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Sánchez no cree en la democracia representativa

Por Enrique Gomáriz Moraga
lunes 01 de febrero de 2016, 11:33h

No hace falta ser Norberto Bobbio para saber que la democracia contemporánea se basa en el fundamento de la representación y en la previsibilidad de las reglas del juego. Con ese objeto se establece la norma de normas, la Constitución, que regula el sistema político. En España, la gran mayoría de los españoles aprueba y respeta la Constitución vigente, como se pone de manifiesto en la orientación del voto de unas elecciones generales tras otras (por supuesto que también las últimas).

La representación es también, en una sociedad de millones de ciudadanos, el mecanismo fáctico que permite la expresión de la soberanía popular. Cuando se trata de sustituir por la democracia directa, como no se puede convocar a millones para asambleas a mano alzada, lo único que se logra son una serie de asambleas pequeñas, con delegados a otras asambleas de nivel más alto y así sucesivamente hasta la cúspide del poder, con lo que se consigue la democracia más indirecta de la tierra. Por esa razón, ni siquiera en los gobiernos que rechazan la democracia representativa han logrado sustituirla como fuente de elección de sus autoridades (Venezuela, Ecuador, Bolivia).

Desde luego, la democracia representativa se puede nutrir con mecanismos de participación directa (iniciativa legislativa popular, referéndum, etc.), pero para que ello sea realmente sinérgico en términos democráticos son necesarias dos condiciones: la primera, que el uso de los mecanismos de participación directa sea previsible, como parte de las reglas del juego; la segunda, que las consultas sean realizadas con todas las garantías de una información y un debate lo más amplio posible para permitir una decisión informada. Es decir, hoy ya sabemos que los mecanismos de participación directa no son inocuos: pueden fortalecer o, por el contrario, lesionar los instrumentos de la representación, y hay que evitar esto último por todos los medios.

Pues bien, se asegura que los partidos tienen que ser también la viva imagen de las reglas del juego democrático. Y se supone que el PSOE asume que lo es. Sin embargo, lo ocurrido este sábado en su Comité Federal refleja que su actual dirección, encabezada por Pedro Sánchez, no cree en la democracia representativa, algo que, en el fondo, es como no creer en la democracia.

Se supone que el máximo órgano representativo entre Congreso y Congreso es el Comité Federal. En este momento es la instancia que debería tomar decisiones en torno a los pactos que puede hacer el PSOE para formar nuevo gobierno nacional. Pues bien, para evitar una decisión del Comité contraria a su deseo de pactar con Podemos para llegar a la Moncloa, Sánchez ha sacado de la manga una consulta a la militancia no prevista en los estatutos que, aunque no puede ser vinculante, no dejará de tener efectos políticos en el propio Comité Federal. Con ello quiere dar la imagen de una profundización democrática. Nada menos cierto. Incumple con todas y cada una de las condiciones para respetar los procedimientos democráticos. En primer lugar, rompe con la norma de utilizar los mecanismos directos de manera completamente previsible y sin forzar la normativa interna. Como ha dicho la mayoría de los miembros del Comité, Sánchez no había anticipado la realización de esa consulta antes de la reunión del Comité Federal. Ha tomado a todos por sorpresa.

Evidentemente, Sánchez lanza la consulta a las bases del partido imaginando que le darán la razón. Para ello cuenta con su Beria particular, el señor César Luena, que tratará de colocar la consulta a favor de su jefe, porque entiende que su suerte en el partido está indisolublemente ligada a la de Sánchez. Probablemente éste confíe en la cultura política gregaria que convoca al “y tu más”, para producir una carrera de sacos para ver quién es más de izquierda y progresista. Es decir, para que tenga lugar un debate informado, (o como dice Susana Díaz, que se conozca bien la letra y la música de la canción propuesta), será necesaria una lucha política encarnizada dentro del partido. En el fondo, Sánchez no hace otra cosa que inducir otra forma más de estresar la dinámica militante del PSOE.

Naturalmente, la sorpresiva consulta de Sánchez no tiene otro objetivo que forzar el brazo del Comité Federal. Con lo que completa su objetivo antidemocrático: usar los mecanismos directos de forma imprevista para lesionar la competencia de los órganos de representación. No utiliza la participación directa para fortalecer la democracia representativa sino para conculcarla. Definitivamente, Sánchez parece decidido a retorcer las reglas del juego democrático, con tal de llegar a la Moncloa. No puede extrañar que considere algo sin importancia el ataque de Podemos a la Constitución. Como dijo Elorza, todo eso no es algo preocupante para Pedro Sánchez, entre otras razones porque considera que hacerle trampas a la democracia representativa puede ser un recurso de última instancia. Y lo que es peor, confía en que nadie se dé cuenta.

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