Las dos Españas del siglo XXI
Tras habernos asomado al escenario global de los sistemas políticos y detenido luego en la posible revisión de nuestra democracia (procedente de la transición), creo que para agotar el vaso del reto que tenemos por delante las y los demócratas de regenerar la vida política española (una urgencia que nos ha colocado en la cara el 15-M) no tenemos más remedio que hurgar de nuevo en una vieja herida histórica: reconocer la división del “nosotros” cultural que nos impide una búsqueda del bien común colectivo sin excesivas tensiones (más aún de las que ya se generan en otras democracias por la heterogeneidad cultural de las sociedades del siglo XXI).
Esta división actual del nosotros tiene sus antecedentes, claro, en las dos Españas enfrentadas en los años treinta, aunque por supuesto ya no sean las mismas. Las dos Españas del siglo XXI ya no son socialmente irreconciliables, ni tampoco violentamente divididas. Pero sigue habiendo una fuerte división cultural típicamente española que afecta la división política (universal) entre fuerzas conservadoras y progresistas, algo que tiene efectos pertinentes en toda la cultura política del país.
Y el problema agregado es que este asunto no se percibe -ni mucho menos se procesa- adecuadamente. Sólo de vez en cuanto se lamentan sus síntomas. Ya me hice eco de la pregunta de Cesar Alonso de los Ríos acerca de “¿Por qué nos odiamos?”. Ahora tiene sentido reproducir su diagnóstico: “Nuestro sistema de partidos da pavor. En más de una ocasión he escrito sobre el odio que se tienen la izquierda y la derecha españolas. Es un odio tal que les impide ponerse de acuerdo frente a los grandes problemas. Por ejemplo ahora, en relación con la «crisis» económica. Para unos y otros el odio forma parte de su definición. Es una cláusula de estilo, una prueba de la militancia. Y si a este hecho se suma otro tan singularmente español como es la existencia de partidos nacionalistas, cuya naturaleza se basa en la insolidaridad, ¿cómo esperar que el sistema de partidos no llegue a provocar una inseguridad radical en los ciudadanos?” (ABC, 25/06/11).
Ahora bien, ¿cuáles son las causas de esa cultura política que reproduce “el odio que se tienen la izquierda y la derecha españolas”? Mi explicación refiere a una herencia cultural idiosincrática, particularmente divergente, que todavía se mantiene, tanto en la derecha como en la izquierda. Sólo la fuerza de esa herencia me permite explicar como la moderna mujer que es Dolores de Cospedal haya escogido como su primer acto público como Presidenta de Castilla-LaMancha, aparecer de negro rancio con peineta y todo en la procesión del Corpus de Toledo, mostrando una imagen idéntica a la de cualquier feligresa del lugar hace setenta años. Impactante. Pero días después, la marcha del orgullo gay en Madrid seguía mostrando las mismas escenas reactivas que empleó para llamar la atención sobre sus derechos hace diez años. La distancia cultural entre las imágenes de ambas marchas es tan enorme, que difícilmente podría pensarse que pertenecen a un mismo país. Sobre todo, porque implican contenidos valóricos claramente divergentes.
Hay varias maneras de encarar esa drástica división cultural. Una consiste en desconocer su peso y dejar que se cuele en la cultura política del país. Esa parece ser la manera imperante que no está dando buenos resultados precisamente. La otra, de dirección contraria, es captar la diferencia cultural pero usar precisamente la democracia política como espacio de deliberación entre distintos, y permitir así que la diada disenso/consenso opere con normalidad. Es decir, tener la suficiente voluntad política para estar dispuestos a llegar a acuerdos con adversarios políticos, cuando las circunstancias lo requieran, a sabiendas de que tienen orientaciones culturales claramente diferentes. Y, además, ser capaces de reconocer que esa gran diferencia cultural del adversario obliga también a negociar opciones que no lo sitúen siempre como derrotado y acumulando resentimiento, porque luego eso significará el uso del sistema político para resarcirse. La negociación hubiera resuelto mejor la controversia sobre la educación para la ciudadanía y otros asuntos que el PP considera pendientes. Eso no significa que siempre haya que usar el camino de la negociación, pero tampoco que haya que negarlo sistemáticamente (un examen de manejo que Zapatero suspendió en ambas legislaturas).
En realidad, el uso de la democracia política como medio de asunción de las diferencias culturales no es precisamente nuevo: ya se empleó a fondo en Europa como espacio para permitir el retorno a la convivencia pacífica y superar las guerras de religión. En las democracias actuales ya no hay aquel enfrentamiento radical, pero la heterogeneidad cultural se ha incrementado notablemente, resultando un revulsivo para aquel supuesto liberal de una democracia compuesta de individuos aislados pero semejantes o de la vieja pretensión roussoniana del desarrollo de una voluntad general sobre la base de un nosotros dynamico.
Pues bien, puede afirmarse que en España se ha incrementado la heterogeneidad cultural, como en las democracias avanzadas, pero manteniéndose una división cultural de tiempos pasados. Desde luego, eso no significa desconocer el océano intermedio que existe en el país de ciudadanía no ligada a esa vieja división cultural (creciente en las jóvenes generaciones). Pero su extensión resulta más lenta de lo deseable precisamente porque sigue anclada en la cultura política: la derecha y la izquierda continúan reproduciendo la vieja división cultural. Por eso sostengo que es crucial que conservadores y progresistas adopten en España la decisión y la consiguiente voluntad política de entender el sistema democrático como el campo de deliberación y negociación entre diferentes. El uso normal de la diada disenso/consenso permitiría no solo un acostumbramiento a la deliberación que respeta las diferencias, sino también podría ser un mecanismo de desactivación de los odios asociados a una vieja división cultural que lentamente va perdiendo vigencia.
Y cuando digo que va perdiendo vigencia pienso en algunos símbolos culturales recientes, como por ejemplo la selección española de futbol. Un elemento de amplio consenso nacional que no sólo nos reunió en la experiencia victoriosa (que siempre es más fácil) sino que lo hizo mostrando un fenómeno que lograba crecer superando las viejas divisiones culturales y nacionalistas. Cierto, este elemento se produce en un cuadro que tiene muchos ejemplos en contrario. Pero puede dar la idea de un futuro menos anclado en la vieja división cultural y los consiguientes odios atávicos.
En todo caso, también corresponde a las y los demócratas convencidos contribuir a fomentar esa solución aparentemente paradójica: hacer de la democracia política un espacio de deliberación entre diferentes, cuyo desarrollo, sobre la base del respeto mutuo y la negociación, tenga el efecto reflejo de reducir, sin pretenderlo como condición previa, la vieja división cultural que todavía nos incita al rechazo visceral entre nosotros.