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Cavilaciones sobre un permiso unánime

Cavilaciones sobre un permiso unánime

De la reacción de los diputados de la oposición en la sesión de marras se desprende que piensan distinto El debate de la Asamblea Nacional sobre el nuevo tratamiento del presidente Chávez en La Habana fue elocuente. Apenas termina con votación unánime me pongo a escribir este artículo que en medio de tantos cambios podría tener vejez cuando se pueda leer, pero tal vez el panorama de la política no cambie de súbito como para que contenga observaciones anacrónicas. De nuevo se impuso la posición del oficialismo y de nuevo presentaron los diputados de la oposición argumentos a través de los cuales podían mantener una conducta de autonomía, capaz de permitirnos la sensación de que tienen las cosas claras y de que, por lo tanto, van a actuar con la guía de la claridad en beneficio de sus electores. Por desdicha, no dejaron ese sabor después de la culminación de una polémica cuya importancia se pudo destacar por el hecho de que el interesado, es decir, el propio mandatario que solicitaba licencia para refugiarse en los cuidados de Cuba, se coló en el escenario ante los ojos del pueblo a través de una transmisión encadenada de TV. Los diputados de la oposición, unos con mayor solvencia que otros, esgrimieron razones legales y de simple lógica para negar la solicitud del jefe del Estado, pero votaron después con la bancada del Gobierno para que el viaje sucediera sin que un substituto se ocupara del Ejecutivo, mientras su detentador quedaba en las manos de un trabajo de quimioterapia hecho en territorio extranjero. Pese a la delicadeza del tratamiento, capaz de inhabilitar a quien lo debe soportar, aun para tareas sin relieve, para tratos mínimos y espaciados con los miembros de la familia, levantaron la mano junto con sus adversarios. Pese a que, como todo el país, carecían de información precisa sobre la magnitud de la maligna afección, dato que precisaban para aprobar el viaje y, sobre todo, para tener la seguridad de que no podían hacerse las terapias en Venezuela, hicieron de comparsa del oficialismo. El tiempo gastado en discusiones quedó en nada, para que el paciente partiera con la bendición unánime del Parlamento. Pero tal vez quedó en mucho, se puede también asegurar, debido a que permitió advertir la ceguera ante la situación del país demostrada por nuestros mansos protagonistas de la unanimidad. La sola mención de un cáncer puede conducir a consideraciones humanitarias, y aun al chantaje de quienes se aprovechan de su peso para acudir a la compasión del prójimo. De allí una explicación del voto favorable después de desembuchar argumentos que animaban una decisión diversa. Sin embargo, aparte de tal consideración, las cabezas del análisis del trance que entonces se resumía en la Cámara actuaron con debilidad e irresponsabilidad excesivas. Parecieron enfrentados a una vicisitud menor, a un negocio de rutina que apenas merecía fragmentos más o menos hilvanados de retórica para salir del paso, y para negarlos en breve con la señal de costumbre. El tratar así el caso revela un desencuentro con la realidad, que no es la misma de la víspera debido al tipo de enfermedad que aqueja al Presidente y a la necesidad de comportarse de manera inédita frente a sus consecuencias. El personalismo herido de cuidado por la disminución física de quien lo encarna no puede desempeñarse como antes, pero tampoco los que supuestamente se le oponen. Ante el mito desplomado de la omnipotencia no se puede seguir con la conducta habitual, con las paces forzadas y las señales de paciencia que en el pasado la atmósfera aconsejaba a la ingenuidad. Si no el derrumbe, el decaimiento del mito puede despertar fuerzas soterradas que se han cobijado en su sombra y pueden soliviantarse en la defensa de sus fueros inconfesables. En cierta forman tales elementos estuvieron cerca de la sesión de la Cámara, y seguramente se marcharon tranquilos ante la indefinición de los diputados oposicionistas. También quienes han vivido del mito deberán actuar en consecuencia, para evitar que el huracán se los lleve en la cola. Deben estar calculando el camino de la subsistencia ante el predicamento de perder el único escudo que los ha protegido, independientemente de cómo mostraron frente al micrófono su solidaridad con el augusto enfermo. ¿No sería esa la razón de la presencia sorpresiva de Chávez en la AN, a través de la cadena? No sólo quiso decir, aquí estoy todavía, sino también, quizá, inspeccionar la conducta de una servidumbre que se puede esfumar mientras el patrón lidia con la quimioterapia, de una servidumbre que puede buscar salidas inesperadas ante el desafío de quedarse sin el oxígeno de un organismo sometido a cura sigilosa en La Habana, demasiado lejos para quienes necesitan noticias precisas sobre su evolución, favorable o negativa. Chávez se dejó ver, no sólo para satisfacer a un ego aficionado a las primeras planas, sino también para imponer una fidelidad que no tiene que ser necesariamente la de antes. Se acomodó en un palco próximo desde el cual quería decir, de manera ostensible, que no quería saber del paisaje por interpuesta persona. Cualquier cosa puede sobrevenir, si no van descaminadas las especulaciones de un escribidor que puede parecer exagerado, pero quien huele la proximidad de una mudanza capaz de provocar sorpresas desagradables ante la ausencia parcial o total del Presidente. De la reacción de los diputados de la oposición en la sesión de marras se desprende que piensan distinto. Ojalá estén en lo cierto. [email protected]
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