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Con las manos en la masa

Por Fernando González
domingo 21 de febrero de 2016, 22:17h

El fontanero recogió sus herramientas, comprobó que la cisterna volvía a funcionar, se metió en el bolsillo los cincuenta euros pactados y se despidió del pagano colgándose del hombro su bolsón de lona. En ese preciso momento se consumaba un fraude más al fisco. El profesional no cotizó un solo euro de impuestos por la cantidad cobrada y el pagador se ahorró los 10,50 euros de IVA que hubieran gravado el servicio requerido. Miles y miles de tratos de este tipo se cierran cada día en los mercadillos de nuestra economía doméstica. Muchos ciudadanos, más de los que podemos imaginar, asumen el fenómeno con cierta condescendencia cómplice y un punto de simpatía solidaria, contemplando la rapiña generalizada que se desarrolla ante ellos como algo inevitable y natural. Aquí siempre se ha hecho dinero fácil bordeando la ley y engañando al prójimo. Es muy posible que llevemos en nuestra herencia genética tales desafueros.

Aquí nunca se distingue a los sujetos nobles, honestos y trabajadores, aquí se admira siempre al listillo que amasa una fortuna de la noche al día sin que nadie sepa muy bien como lo consiguió. En un país como el nuestro, que convierte las andanzas de los granujas en género literario y entroniza a los bandoleros como personajes de leyenda, nada de lo dicho puede asombrarnos. En un terreno abonado con siglos de picaresca renovada, poblado por multitud de pillos y trúhanes, se multiplican ahora los sinvergüenzas que se dedican al pillaje de lo ajeno. A poco que se escarbe en el lodazal de nuestra maltrecha economía, la policía localiza a decenas de malandrines que corretean en la basura cargados con dinero negro. Un espectáculo repugnante.

A pesar de todo, por muchos asesores que contraten y por mucho que blinden el producto de sus fechorías, la ambición que les invade suele romper el saco de las ganancias ilícitas. En la mayoría de los casos, la historia de su caída en desgracia se repite inexorablemente: a su capacidad para delinquir se aparejan la desfachatez, la prepotencia, la falta clamorosa de escrúpulos y la torpe exhibición de su ascenso social. Errores comunes y repetidos que terminan por delatar al malhechor. Véase el caso de Vitaldent. Sus promotores coleccionaban fincas rústicas y urbanas, vehículos de gama alta, caballos de pura raza y cuentas viajeras que circulaban supuestamente por las cloacas del blanqueo de capitales. “De dónde sacan para tanto como destacan”, pensarían en la Agencia Tributaria. Una denuncia bastó para desmontar el entramado. Demasiados lujo para una panda de presuntos sacamuelas.

Muy pronto desfilarán por los pasillos de los juzgados y tras ellos, cuando les llegue el turno, los productores que han defraudado en los mercados de la carne. Por el mismo sendero han transitado ya los farmacéuticos que exportaban medicamentos tramitados por la Seguridad Social, empresarios, banqueros, financieros, constructores, alcaldes y concejales, exministros, políticos de distintos pelajes, funcionarios públicos, intermediarios y comisionistas, artistas de tronío, deportistas de élite y miembros de la Casa Real; alistados todos ellos en esa procesión interminables de corruptos y corruptores. La sociedad española necesita una regeneración sin paliativos, de arriba a abajo y de abajo a arriba, que cambie la mentalidad de la ciudadanía, que haga de la honestidad y la transparencia virtudes naturales, que provoque la condena y la repudia de los golfos enquistados en el tejido social y que impida que cada dos por tres, en cualquier sector o en cualquier ámbito social, se pille al que menos te lo esperas con las manos en la masa.

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