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Los refugiados y los países árabes

Por Enrique Arias Vega
viernes 18 de septiembre de 2015, 20:19h

Ni una sola de las cientos de miles de personas que huyen de Siria, de Libia y de otras atrocidades del Oriente Próximo se ha refugiado en los países árabes vecinos. No hablamos de lugares miserables, sino de la próspera monarquía de Arabia Saudí, de Kuwait y de los ricos emiratos petroleros del Golfo Pérsico. Son países, además, de religión musulmana, creencia que comparten con la mayoría de los exiliados forzosos de las atrocidades de la zona.

Ni por ésas. Los emigrantes bélicos prefieren la Europa no tan cercana, en la que los valores democráticos occidentales y la cultura de tradición cristiana les son más permisivos, solidarios y acogedores que no las teocracias coránicas de las que precisamente huyen.

Además, daría igual que pretendiesen asilarse en los países árabes más ricos de religión musulmana. Éstos tienen cerradas a cal y canto sus fronteras para los parias de la tierra. Si así no fuera, piensan, la riqueza petrolera de la que disfrutan tendrían que compartirla con millones de recién llegados. ¿Cómo conservarían, entonces, el fastuoso nivel de vida de sus élites y el ostentoso consumo de sus dirigentes que veranean en Sankt Moritz, Marbella o Arden?

Por eso, quienes huyen de los horrores del Próximo Oriente se embarcan en una peligrosa travesía hacia Europa, en la que exponen sus pertenencias, su salud, su futuro y su vida. Para que trabajen en su desarrollo personal, los plutócratas de las monarquías petroleras del Golfo ya tienen a inmigrantes bengalíes, afganos o paquistaníes, en condiciones de cuasi esclavitud, sin ningún derecho y menos aún el de quedarse en el país.

Ésta es una reflexión terrible que también habría que hacer sobre las consecuencias de los recientes conflictos próximos al Golfo. Pero esta horrible tradición viene de lejos: los mismos regímenes árabes que ahora niegan el asilo, son los mismos que han preferido el hacinamiento de los palestinos en los campos de Gaza y de Ramala antes que integrarlos en sus países; además de ahorrarse así una costosa solidaridad, eso les permite mantener una permanente coartada contra Israel. Otro tanto cabría decir de los campamentos de refugiados saharauis en Argelia, donde varias generaciones de seres humanos son mantenidas en una especie de conveniente secuestro para mayor hostigamiento de Marruecos.

Al margen de otras consideraciones humanitarias, todo esto también es parte de una cruel verdad política, aunque ello, claro, nos avergüence y nos duela.

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