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En la tuya o en la mía

Por Fernando González
miércoles 09 de diciembre de 2015, 09:20h

Algunas veladas de acercamiento amoroso terminan con la frase que encabeza este artículo. Si la relación funciona bien, el amador más atrevido propone al otro una de esas dos posibilidades. El resto depende ya de la calentura que ambos hayan avivado a lo largo del cortejo previo. Algo muy parecido ocurrirá en España cuando se confirmen los resultados de las próximas elecciones generales. En ese preciso momento ya no serán posibles los amoríos solitarios ni las relaciones clandestinas. Los dirigentes más votados tendrán que preguntar al más próximo cuándo y cómo se consuma el pacto. En el caso de confirmarse los pronósticos publicados, quedarán sobre el escenario cuatro artistas principales, alguno de ellos más cerca del público que los otros tres, pero iluminados todos ellos con el voto mayoritario de los electores. Entonces será necesario un acuerdo formal que permita a uno de ellos gobernar España.

Todo parece indicar que no le bastará con el apoyo residual de un puñado de escaños ajenos, tendrá que coaligar a su partido con otro que se mueva en su órbita política. Le guste o no, se verá obligado a negociar con su aliado un programa común de gobierno. Lo que ha sido una realidad reiterada en toda Europa, será aquí una novedad revolucionaria. El votante no debe despistarse: los comicios del 20 de diciembre no se parecen en nada a los acontecidos en este país los últimos cuarenta años. En esta ocasión, tan histórica como irrepetible, en un mismo acto electoral se votará a la opción elegida y a la fuerza complementaria que precisará el candidato para asegurarse cierta estabilidad gubernamental. Dos votos por el precio de uno.

Los españoles no hemos vivido una experiencia así desde que recuperamos las libertades. La Transición Política se hizo con el consenso de todos, peroAdolfo Suárez pilotó en solitario aquel suceso formidable. Aunque tuviera que acordar cada paso que daba con las distintas familias reunidas en UCD, nunca incluyó en sus gabinetes a representante alguno de la oposición. Felipe González consiguió dos mayorías absolutas consecutivas y después, durante otros dos mandatos más, se fue apañando con ayudas puntuales de los partidos a su izquierda y de las minorías vasca y catalana. En su primer período de gobierno, aquel en el que hablaba catalán en la intimidad, José María Aznar legisló con el auxilio imprescindible de Convergencia. Cuatro años más adelante, colgado de la burbuja inmobiliaria que impulsaba entonces un crecimiento económico sin precedentes, la candidatura que encabezaba, la última por el momento, cosechó la tan deseada mayoría absoluta.

Zapatero no repitió los resultados de su antecesor y tuvo que inventarse aquello de la España plural y la aritmética parlamentaria variable. Protagonizó entonces pactos subterráneos diversos, los que precisaba en cada ocasión. Gracias a los refuerzos aportados por Izquierda Unida y Esquerra Republicana, entre otros, Zapatero consumó dos legislaturas seguidas. Atropellado por una crisis que no supo o no quiso afrontar, sus errores arruinaron la confianza que los electores de izquierdas otorgaban al PSOE. Como consecuencia del fiasco, el Partido Popular batió todos los registros electorales de la derecha conservadora. Consecutivamente, en pocos meses, se hizo con el mando en las principales ciudades y en la mayoría de las comunidades autónomas. El proceso terminó con Mariano Rajoy en la Moncloa. Tampoco él tuvo que pactar con nadie.

Ahora pagamos las consecuencias de la alergia de nuestros dirigentes a los ejecutivos de coalición. Las concesiones irresponsables a los distintos compañeros de viaje y los chalaneos con los nacionalistas en la trastienda del poder, han multiplicado y reforzado las expectativas de los separatistas, han convertido en papel mojado las sentencias del Tribunal Constitucional, han vulnerado el principio fundamental de la igualdad entre todos los españoles y han debilitado el Estado. Espero y deseo que aquellos partidos afines que reúnan conjuntamente los diputados necesarios, acuerden un proyecto común de España y juntos se pongan a trabajar por el bien de todos. No les quedará otra que reunirse en su casa o en la del otro.

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