado con unas motitas, las imprescindibles, de religiosidad, aunque con respeto para los que la vivían con devoción. Este año, un sí es no es de frío, y otro poco de avería física, me han retenido estos días en la mesa camilla, al amor del brasero, sin ganas ni de leer. No he perdonado, para ser justos, una cervecita en la traberna a final del día, para hacer cierto el refrán ese que dice: “A la iglesia no voy porque estoy cojo etc.”

En las diferentes procesiones, he admirado el maravilloso patrimonio artístico que mantienen en las iglesias las distintas cofradías y que sacan en procesión, inundadas del fervor de los cofrades. Me hubiera gustado seguir, el Viernes Santo, a la procesión del Santo Entierro, allá en mi Arjona, de la que son cofrades mi esposa y Mario, mi hijo. Este año no ha podido ser, pero otros vendrán. Supongo que habrá sido seguida con el calor y la devoción de los arjoneros, que no es menor que la vista en la televisión, en los cofrades de las artísticas y barrocas procesiones de las capitales andaluzas.

Mientras las veía, intentaba imaginar a quién podía “ofender” semejante manifestación de arte y de religiosidad. Sí, es verdad que se ocupan las calles, que se “ensucia” el suelo con los goterones de cera que caen de los cirios, que las diferentes bandas de música, con sus cornetas y tambores, pueden resultar cansinas en ocasiones, que se suspende la circulación por algunos sitios… pero a cambio, perfuman el ambiente con las flores de los tronos y con las lluvias de pétalos y los sahumerios de incienso, y sacan a la calle y democratizan el arte de las imágenes y los tronos; y, dicho sea de paso, nadie está obligado a seguirlas: con pasear durante par de días por otros sitios distintos de las estaciones de penitencia, asunto resuelto. Y si las autoridades civiles electas no quieren participar de esas manifestaciones de religiosidad, que no participen, nada ni nadie les obliga. Recuerden lo que ha hecho el célebre “Kichi”, el alcalde de Cádiz, que ha seguido una procesión del Nazareno como un devoto más, y no como alcalde al frente de la corporación. Que Dios se lo tenga en cuenta, y le haga llevadera la convalecencia de la varicela que, casi a la vejez, ha sufrido como si fuera un infantito imberbe. Algunos de su cuerda pensarán que la enfermedad ha sido “castigo divino” por ir a la procesión, aunque con esta valoración, manifiestan su creencia en la omnipotencia de la divinidad, valga la broma.

En muchas localidades gobernadas por las izquierdas podemitas, por las mareas, por el “sí se puede”, por los “en común” o por otras “advocaciones” hermanas, se han intentado abortar estas manifestaciones de fervor popular, bien sea prohibiendo a los legionarios desfilar o negándoles a las cofradías las subvenciones que no niegan a otras confesiones, en pro de la “alianza de civilizaciones”. No lo han conseguido: los legionarios han manifestado su ardor religioso en varias ciudades (Palafolls en Gerona y Hospitalet de Llobregat en Barcelona, por ejemplo) y las tradicionales procesiones han salido a la calle; ni la lluvia las ha dificultado.

Me sorprendió ver cómo en las de muchas capitales de Andalucía, guardias civiles daban escolta a las imágenes, sin grandes alharacas. Un par de guardias, situados delante de los tronos contribuían, con el buen comportamiento de los cofrades, al mantenimiento del orden de las procesiones. Otras advocaciones han sido acompañadas por militares de distintas armas, que han escoltado la carrera de vírgenes y crucificados. Los militares, pues, siguen fieles a sus tradiciones. La Colau, que parece una madre superiora mal atendida, no ha conseguido que el ejército deje de ser lo que siempre fue, mal que le pese.

No conseguirán acabar con la religiosidad de una buena parte de la ciudadanía española, que, a tenor de lo previsto en el Art. 16 de nuestra Constitución, debe ser respetada en sus creencias. Habrá quienes se queden con las tetas al aire en una capilla, como la Rita Maestre, o quienes claven una navaja en la cara de una imagen, como le ha sucedido al Nazareno de Osuna, pero si los del ISIS no han logrado erradicar el cristianismo ni con las matanzas de cristianos, aquí menos lo conseguirán cuatro desalmados.

Intentar suprimir la Semana Santa en Andalucía, aparte de ser una necedad, es tan peligroso socialmente como acabar con los partidos de futbol, salvando las distancias.

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