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El ser o no ser de Pedro Sánchez

Por Fernando González
lunes 28 de diciembre de 2015, 10:00h

No me gustaría estar en el pellejo de Pedro Sánchez. Tiene en sus manos la estabilidad del futuro Gobierno de la Nación. Sánchez puede embarcar al PSOE en la nave rupturista de Podemos y sus comparsas soberanistas, compartir con la izquierda radical la bancada de la oposición o acordar con el Partido Popular un gabinete que afronte los gravísimos problemas que atoran la coyuntura actual. El PSOE se suicidaría si elige la primera de las alternativas citadas: perdería su patente de partido de estado y arruinaría su imagen internacional. Quedaría marcado para siempre y la inmensa mayoría de sus votantes, progresistas moderados de centro izquierda, se quedarían sin representación en el Congreso de los Diputados. Tarde o temprano saldarían cuentas con el defraudador que se atreviera a manipular su voluntad. En el supuesto descrito, por si fueran pocos los peligros apuntados, muchas organizaciones regionales federadas en el PSOE, encabezadas por los dirigentes históricos que guardan las esencias socialistas, se opondrían radicalmente a una aventura tan dañina como oportunista. A cambio de un plato de lentejas en la mesa de Podemos, Sánchez aplicaría la eutanasia activa a su partido.

En el segundo de los casos, por mucho que Sánchez pretenda distinguirse como líder de la oposición, siempre perderá en la comparación con aquellos iluminados que no se juegan nada en la contienda parlamentaria. Andará siempre a la zaga de los populistas que quieren dinamitar el sistema y contaminar nuestra constitución con postulados bolivarianos. La incertidumbre flota en el ambiente. Carecemos de antecedentes cercanos y todas las soluciones que se plantean parecen taradas por la fragilidad y la improvisación. Un presidente investido por mayoría simple, sometido después a los vaivenes de la aritmética variable, sin un socio que ayude en lo imprescindible, no podrá afrontar la inmensa tarea que le aguarda. Ya no valen los apaños puntuales, el país necesita un gobierno de coalición fuerte y estable. Sánchez ha repetido hasta la saciedad que no pactará con el Partido Popular. Entiendo su postura perfectamente. Ahora no puede arrimarse a un personaje al que calificó de indecente, ni sostener al partido de los recortes sociales, las reformas impuestas al resto unilateralmente y de las corruptelas políticas. Es lógico. Existen, sin embargo, otras fórmulas más sutiles y eficaces, probadas ya en otros países de nuestro entorno, que han resuelto situaciones similares a la nuestra.

El PP y el PSOE deberían buscar una persona independiente, aceptada por ambas formaciones, que forme un gobierno de amplia coalición. Rajoy y Sánchez quedarían fuera de la partida. Serían otros compañeros de partido, expertos y cualificados, sin cicatrices del pasado, los encargados de asumir las diferentes responsabilidades ministeriales. Solo un gobierno de esas características, apuntalado por una mayoría robusta en ambas cámaras, limitado en el tiempo y dispuesto a renovar periódicamente su mandato en el parlamento, podría encarar de frente los asuntos pendientes. España se merece una conciliación nacional que fortalezca su porvenir. Sólo la conjunción de los dos partidos más votados puede impulsar la reorganización territorial y financiera del Estado, la reparación del maltrecho bienestar social, la consolidación de la incipiente recuperación económica, la regeneración democrática de las instituciones y el papel que España debe jugar en la crisis geopolítica que se desarrolla tan cerca de nosotros. Sánchez se juega en el envite su ser o ser.

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