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Las trampas de Mas y el calendario maldito

miércoles 16 de septiembre de 2015, 14:09h

Lo primero que tendrán que hacer Artur Mas y Oriol Junqueras el 28 de septiembre con los resultados de las elecciones en las manos es preguntarse si pueden formar gobierno. Para ello tendrán que haber conseguido con Junts pel si la mayoría absoluta o mirar si con la CUP de Antonio Baños la pueden tener. Incluso en esos dos supuestos tendrán que ver si las distintas fuerzas e intereses que se mueven dentro de los dos grupos son capaces de ponerse de acuerdo en un programa de gobierno que vaya más lejos de un manifiesto independentista.

Pedir la independencia es una cosa y aplicar medidas en economía, salud, pensiones, educación, medio ambiente y todo lo que constituye el día a día de los ciudadanos es otra. Los que defienden la llamada identidad catalana se enfrentarán el mismo día 28 a las distintas concepciones que sobre la sociedad tienen la derecha y la izquierda. Puede que los elegidos en las listas opinen que la alianzas de cara a la formación de un gobierno nada tienen que ver con los planteamientos previos que llevaron al actual presidente en funciones de la Generalitat a firmar el decreto de disolución del Parlamento el pasado tres de agosto.

Mas, Junqueras y sus equipos se han leído cien veces la Constitución española. Saben de memoria los artículos que afectan a su proyecto separatista, desde el 155 que marca la intervención del estado en la autonomías a los que se agrupan en torno al 68 y que rigen la disolución y convocatoria de las elecciones a Cortés. Creen haber encontrado la trampa para que le gobierno de Mariano Rajoy no pueda aplicar el 155 y que tenga que ser el gobierno que salga de las urnas el 20 de diciembre el que tenga que enfrentarse al desafío.

Hasta ahora y tras los comicios, los gobiernos catalanes han tardado un mes en formarse. Estaríamos hablando de que, en el mejor de los casos, Cataluña no tendrá nuevo presidente hasta finales de octubre. En esos treinta días Mariano Rajoy tendrá que haber firmado la disolución del Congreso y del Senado, que no será después del 27 de octubre para así cumplir los plazos máximos que marca la Constitución, por más vueltas que se hayan dado a las fechas en los últimos tiempos.

Sin Congreso, ni Senado no se puede aplicar el artículo 155 ya que debe ser la Cámara Alta la que lo apruebe por mayoría absoluta. Que va a pasar: que antes de esa fecha no habrá ninguna declaración unilateral de nada desde Cataluña y para el "más tarde" el Gobierno Rajoy ha puesto en marcha la reforma de las potestades del Tribunal Constitucional, la otra vía para impedir con la ley en la mano que Mas y Junqueras den pasos en la dirección equivocada.

Estamos, pues, en el 27 de octubre: se han convocado elecciones generales y 54 días más tarde se celebran con resultados hoy por hoy muy inciertos. En esos dos meses mal contados tendrá que formarse el Parlament y se habrá elegido un nuevo gobierno catalán, un gobierno que puede deparar enormes sorpresas incluida el cambio de presidente tras un baile de apoyos que no se puede descartar.

El calendario maldito para España, su economía y la débil recuperación en la que viven sus ciudadanos no termina el 20 de diciembre. Ese día comienza otra etapa en la que de nuevo las estrategias del antes y después de acudir a las urnas serán muy distintas y afectarán no solo al futuro gobierno de la Nación, también a los gobiernos que salieron de los comicios municipales y autonómicos y que se han formado merced a pactos coyunturales a la espera de la gran cita.

Las perspectivas no son malas para el Partido Popular. Puede ser la primera fuerza si como dicen las encuestas se mantiene entre el 30 y el 35 por ciento de los votos. Con ese porcentaje y con el PSOE a más de cinco puntos puede obtener entre 145 y 150 escaños y " obligar" a Ciudadanos a prestarle su apoyo para sacar adelante la investidura, dado que cualquier otra fórmula pasaría por un tripartito que aparece casi imposible en el horizonte nacional.

El problema, así, lo tendría Albert Rivera: si apoya al PP y no participa en el gobierno puede verse fagocitado y anulado en cuatro años de la misma manera que le pasó al CDS y más tarde a la UPyD de Rosa Díez. Si lo apoya tendrá que medir mucho los Ministerios que solicita y el programa con el que se compromete. Tiene, eso si, una alternativa puente para hacer valer sus escaños: apoyar al PP pero no a Mariano Rajoy y presentar ante su electorado que ha obligado a los populares a cambiar de líder. Una opción tremendamente difícil ya que el político gallego no parece dispuesto a tirar su propia toalla en ninguno de los escenarios.

Sea con el gobierno del Estado que sea, la Cataluña independentista se encontrará con que en la Constitución española no existen fórmulas para emprender el camino de la secesión dentro del respeto a la democracia con la que nos dotamos en 1979 tras aprobar la Carta Magna. Y en esa tesitura el tiempo correrá a favor de mantener el actual equilibrio, con cambios que son necesarios en todas las autonomías pero muy lejos del " derecho a decidir" con que se han presentado los líderes de Convergencia y Esquerra en estos tiempos. Junqueras puede que resista pero Mas tendría que cumplir su palabra y marcharse.

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