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Confrontación y agitación

Por Fernando González
lunes 01 de febrero de 2016, 11:32h

Algunos tipos, incorporados recientemente a la pasarela política, imbuidos de un espíritu jacobino que para sí quieran aquellos revolucionarios franceses, se empeñan en presentarnos nuestro pasado más inmediato como una especie de mazmorra oscura y mal ventilada. Viviríamos, según parece, en un calabozo del que hay que salir cuanto antes. Con la misma furia, sin un ápice de objetividad y de rigor intelectual, descalifican la Transición y demonizan a los sucesivos gobiernos democráticos elegidos por el pueblo soberano. La transformación de nuestra dictadura en un Estado Social de Derecho se enseña ya en los tratados modernos de ciencia política, pero ellos opinan que fue una concesión de la burguesía franquista para mantenerse como clase dominante. Las críticas despiadadas al origen de nuestro sistema constitucional, que no reparan en las tremendas dificultades que tuvieron que superar los autores de aquel hecho histórico, se extienden también a muchos de los logros incuestionables alcanzados en cuarenta años de democracia.

Aunque la degradación de las instituciones sea evidente y más que necesarias su regeneración inmediata, no es ese el propósito de las fuerzas radicales emergentes. Necesitan conquistar el poder absoluto y dinamitar después todo lo hecho hasta ahora. Para conseguirlo, trabajan en el terreno abonado por los ajustes despiadados que han descarnado nuestro estado del bienestar. Sus mensajes redentores han calado sin dificultades en una sociedad empobrecida y atemorizada, que ha perdido la cohesión social de antaño y cae por la pendiente de la desigualdad y la injusticia. En nuestra España actual se cumplen pues las circunstancias que precisan para alcanzar sus objetivos.

Llegados al punto que buscaban, solo les queda aplicarse en el manejo de las dos herramientas fundamentales del populismo: la agitación social y la confrontación permanente con el adversario político. Los estrategas de Podemos han aprendido muy bien las ecuaciones experimentadas por sus mayores en Hispanoamérica. Pueden elegir el modelo que más se ajuste a la idiosincrasia española. En su librito rojo figuran el peronismo reciclado de los Kirchner, la revolución bolivariana de Chávez o las vibraciones doctrinarias de Correa y Evo Morales. En ese manual del populismo ganador se estipulan claramente los pasos que hay que dar para llegar a buen puerto: manipular los movimientos reivindicativos, ocupar el espacio público, explotar el filón de las miserias populares, practicar el capitalismo de estado, utilizar como bandera el nacionalismo patrio, buscarse un enemigo exterior al que culpar de todos los males y desfigurar al contrario.

Sin abandonar ninguna de las premisas fundamentales que acabo de detallarles, Podemos centra sus esfuerzos en cumplir con el último de los mandamientos: intenta destruir al PSOE. Escuchándoles, nada de lo que ha hecho el Partido Socialista puede indultarle de sus errores más recientes. Olvidan que universalizaron la sanidad y la enseñanza pública, integraron a España en la Comunidad Europea y en la OTAN, aprobaron la ley del divorcio y la despenalización del aborto, legalizaron a las parejas de hecho y los matrimonios de homosexuales, aprobaron la Ley de la Dependencia, sanearon nuestra economía y equipararon nuestras estructuras viales y comunitarias con la de nuestros vecinos europeos. En los tiempos que corren, los dirigentes de Podemos pretenden que el PSOE deje de ser una sonrisa del destino para convertirse en una mueca del pasado. Ya saben: confrontación y agitación.

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